El templo de la luna

X. La perdición del príncipe.

Aritz

Mi cabeza daba vueltas.

No podía abrir los ojos.

Me pesaban demasiado.

¿Habré muerto?

Si la muerte se sentía así era una jodida mierda.

Escuchaba voces a lo lejos.

No podía reconocerlas, pero había una que era muy aterciopelada.

Muy dulce.

E hipnótica.

Intenté abrir los ojos para ver quién era la dueña de aquella voz.

Todavía me pesaban los párpados, pero mi deseo por ver aquel rostro era superior.

Parpadee un par de veces para dejar de ver borroso.

Mi cabeza se levantó con lentitud mientras entrecerraba mis ojos por la molesta luz.

Pude distinguir una figura cerca de mí.

Su perfil dejó de ser tan borroso y una sonrisa tonta apareció en mis labios, aún que no sé si llegó a formarse bien.

Mi cuerpo estaba cansado.

¿Estaría drogado?

—Lilith...—Pude articular mientras mantenía mi cabeza levantada con dificultad.

Noté que no estaba quieta. Le estaba pegando a alguien.

Me daba igual.

Solo quería su atención.

Que sus ojos me mirasen.

Siempre había querido eso.

—Tormenta...—Hablé más alto.

Sus orejas se movieron. Me había escuchado.

Ví en cámara lenta como su rostro giraba. Su ceño fruncido y su mirada, que ocultaba preocupación, fija en mí.

Quería grabarme esa mirada en el cuerpo para nunca olvidarla.

Estaba preocupada...por mí.

—¡Aritz!—Exclamó.

Al parecer eclipse su atención que corrió hacía mí. Acabó de rodillas mientras sus manos se posaban en lo alto de mis rodillas.

Fue la mejor sensación que había sentido en mi vida.

Podía estallar de alegría ahora mismo.

Oí un ruido seco. Como si alguien se hubiera caído fuertemente.

Que le jodiesen.

Ahora mismo estaba viviendo la mayor fantasía de mi vida y nadie me la iba a arruinar.

—Joder. Cada vez que te veo estás más hermosa.—Dije tontamente mientras le miraba como si fuese una divinidad.

—Deja de decir tonterías, Aritz.—Habló con su aterciopelada voz.

Creo que cuando me hablaba así lo hacía aposta. Seguro sabía que con esa voz podía ordenarme matar a todo el reino y lo haría sin dudarlo.

—Cuando me hablas así pienso que tu deberías ser la reina y yo tu humilde siervo.

Su mirada se volvió incrédula y ladeo su cabeza.

Adoraba esa manía suya de ladear el rostro cuando se encontraba confusa.

—Aritz, te han dado una dosis fuerte de ceniza de...

—Eres preciosa, Lilith.—La interrumpí.—¿Has venido con ese idiota de Vaelis?

—No, pero eso no importa, Aritz. Estás...

—Mejor.—La volví a interrumpir.—No quiero que esté cerca tuya y es una orden como tu príncipe y como tu superior. Lo volvería una ley si pudiera.

—Joder, Aritz.

Se alejó de repente de mí y sentí como si me faltara algo esencial.

—Liliiiiiith.—Me quejé y dejé caer mi pesada cabeza.—No te vayas, mi querida tormenta. Por favor, Lilith.

Era un súplica.

Yo, el príncipe Aritz de la alta corte de Aeltharion, estaba suplicando.

Pero quería sentirla cerca de nuevo.

Era lo único que me importaba ahora.

A los minutos sentí su cercanía.

—Eres una diosa, Lilith. Déjame venerarte.

Su mano agarró mi barbilla con delicadeza para levantar mi cabeza.

Fruncí mi ceño sin saber que haría, aún que estaba contento por el toque de su cálida y suave mano en mi barbilla.

—Abre la boca.—Ordenó.

Le obedecí como el humilde siervo que era para ella.

¿Yo un príncipe? Jamás.

Ella era mi princesa. Mi reina. Mi diosa.

Una diosa a la que rezaría todos los días.

Un líquido amargo se deslizó por mi garganta y casi lo vómito por el mal sabor que tenía.

—¿Que era eso, tormenta?¿Una poción de amor?—Deliré.—No hacía falta darme una. Mi amor por ti es inmenso. Me tienes tan cautivado. Tan enamorado.

—Oh, Aritz. La ceniza te ha dejado peor de lo que estabas.

¿Ceniza?¿De qué ceniza hablaba?

¿No tomaba mi amor en serio?

—Lilith, te amo.—Confesé.— Cada vez que me ignorabas, yo solo pensaba en molestarte más y conseguir que tus ojos me miraran. Hasta que por fin me hablaste y supe que mataría por volver a escuchar tu aterciopelada voz.—Mis ojos la miraban con un brillo especial. Era única para mí. No había ninguna hembra elfa o de otra raza que iguale su belleza—¿Tan complicado es amarme?

No sé si seguí delirando o si de verdad escuche lo que dijo a continuación.

—Aritz no es complicado amarte. Todos te aman.—Hizo una pausa como si lo que fuera a decir estuviera mal.— Yo también te aprecio, mi príncipe.

Lilith acaba de decir que me aprecia.

Lilith me aprecia.

Ella me aprecia.

Y me ha llamado "mi príncipe ".

Estoy soñando

Es el día más feliz de mi puta vida.

Pagaría millones de monedas de oro con tal de revivir este momento una y otra vez.

Mi rostro se iluminó. Estaba lleno de ilusión.

—Repite eso.—Ordené aún que mi voz sonaba como una súplica.

Ella frunció su ceño mientras me miraba con confusión.

Lilith es tan ilusa cuando quiere.

Ya no me sentía tan cansado.

—Todos te aman, Aritz.

—La última frase, tormenta.

—Te aprecio, mi príncipe.—Susurró.

Joder. Sentí que podía morir y volvería a revivir si me repetía ese apodo.

—¿De verdad me aprecias o solo lo dices para endulzar mis oídos?

Esa duda me inundó.

—¿Importa eso ahora?

Mi mente difusa, se fue aclarando hasta el punto de darme cuenta de que me ha faltado besarle los pies a Lilith para declararle mi amor.

—Libérame.—Ordené con un poco de malhumor.

Ella estaba más confundida por mi cambio de actitud que por mis palabras.

No soy bueno ocultando lo que siento.
No mentía en lo que pensaba y decía, pero supuestamente seguía enfadado con ella.

Y su respuesta me dejó más confuso.

Me liberó de las cuerdas con un cuchillo que sacó de su bota.



#2269 en Fantasía
#6599 en Novela romántica

En el texto hay: fantasia, amor, faes

Editado: 23.03.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.