El mundo de Elena se construía sobre la lógica y los puntajes sobresalientes. Su vida era un tejido de promedios perfectos y largas horas de lectura, salpicado, aunque ella lo negara, en uno que otro vídeo de plataformas de entretenimiento que, en secreto, había agarrado cariño al inicio de su adolescencia. Prefería el silencio reconfortante de su habitación al ruido denso del gentío. No era buena socializando, y eso se evidenciaba en su pequeño y selecto círculo de amistades. Su vida era muy predecible, gustaba de tener todo planificado, sus días, sus semanas, su vida.
Axel, en cambio, era la personificación del caos. Su reino se extendía desde las canchas, donde las zapatillas rechinaban, hasta el humo disperso de las fiestas clandestinas. Al contrario de Elena, él era una persona muy sociable, tenía un gran círculo de amigos. Él era la energía desbordada, la imprevisibilidad hecha persona. Vivía únicamente para el ahora; el mañana era un problema del futuro. Para él, lo único importante era gozar la vida y disfrutar cada instante.
Ahora que sus caminos, por fin, están a punto de cruzarse, la pregunta se cierne en el aire: ¿Podrá la razón silenciar los fuertes e inesperados latidos que despierta en su corazón? ¿Puede un amor tan intenso justificar el riesgo de destruirse completamente?
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Editado: 20.01.2026