El tesoro al final del mundo

Capítulo 89

La puerta volvió a sonar y parpadeé para quitarme el sueño de los ojos. El padre de Tajo dormía en la otra cama con el libro contra el pecho, respirando entre dientes con suspiros largos y siseantes. A pesar de estar delgado, era un hombre demasiado grande para una cama tan pequeña, me sorprendía cómo no se cayera con cada movimiento. La puerta se abrió con un chillido, pero sus siseos no se detuvieron.

Tristan asomó la cabeza con curiosidad, como si esperara encontrar otra esquina llena de porquería y se sorprendiera de no verla. Dio un paso dentro cuadrando los hombros y me sonrió mientras me sentaba con un bostezo.

—Parece que te estás adaptando bien a tu nuevo cuarto —dijo, y dio un respingo al ver mis manos—. ¿Dónde están tus cadenas? —Se inclinó hacia el guardia de afuera—. ¿Dónde están sus cadenas?

Rodé los ojos.

—Me las quite.

—Oh, se las quitó —dijo con irritación al guardia, chasqueó los dedos y otro par de grilletes aparecieron con otro guardia, listos para ser colocados en mis muñecas.

Extendí los brazos con un suspiro cansado y permití que el metal se cierre sobre mi piel.

—¿Esto es necesario? —pregunté molesto—. Ya dije que iba a colaborar.

—Son precauciones —dijo Tristan desde la puerta y cuando el guardia se apartó sus hombros se dejaron caer, aliviado. El guardia se colocó a mi lado y me tomó del hombro para levantarme sin delicadeza.

Lo miré.

—¿Sabes que puedo quitarmelas con la misma facilidad que las otras, no?

—No lo harás —dijo Tristan dándome la espalda—, no si quieres que el trato se cumpla. Ahora ven, tenemos que hablar.

Asentí y lo seguí, permitiendo que el guardia me sujete del brazo con fuerza. Afuera había cinco guardias más, cuatro vestidos con trajes oscuros, espadas y armas, y otro vestido como un guardia real cualquiera, como el que me había colocado los grilletes. Los cuatro extraños apenas me miraron al llegar al pasillo. Uno de ellos cerró la puerta, dos se colocaron a cada lado y dos de frente con los labios apretados. Tenían la mirada fría, los hombros tensos. Sus cuerpos no parecían los de los guardias, más bien eran fornidos, altos, tenían otro físico.

Pensaba reírme de eso, tantos guardias para alguien que accedió a todo eso era algo patético, pero en cuanto comenzamos a caminar los cuatro extraños quedaron atrás y solo los guardias reales me acompañaron.

Caminamos de nuevo por esos interminables pasillos. Varias escaleras, varias puertas, varios tapices horrendos y más guardias que apenas giraron los ojos para verme. Era un barco realmente grande, como una mansión. Subimos otro tramo de escaleras y no pude evitar girar los ojos hacia el reflejo del sol en el suelo.

Estábamos en la superficie.

Tomé una bocanada temblorosa, di un paso y sentí la resistencia del guardia.

No lo miré, no hice nada. Solo me quede allí, frente al reflejo del sol, la luz más cálida y natural que sentí en mucho tiempo. Hubiera querido tocarla con los dedos, sentir su ardor. Hubiera querido bañarme en esas luces brillantes, pero Tristan dio media vuelta y camino en otra dirección, lejos.

Lo seguí.

Volvimos a ese comedor de mesas, sillas y comida. Esta vez todo parecía dulce. Solté una mueca con un dolor extraño en el vientre. Había conocido mucha de esa comida por los viajes de papá. El estómago me gruñó y Tristan sonrió. Maldito idiota. Había fruta, pasteles, merengues, vi algunos panes y jaleas, otros pasteles exóticos y brebajes…

Sentí que la boca se me hacía agua, pero me contuve con las manos en las piernas, apretadas con fuerza.

—Anda, come —dijo Tristan cuando tomamos asiento. Su sonrisa no vacilaba, el brillo en sus ojos era de triunfo. Apreté los dientes e ignoré la comida, el aroma, el dolor de mi estómago por los días sin comida.

—¿Por qué me trajiste aquí? —pregunté sin apartar la mirada de sus ojos, y el brillo aumentó mientras se inclinaba hacia adelante con los codos sobre la mesa.

—Necesito que me entregues tu corazón —dijo y el frío me recorrió el cuerpo. Otro triunfo, lo vi en su rostro. Se apartó y comenzó a prepararse un pan con jalea con calma—. Supongo que ya sabes de qué hablo, tu padre te debe haber explicado lo que tu especie puede hacer con la raíz de su esencia, ¿no es así?

Parpadeé observando sus movimientos y gestos. La calma en su voz era arrogancia.

—¿Cómo sabes de mi padre? —pregunté y él me miró alzando una ceja.

—¿Piensas que soy idiota?

—Un poco, si…

Apretó los labios en una mueca irritada y dejó caer el pequeño cuchillo sobre la mesa.

—Pues no lo soy, te conozco Baker Lain, conozco cada aspecto de tu vida, cada año que pasaste de este lado, conozco cada una de tus conecciones y amistades, conozco cada respiración que pronunciaste sobre mi mundo…

—Deberías conseguir otro pasatiempo —magulle con una mueca, tomando un pan para fingir calma y observando sus puños apretados.

Respiró lento, fuerte, y luego fingió retomar el control.

—Entonces, necesit…

—No lo tengo —dije con fuerza, tomando el cuchillo para untar queso y jalea. Era una combinación extraña, pero a mi padre le gustaba y al darle el primer mordisco recordé su rostro, su sonrisa, su voz.

—¿Qué? —Estalló Tristan—, ¿cómo que no lo tienes? —Encogí los hombros masticando y tomándome un momento para sentir el salado del queso, el picor en mi lengua, y luego el dulce suave de la jalea de frutas. Eran fresas, creo, tenían semillas porque podía sentirlas entre los dientes y al morderlas el amargo de su interior. Sonreí al pan, al rostro de mi padre, a mi vista borrosa por las lágrimas y el dolor en pecho que se abría paso entre mis recuerdos. Tristan se inclinó sobre la mesa—. ¿Dónde está? —Volví a encoger los hombros. Esperaba que en el refugio, del otro lado del mar, a salvo. Esperaba que trazando hojas y hojas de diarios vacíos con una mueca de concentración, con los ojos entrecerrados y la nariz medio arrugada. El rostro de Tristan se tornó rojo y golpeó los puños en la mesa—. ¿Está con tu padre?



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Editado: 07.07.2026

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