¿Cómo empezar esta historia? Supongo que con el día en que todo cambio
Era el primer día de clase de mi penúltimo año escolar, y por primera vez en mucho tiempo, me había propuesto que todo saliera bien. Sabía que no era la persona más querida del salón —ni la que todos preferían tener cerca—, pero dentro de mí aún latía aquella esperanza infantil de caerles bien algún día. Claro, esa esperanza la venía cargando desde que inicié la secundaria, y ahora ya estaba a punto de terminar el bachillerato.
Caminé por esos pasillos largos y conocidos, buscando el aula que me habían asignado para este año. Sabía lo que me esperaba: los mismos rostros de siempre. Estábamos juntos desde los doce años. Nada cambiaba, excepto cuando alguien se iba o alguien nuevo llegaba. Pero la regla era clara: cada septiembre, las mismas caras.
Después de buscar un rato, di con el salón que me acompañaría durante todo el año. Fui la primera en llegar —algo totalmente inusual, nótese el sarcasmo—. Ocupé el mismo asiento del año pasado, justo frente al escritorio del profesor, y me dispuse a esperar en silencio a que llegaran los demás.
Pasaron unos diez minutos de lectura tranquila hasta que escuché una risa que reconocí al instante. Era Samantha, mi mejor amiga, quien entró al salón y, al verme, su sonrisa se hizo aún más grande. Samantha y yo éramos amigas desde el primer día de secundaria. Literalmente, ella me “adoptó” un día cualquiera, y así llevábamos más de cinco años juntas.
—¿Lista para otro año maravilloso? —dijo, con un entusiasmo que a mí me costaba sentir.
—Sí, que comiencen los juegos del hambre —respondí, no sin cierta ironía. La verdad, no me emocionaba volver a ver a casi nadie. Muchos ya me habían dejado claro, más de una vez, que yo no era de su agrado.
Samantha se sentó en el pupitre justo detrás del mío. Ese había sido su lugar desde hacía un par de años, cuando los profesores decidieron que sería mejor que estuviera cerca de mí después de que algunos compañeros empezaran a esconderme las cosas, romperlas o molestarme de maneras que prefería no recordar.
Mientras nos poníamos al día con lo que habíamos hecho en vacaciones, el salón se fue llenando poco a poco. Algo llamó mi atención: varios chicos que siempre formaban el mismo grupo, ese que solía ocupar las últimas filas, esta vez se estaban sentando separados. Parecía que su líder, o al menos el que siempre los unía, se había cambiado de colegio. No lo negaré: sentí un pequeño alivio.
—Buenas buenas, ¡he llegado! —dijo una voz que interrumpió mi charla con Samantha.
¿Que si lo conocía? Por supuesto. Él también estaba en este salón desde los doce años, aunque en todo este tiempo apenas habíamos intercambiado dos o tres palabras. Hace mucho, muy al principio, hasta habíamos pertenecido al mismo grupo de amigos, pero incluso entonces casi no hablábamos.
Se llamaba Axel. Era alto, de piel trigueña y ojos cafés. Su cabello castaño oscilaba entre lo lacio y lo ondulado, como si no se decidiera.
Pero lo que más me sorprendió no fue su saludo, sino lo que hizo después. En lugar de dirigirse a su lugar de siempre, junto a sus amigos, se sentó en el asiento detrás de Samantha. Eso sí que era extraño, en todos los años que lo conocía, jamás lo había visto elegir un pupitre tan al frente.
Entró entonces aquel chico, Mateo. Era de estatura promedio —quizá unos diez centímetros más alto que yo—, de tez blanca ligeramente bronceada, ojos color avellana y cabello lacio y negro. Había sido uno de mis mejores amigos desde que llegué al colegio, pero el año pasado empecé a sentir algo más por él, especialmente después de que estuvo a mi lado apoyándome durante una etapa difícil de mi vida.
Había sido tan tonta de confesarle lo que sentía… y tan cobarde de salir corriendo después. Qué vergüenza. Esto no puede estar pasando. Tengo que esconderme. No puedo enfrentarlo, todavía no. No estoy preparada. Ni siquiera pensé que lo vería hoy; no ensayé qué decirle, ni si debía disculparme.
—¿Estás bien? —preguntó Axel al verme petrificada—. ¿Te está dando un ataque? ¿Estás respirando siquiera? ¿Debo llamar a emergencias? ¡Hola, holaaaa! —decía, pasando su mano frente a mis ojos, mientras Samantha reía sin poder disimularlo.
Decidí ignorarlos y concentrarme en un hecho ineludible: Mateo venía directo hacia mí con una sonrisa enorme al reconocerme.
Ay, no. ¿Dónde me meto? ¿Me lastimaré mucho si salto por la ventana?
—Hola, Elena. ¿Cómo estás? ¿Qué tal tus vacaciones? —dijo, y antes de que pudiera reaccionar, me dio un beso en la mejilla como saludo.
—Ehm… sí, todo bien. Excelente. ¿Y las tuyas? —respondí, poniendo todo mi esfuerzo en no tartamudear. Él, por supuesto, se dio cuenta y sonrió aún más. Claro que se daría cuenta: me conoce demasiado bien.
—Estuvieron increíbles. Tengo que contarte todo lo que hice; de seguro te va a fascinar —dijo con esa sonrisa suya tan… encantadora.
—Seguramente —le devolví la sonrisa, y él siguió hacia su puesto de siempre.
—Okey, me sentí como un muy mal tercio, y eso que estás tú, Samantha —comentó Axel, conteniendo la risa al ver mi expresión.
—Pues somos dos, Axel —respondió Samantha, riendo abiertamente esta vez.
Tendría que estar lista para correr. En el momento en que él intentara acercarse a hablar a solas, yo debía escapar. No estaba preparada todavía. Ni siquiera entendía lo que estaba pensando: claro que me gusta, claro que me parece lindo… pero me da tanta vergüenza. ¿Y si yo no le gusto? ¿Y si se ríe de mí? ¿Y si…? Dios, tengo que dejar de darle vueltas al asunto y concentrarme en mi plan de escape.
Mis pensamientos fueron interrumpidos por el profesor de la primera hora, que entró al salón y se presentó con el grupo. Las primeras semanas transcurrieron como todos los años: presentaciones de los docentes, explicaciones sobre cómo sería el año… y yo, escapando cada vez que Mateo intentaba acercarse a hablar conmigo sin nadie más alrededor.
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Editado: 20.01.2026