El tesoro al final del mundo

Capítulo 73

Cuando el guardia me mandó a llamar resistí la idea de abandonar a Tajo aunque estuviera durmiendo, pero Layla insistió en que podría cuidarlo y prácticamente me echó fuera de la habitación. Dijo algo sobre una cosa importante que al parecer Raven tenía que decirme y algo sobre asearme porque apestaba.

Caminé por el pasillo buscando la habitación de Raven. O mejor dicho, la habitación del rey. No era difícil saber dónde era, estaba un piso más arriba que la de los demás y ocupaba la mitad del palacio. Sus pasillos ostentaban clase, elegancia y dinero despilfarrado en tapices, luces colgantes y retratos de ancianos que nadie conocía. Era un lugar digno de un rey, por lo que cuando encontré la puerta alta y dorada con las cabezas de león en medio me detuve a anunciarme a los guardias que custodiaban la entrada.

El primer guardia miró al segundo, parecían no saber qué hacer. Volvieron a preguntar mi nombre y mi motivo de estar allí y al repetirlo volvieron a mirarse dubitativos.

—Oigan, fue él quien me mandó a llamar, si fuera por mí…

Me ignoraron. Tomaron una respiración profunda, cansados, se voltearon hacia los leones y golpearon la puerta tres veces.

—Su majestad…

Hubo un golpe de respuesta.

—¡Ya larguense, maldita sea!

Silencio. Ambos guardias se miraron y luego a mí.

Dudé. No sabía qué demonios sucedía pero tampoco me importaba. Ese no era mi lugar, y aunque pase la noche soñando con la mujer de agua, con Sienna y con la voz en mi cabeza, no podía evitar la sensación de querer ir con Tajo y estar a su lado en todo momento.

Pero Raven debía saber eso, por lo que su llamado debía tener un motivo.

Tomé una respiración y alcé la voz.

—¡Raven, soy yo: Baker!

Silencio.

Los guardias me miraron, uno de ellos parecía entretenido y abrió la boca. Seguramente para decirme que me largue, ya me lo veía venir, cuando la puerta se abrió y el pirata apareció.

—¿Qué haces qué no entras? —bufó y miró a los guardias en mi camino—. No les dije a ustedes que se larguen de mi entrada, estorban las visitas.

—Señor —dijo uno de ellos—, el príncipe nos ordenó cuidar de su reputación…

—El príncipe debería meterse en sus asuntos —magulló Raven apartándose para dejarme entrar. Obedecí oyendo algo sobre rameras, el príncipe y algo inapropiado. Raven estaba muy enojado con su hermano desde que lo aprisionaron y, según Eric me comentó, no fue ni una sola vez a verlo. Ni siquiera cuando George pidió expresamente su presencia—. Y quiero que se larguen de mi puerta —continuó gruñendo Raven mientras entraba a la habitación de muebles rotos, astillados. Supongo que antes no estaba así, que cada cosa tenía su lugar, los edredones, las almohadas, sus rellenos, las botellas vacías y desperdigadas, las maderas rotas y apiladas.

—Pero señor, es nuestro trabajo —dijo uno de los guardias y Raven estalló.

—Ocupenlo en otra cosa. Horneen algo, pinten, hagan jardinería, no me importa. Desaparezcan de mi vista —gruñó y cerró la puerta con un golpe fuerte. Tomó una respiración, se lo veía cansado y viejo, no como el pirata sino como el rey pulcro y casto que vi en la fiesta de Layla. Camino hacia una diminuta cajonera junto a una ventana, la abrió lanzando al suelo lo que había encima y sacó una botella de ron. Cerró el cajón, enderezó el único objeto que quedó y se volteó—. Demonios, uno ya no puede embriagarse en paz… ¿Quieres?

Negué y mi mirada fue hacia el pequeño cuadro encima de la cajonera. No, no era un cuadro, más bien parecía carteles de búsqueda y captura. Fotografías, había dicho una vez Theodore que eran. Lo hacían las personas adineradas, los aristócratas que podían pagar por algo tan personal.

Me acerqué para observar mejor y tomé el cuadro de madera con una sensación extraña. Era una joven, hermosa, de ojos brillantes, retadores, de sonrisa rebelde y melena rubia. Sentía que la conocía pero juraría que jamás la vi. Tenía algo, quizás sus ojos, quizás su cabello, quizás la mirada, no sabía, pero me inquietaba.

—¿Quién es ella? —pregunté.

—Maria —respondió Raven, bebió y continuó—, mi primer amor.

—Creí que el mar era tu amor.

—El mar es mi gran amor —encogió los hombros—, pero no siempre estuve en el mar. Cuando era joven la conocí en un burdel, era la hija de la madama, y nos enamoramos.

—¿Dónde está?

Me quitó el cuadro de las manos y lo colocó encima de la cajonera.

—Murió.

—Lo siento…

Se alejó bebiendo, caminando despacio, arrastrando las palabras, y cuando respondió encogió los hombros.

—No estuve allí cuando sucedió. Ya había huido, estaba en el mar. Íbamos a casarnos. Ella había quedado embarazada y mis padres…¡Bah! —Hizo una pausa con una mueca de asco y bufó—. Ellos no la aprobaban porque creían que era una trabajadora más, pero la sangre del bebé en su vientre era real, era mi sangre. —Dio otro trago largo y bufó—. La sangre del rey. ¡Bah! Nunca llegué a casarme. Una noche tu padre apareció y me dijo que si quería esa era la oportunidad, podía subir a su barco o quedarme encerrado en esta asquerosa isla. No lo dude. —Lanzó la cabeza hacia atrás y bebió con los ojos apretados.

Sabía por dónde iba la conversación, había oído la discusión que tuvo con George, cuando él gritó, cuando ambos lo hicieron, pero de todas formas pregunté:

—¿Qué pasó con el bebé?

—Mis padres la criaron como a su nieta…

—¿April es tu hija?

Raven negó bebiendo y volvió a tenderme la botella. Esta vez si la tomé y di varios tragos intentando no pensar en la carta que le dejó a Tajo, en el “tuya”, en esa horrible sensación que tenía al recordar todo.

—George accedió a casarse con Maria cuando me fui —dijo caminando hacia otro armario y abriendo una puerta para sacar más vino. Lo miró, leyó la etiqueta y sonrió—. Es de la colección privada de mi padre. Ese avaro la tenía bien escondida. —Lo abrió y bebió con una mueca de asco—. Es asquerosa. En fin, cuando Maria murió George se quedó con la niña y la crió como su hija.



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En el texto hay: boylove, friends to lovers, enemis to lovers

Editado: 14.08.2025

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