Me levanté cuando oí tres golpes suaves en la puerta de la habitación. Esperé paciente. Creí que vendría un ataque, golpes, balas, esperaba tener que invocar la chispa. Esperaba una razón para hundir ese barco de mierda. Había pensado en ellos en los minutos desde que el padre de Tajo salió, pero ya no encontraba la ira que me había provocado Tristan.
Volví a oír los golpes suaves y conté hasta diez para abrirla. Miré fuera entornando los ojos y contuve la respiración ante la persona rodeada por dos guardias. Layla me miraba con los ojos enrojecidos y los brazos rodeandose el cuerpo. Era pequeña, estaba encorvada, y en cuanto se percató de que la observaba bajo la mirada. Uno de los guardias dio un paso hacia ella. Sujetaba las cadenas que se unían a los grilletes en las muñecas de mi amiga. Los oí tintinear, la vi a ella estremecerse y detuve al guardia con una mirada.
No me molesté en ocultar que podría quitarle los grilletes. Envié la chispa a través del metal y dejé caer el metal en el suelo. La tomé por los hombros con cuidado y le indiqué que entrara, cerrando la puerta detrás.
—Esa cama es tuya —indiqué señalando donde dormía, y ella arrastró los pies para sentarse sobre las mantas—. Tengo algo de comida, ten…
Ella miró los pedazos sobre la mesa y apartó la mirada.
—No tengo hambre.
Suspiré. No quería pensar demasiado, no quería dejarme llevar, pero su cuerpo estaba maltratado, golpeado. No pude evitar observar eso. Los jirones de tela que apenas le cubrían el cuerpo eran íntimos, perturbadores.
—¿Qué sucedió? —pregunté cubriendo sus hombros con la manta de la cama de al lado. Necesitaba ocultarla, protegerla—. Le dije a Tristan…
—Lo sé, pero no sucedió nada —respondió sujetando la manta con ambas manos y apartando la mirada—. No me hicieron nada que no pueda soportar.
—Layla lo siento, en cuanto detengan el barco tú te quedarás…
—No lo haré, no puedo —dijo, y al mirarme sus ojos estaban vacíos de aquella mujer que conocí, de esa guerrera. Era una niña, una persona quebrada la que observaba, y eso me hizo un nudo en el pecho—. Bakes, estoy marcada.
—Eso no significa nada, tú no les perteneces. Eres libre. Tu…
—Baker no lo entiendes —gruñó molesta—. Ellos me amenazaron, saben que no puedo…
La miré perder la voz, el espíritu. Sus ojos se apagaban mientras las lágrimas se derramaban y los nudillos palidecen sobre los extremos de la manta.
No quise hablar, sabía que era en vano. Papá decía que tenía que tener paciencia, que Finn solo necesitaba tiempo. Como Tajo. Como Layla.
—No pienses en eso —fue todo lo que logré decir. Pensé en qué diría mi padre, en cómo encendía en Finn esa chispa de vida, de anhelo. Pero no encontré respuesta, y eso me entristeció. Miré sus rodillas tensas, juntas, y luego sus ojos enrojecidos—. Lo resolveremos luego, ¿si? Confía en mí. Descansa.
Se volteó hacia la puerta.
—Tristan…
—Tristan no te hará daño —aseguré—, lo prometo…
Me miró. Se mordisqueaba el labio con fuerza. No parecía darse cuenta de que le sangraba y que las pequeñas costras de otras heridas también saltaban. Lloró varias lágrimas más, sus ojos parecían enormes, y cuando decidió hablar bajó la cabeza para que el cabello le ocultase el rostro y tragó saliva.
—Baker, Tristan dijo que te dijera que sabe dónde está tu corazón.
—¿Qué?
Ella me miró cansada y la comisura de su labio subió un poco, o quizás nada, quizás lo imagine.
—Se lo diste a Tajo, ¿no es así? —preguntó con su voz normal, tranquila—. Me dijo que iría por él si bajaba del barco.
—¿Qué? —Me levanté de un salto con la chispa entre los dedos—. No, Layla, no puedes…
—Baker está bien —dijo, y estiró la mano para tomarme del brazo con suavidad, apretando los dedos, intentando darme ánimos que no sentía. La mirada le brilló de tristeza—. Mi destino siempre fue este. Lo haré por Tajo y por Jet y por Raven y… por mis tíos. —Apretó los ojos—. Ellos estarán a salvo.
—Layla, Vesper no estará de acuerdo.
Silencio.
—Tristan me dijo que lo tienen rodeado —susurró con la mirada en el suelo—, hace meses que atacaron los barcos y ellos están luchando, pero no tienen mucho tiempo…—Oí un rechinido, la puerta se abrió y alguien entró a la habitación, pero luego se cerró. Layla me miró con los ojos enrojecidos y el mentón temblando—. Ellos ya no tienen la fuerza que tenían antes —soltó con voz rasposa y quebrada. Y luego apretó los dedos sobre mi brazo—. Si vuelves a verlos, ¿puedes decirles algo por mí?
—Layla, no… —Sentí un nudo en la garganta.
Ella tragó saliva y se humedeció los labios. Me sentía inquieto, nervioso, y cuando comenzó a hablar el aire se me atoró en la garganta.
—Diles que los amo —confesó y el mentón le tembló y tuvo que apartar una lágrima que le caía por la mejilla—. Diles que les agradezco todo, siempre estaré agradecida… ¿Les dirás?
Apreté los labios con la chispa entre los dedos, y asentí. No sabía cómo pero haría que ella salga de ese barco, que vuelva con los Jones, que la niña que me amenazó con robarme a el chico del que me había enamorado sea libre. No importaba cómo, pero ella sería libre.
Apreté sus dedos con las manos y la vi cerrar los ojos con fuerza, llorar en silencio, estremecerse una vez, y luego enderezarse con los ojos fríos, rojos. Tomó una respiración profunda y tragó saliva mirando algo detrás mío.
—Baker —dijo inclinándose un poco para que solo la oyera yo—, ¿Ese es el padre de Tajo? —Lo miró por encima del hombro y asentí—. ¿Qué hace aquí?
Suspiré.
—No lo sé…
—¿Quién es ella? —preguntó el padre de Tajo con voz seca y me volteé para verlo semi recostado, leyendo el mismo libro. No nos miraba, parecía concentrado, pero sabía que no era así, estaba atento, nos observaba. Lo sentía.
—Ella es Lay…
Layla se aclaró la garganta.
—Señor, me presento, soy Layla Jones —dijo con voz alta y enérgica, cuadrando los hombros y enderezandose—. Lo conocí en la taberna, pero nunca tuve la oportunidad de hablar directamente con us…