El tesoro al final del mundo

Capítulo 88

Me devolvieron a esa asquerosa celda que limpiaron con el peor de los ánimos y de la peor manera. Tristan no se molestó en acercarse, se retiró de la comida en cuanto solté su mano. Era un idiota, pero los que deberian haber limpiado la celda lo eran más.

Por lo menos me había dado una cubeta para la orina. Seguramente era parte del trato, yo hacia lo que ellos querian y ellos me daban una cubeta. Era un trato justo.

Para cuando me di cuenta de la tontería que pensaba las rodillas me fallaron y caí rendido en mi habitual esquina. Era un trato justo, era cierto. Tristan accedió a liberar a Layla y a Tajo a cambio de mí. Yo lo veía como un triunfo. Me amargaba un poco la idea de trabajar para la marina, todavía podía oír a mi padre hablar, podía ver el barco estallar, pero mis amigos eran más importantes. Tajo era más importante.

Tomé una respiración profunda, incomoda, y recordé la petición de Jet el día que despertó. Tajo tenia que llegar al refugio, nada más importaba, ni siquiera ellos. Ni siquiera yo. Ese sentimiento cálido se hizo presenté en mi interior cuando pensé en él y la pluma. Quizas Tajo no sepa nunca lo que acababa de hacer, pero que mi corazón esté en su poder me hacia acompañarlo desde lo lejos. En alguna parte del oceano.

Una lenta sonrisa se abrió paso con pereza y me cubrí los ojos con el brazo.

Él estaba bien, era libre, y Layla también lo sería. Yo con eso estaba bien.

. . .

La puerta sonó con un golpe y al instante se abrió. Esperé subiéndome los pantalones y me di un momento para caminar de nuevo al rincón Me dejé caer contra la pared. Ya no contaba horas, ni minutos, ni líneas, ni días, ni nada. Era en vano. Iba a quedarme allí toda la vida si era necesario.

Oí pasos en el pasillo, pero nadie entró. Quizás era una de esas cosas que hacían los marinos para intimidar, quizás iban a llevarme de nuevo con Tristan. No lo sé, y durante unos minutos nadie se asomó, por lo que suspiré recostandome en el suelo y cerré los ojos para dormir.

Pasos, cadenas y cuando mi cabeza comenzó a perderse en la bruma del sueño, alguien por fin entró.

—Oye, tú, levántate —dijo con voz fuerte.

Solté un gruñido bajo, molesto, y obedecí con calma mientras observaba al hombre nuevo en la habitación. Era un hombre vestido de marino, con el cabello largo sujeto a la nuca, joven y de pestañas largas. No lo conocía. Aunque conocía a pocos marinos. Miré sus manos limpias, lisas, y el arma en la cintura. No tenía seguro. Lo miré al rostro. Tenía los labios apretados, los ojos brillantes puestos en mí. Tocó el arma. Sabía que lo estaba observando.

Me reí. Ese tonto tenía miedo. Enderecé los hombros y un momento después sentí que el aire se me escapaba por la boca. Un dolor punzante, duro, llegó desde el centro de mi vientre. Ese tonto me habia golpeado.

Apreté los dientes, respiré con calma para mitigar el dolor y sentí el frío del metal cuando cerró los grilletes en mis muñecas. Lo miré irritado, y sonrió con un brillo nuevo, divertido.

—Será mejor que te comportes, pirata —gruñó contra mi oído y rodé los ojos enderezándome. No era mucho más alto que él, quizás unos dedos, pero tenía que hacer que eso lo intimide por lo que apreté los dientes e infle el pecho.

Apretó los labios, gruñó de nuevo y tiró de las cadenas hacia abajo.

Sonreí. Lo había logrado y cuando nos encaminamos hacia la salida vi sus mejillas rojas y el ceño fruncido. Dos guardias me revisaron junto a la puerta, me palparon la ropa sucia, el cabello, y cuando terminaron dieron un paso atrás y asintieron.

El marino que sujetaba las cadenas tiró de mis manos con fuerza y comenzamos a caminar por el pasillo de puertas metálicas. No conocía ese lado, cuando salí con Tristan el recorrido fue hacia arriba, a la superficie del barco donde los muros, las puertas y las luces eran diferentes, acordes a alguien como él. Pero esta vez el camino fue diferente, las puertas comenzaron a ser de metal, con reglas, con cerraduras elaboradas, con puertas debajo, en la pared. Cada una tenía un número distinto, una letra, a veces hasta marcas de pelea como rayones o golpes.

El marino me llevó por otra serie de pasillos y se detuvo al final de un pasillo irreconocible. Más de una vez pensé en preguntar cómo se orientaba, o cómo sabía dónde ir, pero por su mirada irritada cuando cruzamos tres veces la misma puerta con el león dorado en la cima, decidí callarme. Subimos unas escaleras, las bajamos, cruzamos pasillos y, la cuarta vez que nos encontramos con el león, tomó el camino diferente en el tapiz rojo y viejo.

La primera vez que lo vi no le presté atención, las otras dos sí. Era horrible y apenas se distinguía la escena que representaba. Ya casi no se usaban. Al menos no en el mar porque se deterioraban con rapidez. Pero Tristan no debía saberlo o debía hacerlo pero no le importaba. Pensé en quemarlo, sería un chasquido de dedos, pero luego me detuve. No podía poner en riesgo el trato.

Bajé la cabeza y seguí al marino como un idiota.

Giramos una vez más y… volvimos a ver al león dorado.

—Mierda —soltó el guardia y suspiré cansado.

—¿Al menos puedes decirme dónde vamos? —pregunté.

—Cierra la boca —respondió y obedecí, dejando que nos lleve una vez más por el mismo camino para terminar en el mismo lugar—. ¡Mierda!

—¿Qué tal si doblas a la izquierda en vez de a la derecha cuando llegamos a los escalones? —Sugerí, porque era un camino que no habíamos tomado aún.



#717 en Otros
#19 en Aventura
#489 en Fantasía

En el texto hay: boylove, friends to lovers, enemis to lovers

Editado: 07.06.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.