El tesoro al final del mundo

Capítulo 82

Bajamos a la cocina por algo de beber. Había algunos cocineros y sirvientes yendo y viniendo con bandejas y platos. Ese día estaban todos muy callados. La jefa de cocina aún no llegaba y algunos rumores sobre su relación con el rey se filtraron. Pero nada demasiado importante. Tajo apenas los oyó cuando entró y caminó hacia una encimera con una placa encima. La abrió, sacó de dentro una jarra de vidrió blanca y se acercó con dos tazas.

—¿Quieres? —preguntó tendiéndome el vaso y yo miré alrededor buscando el pan. Lo tomé de al lado del horno, recién hecho, aún calentito, y lo deje en la mesada de madera donde nos habíamos colocado.

—¿Cómo sabias que esto estaba allí? —pregunté bebiendo la leche fresca y él encogió los hombros.

—Pasaba tiempo aquí cuando no me estaban enviado a morir y… —Hizo una pausa y frunció el ceño mirando algo detrás mío—. ¿Qué demonios haces aquí?

—También es un gusto verte —respondió Ye Joon pasando por mi lado hacia la pileta con agua para limpiarse el rostro cubierto de sangre seca. Las mujeres que trabajaban en la cocina lo miraron con desaprobación, seguramente la jefa lo regañaría, pero él las ignoró. Bebió un poco de agua con las manos y suspiró profundo.

—¿Cómo se encuentran? —pregunté cuando se volteó para tomar un delantal para secarse el rostro.

—Durmió como un ángel y…

—Buen día —dijo Layla y todos nos volteamos a saludarla... y a el marino que entraba justo detrás, uniformado, despeinado, ruborizado y tímido.

Silencio. Hasta las cocineras se detuvieron a mirarlo rascarse la nuca.

—Hola —murmuró sin moverse.

—Buen día, ¿eh? —dijo Tajo a Layla y ella le sonrió tomando pan.

—Excelente día —corregí riendo, y el marino me miró irritado.

—Cierra la boca, fui a ver a Jet cuando me encontré con ella por casualidad…

—Ajá —dijo Tajo y bebió de tu vaso.

—Ajá —dije yo y me comí un pedazo de pan.

—Ajá —dijo Ye Joon colocándose el delantal.

Y Layla rió.

—Como sea —bufó el marino y me miró molesto—. ¿Ya comenzaron? Debo irme.

Bebí de mi vaso y se lo tendí a Layla para que baje el pan.

—Aún no. Nuestro amigo está tomándose un momento para despertar. Pero si quieres tu vete.

Soltó una risa seca.

—Ya quisieras, ¿no Lain?

Rodé los ojos.

—Haz lo quieras. —Me volteé para tomar otro pedazo de pan—. Tonto marino...

—Púdrete —soltó y lo miré por encima del hombro.

—Tú púdrete.

—No, tú...

—Niños —cortó Layla con voz fuerte—, ya cálmense. —Se acercó al marino con un pedazo de pan en la mano y se lo tendió con un gesto dulce y voz suave—. ¿Quieres?

Él se ruborizó y lo tomó.

Era un idiota, no por ser un marino sino por ser hombre. Al menos eso oí decir a varias mujeres en distintas islas y con distintos trabajos. Ser hombre ya te hacia mitad idiota, me dijeron una vez, y aunque no estuve de acuerdo cuando se lo comenté a Ava lo confirmó. Los hombres son primero hombres y luego amantes, nunca es al revés.

Tomé una respiración sintiendo que sus palabras volvían a mi mente e imaginé a Ava sonriendo…

—¿Baker, qué deben comenzar? —preguntó por lo bajo, y al instante el bardo apareció por la puerta hacia las habitaciones con los ojos hundidos y la guitarra entre los dedos. No se veía mejor que la noche anterior. Estaba pálido y tenía los ojos rojos. Consecuencias del alcohol. Pero fuera de eso, y su aspecto verdoso por las náuseas, se veía bien, mejor que la primera vez.

Se detuvo, nos miró a todos parpadeando como si no comprendiera cómo llegó allí, tomó una respiración y al reconocerme se acercó arrastrando los pies hasta quedar a mi lado.

—Señor —dijo con voz ronca, se aclaró la garganta e inclinó la cabeza—. Señor, cuando usted quiera, puedo comenzar.

Bufé molesto.

—Te dije que no me digas señor.

—Lo siento —dijo de nuevo y se enderezó sujetándose la boca para no vomitar.

—Ya lo quiere —gruñó el marino acercándose—, apresúrese por favor…

El bardo asintió y buscó con la mirada un asiento. Se inclinó, apoyó la guitarra sobre la rodilla y volvió a mirarme esperando una señal para comenzar, apenas tocando las cuerdas y liberando notas al azar.

—Baker —llamó Tajo—, ¿qué sucede?

El marino lo silenció y miró al bardo inclinando la cabeza.

—Comienza.

Las notas salieron del instrumento con suavidad, era una melodía extraña, triste. El bardo apretó los ojos con fuerza como si intentara recordar algo, y al abrir la boca pensé que terminaría con todo aquello, pero la voz le salió con seguridad y fuerza, como si el titubeo anterior no hubiese existido y las palabras brotaran con naturalidad.

Sucumben los cielos, el mar, la tierra que arde desesperada. Sucumben las vidas impúdicas, traicioneras, desamparadas. Sucumben por fuego, la ira de un dios. Benevolente. Sucumben a su abrazo desgarrador, a su culposo lamento. Al llanto lastimero y a su corazón muerto. —Miré a Tajo con los labios apretados. Un corazón muerto. El mío. Volví a observar al bardo, su voz era tan potente, tan fuerte, que arrinconaba el silencio hasta los rincones y nos obligaba a respirar con miedo, con pausa—. Sucumben por los faros de su infierno, un interior vacío, un hielo eterno, perdió su entraña, su compañero eterno, sucumbe la vida a su quebrado lamento. El dios benevolente, la libertad en vida, terminará con todo por su alma querida.

Tragué saliva y bajé la mirada hacia mis manos. Bien, ya había oído la melodía, mi destino. No me sentía mejor, tampoco me sentía tranquilo, sino que no sentía nada. No había miedo, no había alivio, no había nada de lo que pensé que habría porque algo en aquello ya lo sabía. Mi padre lo había dicho. La mujer. Sienna. Mi lugar estaba del otro lado, lejos de los humanos, de herirlos...

Tomé una respiración.

—Genial —soltó Ye Joon por lo bajo mientras Layla se acercaba para tomar más pan y leche.

—Yo creo que esta mejor que la otra —dijo con todo divertido y el marino bufó molesto.



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En el texto hay: boylove, friends to lovers, enemis to lovers

Editado: 04.02.2026

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