Con una mezcla de curiosidad y cautela, Lucas tomó
la caja. La madera era suave al tacto, pulida por el
tiempo, y estaba tallada con unos símbolos raros que
parecían sacados de un libro de egiptología. No tenía
cerradura, pero sí un mecanismo peculiar en la parte
superior: tres discos giratorios, cada uno con
números del 0 al 9. Era un candado de combinación,
como los de las maletas antiguas, pero este era
mucho más elaborado.
"Otro de sus jueguecitos", pensó Lucas, ya sintiendo
cómo la vena de la sien le palpitaba. El señor Ramiro
siempre estaba tramando algo. Giró los discos al
azar, probando combinaciones, pero nada. La caja
no se abría, ni siquiera hacía el más mínimo ruido.
Parecía una tumba sellada.