Oí voces, ciento, miles. O quizás fue mi imaginación, pudo haber sido mi imaginación. El golpe fue duro, cómo una roca impactando contra mi rostro de frente. Por un momento breve perdí el conocimiento y caí hacia atrás, pero al despertar las voces que me rodeaban fueron suficiente para ponerme en alerta y buscar una salida. Conocía el aroma a jabón y metal que seguía a esas voces. Marinos. Era una redada.
Me volteé hacia Raven junto a la ventana con los puños apretados a cada lado del cuerpo, busco a tientas el arma en su cintura y se volteó hacia Peter pálido de tanto vomitar. Me miró, asintió cuando yo también lo hice y, tomando a nuestro guía, saltó de la ventana hacia quién sabe dónde.
Busqué a Layla entre el gentío. Con el azote de la puerta algunas ratas salieron corriendo de sus escondites y piratas que descansaban bajo las mesas, ocultos del sol, también saltaron disparados en busca de una vía de huída. Pero los marinos avanzaban hacia cualquier tipo de abertura y la bloqueaban. Era un verdadero caos. Oí un grito, Gertrud les decía que si querían entrar debían consumir. Sostenía un arma. No sé de dónde la había sacado, pero tenía una escopeta en la mano, apuntando a los marinos que le hablaban justo entre sus ojos. Era una mujer de edad avanzada, sabría qué hacer.
Me giré hacia el camino que emprendió Layla con el bardo y busqué su falda, su cabello, algo que me diga dónde estaba. Y entonces lo vi, ambos en el suelo. El bardo luchaba por alejar a Layla del tonto marino amigo de Tajo, quien parecía más enfurecido que nunca.
Ella se detuvo a pocos metros a mirar la redada con los labios apretados, buscando como los demás una vía para huir. Los marinos la rodeaban, le hablaban por lo bajo. ¿Eran amenazas?¿Advertencias?
Me acerqué corriendo, empujé a uno fuera del camino y la tomé de la muñeca, pero cuando nos volteamos para huir por la ventana una mujer alta, musculosa y de sonrisa maliciosa me detuvo el paso.
—Pero miren a quién tenemos aquí —dijo con tono altanero. Se inclinó hacia un lado, escupió algo en el suelo un cigarro de tabaco y me miró con ojos brillantes.
—¿Qué hace aquí el hijo de Tiberius Lain? —preguntó un marino cerca, y sentí a Layla tensarse, girando el cuerpo para quedar espalda contra espalda por si se desataba una pelea.
—¿Ese es el hijo del emperador del mar? —preguntó alguien más y oí una risa.
—Si, y esa chica es la sobrina de Vesper Jones —respondió otro. Y la mujer frente a mí sonrió.
—Oí que tienes una carta escondida bajo la manga, Lain —dijo, inclinándose en mi dirección. Algo extraño se revolvió dentro, la chispa, incomodidad, nerviosismo, no lo sabía, pero de repente pensé que debíamos huir tan rápido y tan lejos como fuera posible de ella. Lancé una mirada a Layla por encima del hombro y la mujer se movió, alzando la mano para acariciarme el rostro—. ¿Qué dices, pequeño, me mostraras tus trucos de magia?
Una mano salió disparada por detrás y tomó a la mujer por la muñeca.
—No vuelvas a tocarlo, bruja.
La mujer se sacudió la mano de Layla y rió.
—Tienes agallas, Jones. —Se apartó enderezando los hombros y arrugó la nariz con asco—. No esperaba menos de la protegida de Vesper Jones.
Layla gruñó, parecía a punto de lanzarse sobre ella, pero la mujer apartó la mirada y alzó la voz.
—Por orden del rey Tristan la taberna quedará clausurada bajo los cargos de encubrir delincuentes de bajo y alto rango, siendo cómplices de cualquier acto delictivo que hayan cometido…
—¿¡Qué!? —estalló Gertrud, atónita y casi dejando caer la escopeta. Miró a la mujer y luego a nosotros—. ¡Pero si ni siquiera los conozco!
La mujer la ignoró y nos señaló con desdén, hablando a los marinos alrededor.
—Arrestelos bajo el cargo de traición y tentativa de homicidio, sin contar los hechos cometidos por sus respectivos mentores y además —me miró con una sonrisa espeluznante—, el delito de transgredir leyes naturales.
—¿Leyes naturales? —preguntó alguien a mis espaldas, y de repente comprendí por qué la voz de esa mujer me parecía tan espeluznante. Era la misma que oí en el barco cuando rescaté a Tajo, la misma que preguntó si era una Deorum.
La mujer se acercó de nuevo, sonriente, altanera.
—La familia real ha reclamado la existencia de cualquiera que cruce desde el otro lado por milenios. Es lo menos que merecen los seres como tú por el privilegio de venir a vivir bajo su protección y el agravio de su existencia —dijo con voz grave, como si se deleitara con lo que decía. Y la chispa en mi interior comenzó a inquietarse cuando volvió a acariciarme el rostro con la mano y sonrió aún más—. Tienes la suerte de tener la misericordia del nuevo rey, su padre ya te hubiera atravesado el cuello por ser una amenaza contra el mundo. Pero le servirás, dijo que planea cosas…
Parpadeé. Solo podía mirarla y parpadear intentando comprender lo que me decía. Pensé en mi padre, en su sonrisa, en todo lo que sacrificó él y la tripulación para que sea libre, para que viva feliz y me críe como un hombre normal, con las misma posibilidades que todos. Pensé en las veces que sonriendo me dijo que el hombre nació para ser libre y que nadie nunca podría decirme lo contrario. Pensé en Finn rescatado. En mi padre al decirme que pasó por mucho. En esa noche de vinos que me contó cómo le arrebataron a la familia como si su vida no fuese más importante que la de sus captores. Pensé en Tajo. En su marca. En la idea de que viviría huyendo de quién se la hizo y en que ese bastardo creía que podría tener a las personas como se tienen los objetos. Pensé en que era el hijo de Tiberius Lain, y luego pensé en la mujer del mar. Y en Sienna.
¿Ella también había sido encarcelada por ser del otro lado? ¿Así fue como llegó a parar en el barco donde la rescataron? ¿También la habitan marcado? Nunca me lo dijo, tampoco hablando de eso, pero si lo habían hecho significaba que también alguien creía que ella le pertenecía.