El tesoro al final del mundo

Capítulo 76

—¿Qué lees?

Alcé las cartas sujetas con un cordón gastado por las veces que lo desaté y lo volví a anudar, y encogí los hombros.

—Tus cartas.

Lo oí revolverse, acomodarse, ví por el rabillo del ojo como giraba la cabeza hacia el otro lado y sonreí por la idea de que se había ruborizado. Esperé. En esos días que estuve junto a él había aprendido más del nuevo Tajo que en los que estuvimos navegando. Quizás era porque me abrí a la idea de confiar, quizás era porque en su estado no podía huir cada vez que se ponía incómodo, no lo sé, pero algo en esa habitación se volvió como la taberna, íntimo, nuestro.

Baje los ojos para seguir con la lectura y lo oí volver a hablar, por lo bajo, con cierta intención de que no lo oiga.

—Creí que las habías quemado.

Suspiré y dejé la hoja a un lado para servir un vaso de agua y tendérselo.

—Lo intenté —dije y él tomó el cristal, rozando mis dedos, mirando mis ojos. Volví al sillón—. Pero Sienna las guardó.

Bebió con calma, pensando. Y esperé hasta que estuvo preparado para hablar.

—¿Qué piensas?

—Es la primera vez que leo muchas de ellas.

—¿No las habías leído? —preguntó con desconcierto y al instante soltó una mueca que lo puso pálido—. Mierda.

Me levanté de un salto.

—¿Qué? ¿Qué sucede? ¿Qué te duele? ¿Quieres agua? ¿Quieres…?

—No es nada, solo… — Soltó otra mueca inclinándose hacia adelante y me miró avergonzado, sacudiendo la mano hacia su izquierda—. ¿Puedes acomodar el almohadón junto a mi hombro? Me provoca punzadas.

Asentí y me acerqué con cuidado. Apoyé las manos sobre los almohadones tomándome un momento para respirar profundo, para sentir su aroma y la calidez que salía de su piel, moví las telas un poco y baje la mirada hacia su rostro. Mierda, me miraba. Él me miraba. Me miraba con intensidad y la cercanía que había entre ambos era escasa. Sus labios estaban cerca de mi cuello y me estremecía por pensar en qué podía hacer, en lo que yo podía hacer. Sentí sus manos a cada lado de la cama moverse, arrastrarse sobre las mantas hasta quedar entre ambos, suspendidas a pocos centímetros de mi rostro. Y espere, por qué no sabía qué hacer con él y eso me estaba volviendo loco.

Oí sus respiraciones, vi sus pestañas moverse, sus ojos posarse en mis labios, en mi mirada, y luego sentí la yema de sus dedos acariciarme el mentón. Hasta que una mueca lo detuvo, su brazo izquierdo, el hombro, le dolía. Lo toqué para revisar sus heridas y descubrí el origen con amargura. La marca. Maldición, la puta marca.

Apartó la mirada. Su semblante había cambiado, estaba serio, apretaba los labios.

Genial, la situación había cambiado.

Terminé de acomodar el almohadón y volví al sillón incómodo por su frialdad. Conocía la expresión, la vergüenza y la pena que cargaban los que tenían esa marca. Finn la había tenido, por eso papá dijo que no pregunte sobre su historia. Y con Tajo debía hacer lo mismo, ser paciente, ayudar y luego, cuando lo decida, escuchar.

Tomé la carta que había estado leyendo e intenté continuar, pero no lo logré. Miré al chico en la cama, sus puños apretados, su mirada fría e iracunda sobre el regazo.

—Dime —dije para cambiar de tema—, ¿es cierto que las cartas eran para mí?

—No.

Alcé la hoja de papel con una sonrisa.

—En todas dice Baker.

Dejó caer los hombros.

—Porque si ponía el nombre de todos quedaría muy largo.

—Podrías no poner ningún nombre —sugerí y él me miró molesto y ruborizado. Me reí—. Digo, no era necesario que esté dirigida a nadie si no es para alguien en particular.

Sus ojos brillaron. O quería darme un puñetazo o pensaba que era el idiota más grande de todos, lo que me ponía contento porque su mirada se suavizo y cambio. Era divertida, molesta, más como el Tajo que conocía y que intentaba fingir que no era un niño, que no se divertía ni hacía bromas.

Me reí y continué leyendo sin dejar de sentirme aliviado, entretenido y divertido, aunque no tenía ni idea de lo que decía la carta.

—Baker —llamó un momento después, y lo miré por encima de la hoja. Estaba serio y algo inquieto—. ¿Aún me odias?

Bajé la carta y lo miré fijo mientras negaba.

—No.

—Nunca quise hacerte daño —confesó cabizbajo.

—Lo sé.

No quise agregar que lo sabía porque lo decía en las cartas, que cada vez que leía algo sobre su día a día y estaba tachado comprendía que era algo que sí quería contarme, pero que no lo veía importante. Que en algunas aún se distinguía el “te extraño” o “quisiera que estés aquí” y eso me hinchaba el pecho hasta hacerme sonreír. Le creía y lo había perdonado, porque no era lo mismo, seguía sin estar de acuerdo con sus acciones, solo que ya no importaba.

Baje la mirada a la carta en mis manos, leí unas pocas líneas más y me detuve a mirarlo de nuevo.

—¿Qué sucede? —preguntó con las mejillas enrojecidas.

Sonreí.

—Cuéntame una historia.

—¿Qué?

—Cuéntame una historia —repetí con la ilusión a flor de piel. Por fin había llegado el momento, podía acorralarlo. Por años esperé que me contara qué sucedía en la taberna, ¿cómo eran los piratas más grandes de la historia? ¿qué bebían? ¿cantaban o bailaban?¿Eran de los que caían con una sola botella o los que daban batallas? ¿orinaban parados o sentados? Todo, siempre quise saber todo de él y nunca me confesó nada. Demonios, era entrenado por el gran Vesper Jones y no lo supe hasta que estuve allí. Por fin había llegado el momento, podía preguntar, y solo pensarlo casi me hace saltar del asiento.

Él me miró confundido.

—¿Una historia?

—Si.

—Baker, yo… no tengo nada que contar que no te haya dicho en las cartas.

Me acerqué entusiasmado, rozando la cama con las rodillas.

—No importa, cuéntame. Quiero oírlo de tí.

Sus mejillas se tornaron más rojas y apartó la mirada.

—No fue para tanto, yo…

—Leí que superaste a todos en el entrenamiento… —interrumpí un poco más cerca, y él me miró con los ojos brillantes y las mejillas más rojas que nunca. Sonreí—. Dijiste que te enviaron a una isla, ¿qué viste? ¿Qué sucedió? ¿Cómo…?



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En el texto hay: boylove, friends to lovers, enemis to lovers

Editado: 14.08.2025

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