El tesoro al final del mundo

Capítulo 83

Tajo no lo dudo y en cuanto se lo dije buscamos a Raven. La idea no era buena, de hecho Brighton dijo que era la peor idea que se le podía ocurrir a alguien y miró a mi padre, el creador de la idea. Pero de todas maneras lo ignoramos, mi padre decía que era por honor, Finn por libertad y Teodor por sadismo. Yo no tuve voto. Ni siquiera me dejaron presenciarlo para no darme más ideas estúpidas, pero supe que sucedió.

En cuanto Raven la oyó inclinó la cabeza hacia atrás bebiendo más alcohol, nos miró serio y dijo que el palacio tenía una herrería para las armas.

Era una idea estúpida, si, pero sus ojos brillaron cuando miró a Tajo, y tampoco lo dudo, nos dijo que lo siguiéramos. Pasamos por las escaleras, los enormes salones, las alcobas de la servidumbre hasta la salida, y desde allí por los establos y corrales de animales. A la izquierda hacia quien sabe donde y nos encontramos con una enorme casona de vigas que parecía haber sido incendiada varias veces.

Se detuvo, bebió y le habló a uno de los guardias que nos seguía porque él era el rey.

—Tú, ve a buscar más guardias —ordenó con voz rasposa, y nos miró—. Trae a los más fuertes.

El guardia dudo mirandonos, luego a su amigo que asintió como si él solo fuese capaz de proteger al rey, y se fue.

—Vamos —dijo Raven caminando hacia la casona.

—¿Por qué aún te siguen? —preguntó Tajo y miramos con disimulo al guardia a unos metros detrás.

—Dicen que es para protegerme —respondió Raven encogiendo los hombros al llegar a la puerta. Golpeó dos veces y miró molesto al guardia—. Pero yo creo que mi madre los envió a vigilarme.

—¿Intento hacerte daño? —preguntó Tajo y Raven lo miró divertido.

—¿Quién? ¿Mi madre? ¿George? ¿Esos tontos? —dijo y señaló al guardia justo cuando la puerta se abría. Un hombre viejo y robusto apareció. Nos miró irritado y luego miró a Raven.

—¿Y tú qué? —le bufó y Raven se rió.

—Tú debes llamarme “mi soberano” o “su magestad”.

El hombre rodó los ojos.

—Sobre mi culo, idiota —respondió y se apartó para dejarnos pasar. Raven le entregó la botella a medio tomar con una palmada en el hombro y pasó primero, saludando a las otras personas que estaban alrededor de mesas de metal con enormes contenedores de agua. Entramos y el hombre, con un suspiro, alzó la voz—. Pueden retirarse por hoy.

Todos los que estaban detrás de las mesas mirándonos con asombro dejaron lo que tenían en las manos y, dándole una mirada anonadada a Raven, salieron. Pero si él lo noto no lo hizo saber, estaba ocupado tocando algo tan caliente que tuvo que soltarlo y cayó al piso.

Tajo caminó por el lugar con curiosidad y yo lo seguí. Hacía calor allí, había enormes fraguas de carbón que brillaban al rojo vivo y placas de hierro con pinzas y palas. Era una típica herrería, pero igual era asombroso. Había espadas y cañones de armas colgados por los techos, clavos, martillos, pinches. Todo eso era genial y no pude evitar tocar todo mientras avanzaba, pensando en lo entretenido que sería trabajar allí. Los padres de mi padre al parecer habían sido herreros, o los padres de los padres. Es decir, mis abuelos. No lo recuerdo, pero suena genial pensar que alguien de mi sangre pudo hacer armas con fuego y martillos.

—¿Eres idiota? —Oí preguntar al hombre con voz molesta y vi a Raven rodar los ojos. Le arrebató la botella de las manos y bufó:

—¿Puedes hacerlo o no?

—Repito —gruñó el hombre—, ¿eres idiota?

Raven bebió y le sonrió con un guiñó.

—Sabía que podrías. Tú nunca me fallas. Eres un buen amigo —dijo y le dio unas palmaditas en el hombro.

El hombre lo miró receloso.

—Cada vez que vienes a verme este lugar se incendia…

—Oye, yo no trabajo aquí. —Raven alzó las manos—. El irresponsable que me permite entrar eres tú.

—El viejo va a matarme… —soltó el hombre sacudiendo la cabeza.

—El viejo no se va a enterar —dijo Raven con una sonrisa, pasó el brazo por encima de los hombros del hombre y sacudió la botella señalandonos—. Yo no le diré, tú tampoco, los niños son algo tontos. Quedará entre nosotros, lo juro. Ten, bebe para sellar el trato.

—Ya no bebo —dijo el hombre apartando la botella con una mueca molesta—, gracias.

Raven lo miró indignado.

—¿Desde cuándo?

—Desde que incendiaste los establos, ¿lo recuerdas?

El pirata chasqueó la lengua.

—¿Por qué dices que yo lo hice? Tú también estabas ahí…

El hombre lo miró como si fuera idiota, suspiró y caminó hacia una de las mesas para tomar una placa de hierro. Agarró un martillo y comenzó a golpearlo con fuerza, dándole forma mientras lo sujetaba con las manos grandes, callosas y lastimadas. Era fascinante.

—¿George está de acuerdo con que bebas tanto?

—George puede chuparme el culo —gruñó Raven y el hombre rió alzando la mirada solo una vez. Luego, continuó golpeando.

—Oí que lo encerraste… bien hecho.

—Me tardé, lo sé.

—Si, lo hiciste. —Soltó y se inclinó hacia adelante para tomar algo que parecía un clavo gigante. Golpeó, golpeó y siguió golpeando hasta que se apartó. Tomó una respiración profunda y miró a Raven—. Bien, ¿qué piensas?

—¿Qué es esto? —preguntó el pirata apartando la botella de los labios para mirar la placa de metal. Parecía una especie de brújula, un dibujo con el centro grande y puntas arriba, abajo y a los lados.

—Un diseño —dijo el hombre y vaciló—. Si me das más tiempo puedo…

—Es perfecto —interrumpió Tajo y más intercambió se quitó las vendas del hombro—. Tiene que cubrir esto.

El hombre lo miró, miró la marca y apretó los labios con una expresión nueva, fría. Miró a Raven.

—Eres un imbécil.

—Lo sé —respondió el pirata sin ninguna emoción, sincero. Bebió de la botella y sacudió la mano hacia las fraguas—. Ponlo al fuego, envié guardias para que lo sostengan.

El hombre nos miró, suspiró y se volteó hacia las fraguas gruñendo algo inentendible que irritó mucho a Raven. Pero el pirata no reaccionó, sino que bebió.



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Editado: 20.02.2026

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