Tristan me mandó a llamar poco después.
Me coloqué frente a la puerta para que guardia no vea dentro y entrecerró la puerta. No quería que la vean. Ya sabía cómo la miraban cada vez que la alguno se asomaba, también cómo la miraron cuando llegó a la habitación. No, no quería que Layla sea parte de todo eso. Ella tenía que ser libre.
—Layla —llamé observándola en la cama, sentada y envuelta entre tantas mantas que parecía perderse debajo. Ella me miró—. Vamos, debemos reunirnos con Tristan.
Ella vaciló.
—Baker, no es necesario que…
—No permitiré que te hagan más daño —gruñí—, no te alejaras de mí.
Ella me observó un momento. Parecía querer discutir, pero luego tomó una respiración profunda y sacó los pies fuera de la cama intentando que todas las mantas sigan ocultando su cuerpo.
—Yo la cuidaré si ella me lo permite —dijo el padre de Tajo y ambos lo miramos. Leía el mismo libro que antes, aunque no sé si en la misma página. Miré a Layla encoger los hombros y un momento después volver a su asiento.
—¿Estás segura? —pregunté, y ella asintió volviendo al mismo lugar, a la misma posición. A su refugio bajo tantas mantas. Me miró y salí para reunirme con los guardias.
Volvieron a colocarme esposas. Más por protocolo que por seguridad. Apenas me miraban al acercarse, parecían incómodos, nerviosos, vi algunos dar paso atrás y adelante mientras me observaban. Pero no dije nada, tampoco hice ningún ademán. Esperé que me coloquen las cadenas y me volteé hacia el pasillo por donde uno de ellos me guiaba. El otro me seguía por detrás, y los otros cinco guardias se quedaron en la puerta.
Caminamos de nuevo por los mismos pasillos y las mismas escaleras hasta la superficie. Me detuve un momento a ver por la ventana, era como un ritual, un respiro. Lo necesitaba. Dejé que el sol me toque la piel del brazo, que caliente mis dedos, y, cuando supe que el momento de titubeo terminó, lo aparté. No había tanto sol como otras veces, se acercaba una tormenta, podía sentirla en el aire. Las olas estaban revueltas, los pájaros volaban en la misma dirección, buscaban tierra. La humedad del agua salada viaja con el viento fresco.
—Vamos —gruñó uno de los guardias, y en vez de voltear hacia la izquierda fuimos a la derecha. Nos cruzamos de nuevo con el horrible tapiz y cruzamos varias puertas más, hasta llegar a una para nada interesante con cinco guardias a cada lado.
Todos se tensaron al verme y sonreí. Uno me ordenó esperar mientras otro anunció la llegada con dos golpes.
Los ignoré y miré alrededor. No había nada llamativo, varias luces, varios guardias, una alfombra fea y patrones extraños en el empapelado de la pared. Era un desperdicio por el agua de mar, papá se lo dijo una vez a Eva cuando ella pidió empapelado para su habitación de salación, pero igual él cumplió. El empapelado se llenó de moho y tuvimos que sacarlo. Papá sonrió pero no dijo nada y Eva se arrancaría la lengua antes de decirle que tenía razón, consiguieron otro y cambiaron el anterior. Nadie habló más del tema.
Oí la respuesta de Tristan antes de que el guardia me indicara entrar. Di un paso al frente, sentí la tensión en las cadenas, y luego entré.
El interior era un estudio repleto de libros, plumas y hojas manchadas, y eso me molestó. Me recordó a Tajo, me recordó su desorden, sus manos sucias por la tinta, sus ojos cansados por la falta de sueño, por leer toda la noche. Me recordó todos los libros que lo rodeaban siempre, en cada lugar. Y volví a extrañarlo. Mierda. Se sentía como si algo me atravesara el pecho.
—Hola —dijo Tristan, y lo miré en medio de la habitación, atrás de un escritorio, inclinado hacia un enorme mapa con cruces, puntos y garabatos. Alzó la cabeza y sonrió—. ¿Cómo te encuentras?
—¿Qué quieres? —pregunté molesto y su sonrisa se esfumó.
—¿Podrías tratarme con un poco de respeto?—bufó irritado—. Soy tu rey.
Me reí.
—Tú no eres el rey de nadie. —Alcé las cadenas, miré al guardia detrás mío y luego a él—. ¿Esto es necesario? Ya comprobamos que no haré nada…
—Si no quieres que busque tu corazón te recomiendo que comiences a hablarme como a tu rey —dijo irritado, golpeando libros para apartarlos del mapa. Apreté los dientes observando su molesta y asentí. Me miró y sonrió—. Dime sí, señor.
—Sí señor —gruñí, y su sonrisa se ensanchó.
—Es un deleite. Bien, a lo que te llamé. Por la mañana llegaremos a la isla Yoko —dijo y apoyó los dedos en el mapa para señalarme la isla y luego el recorrido del barco—. Teníamos planeado llegar al amanecer pero tuvimos ciertos contratiempos, así que prepárate.
—¿Para qué?
—¿Para qué, señor? —corrigió y rodé los ojos.
—¿Para qué debo prepararme… señor?
—Para buscar esto —dijo y me entregó una hoja pequeña con líneas y dibujos en medio. Parecía la hoja del diario de Tajo. Lo tomé. No lo parecía, lo era. Reconocía su trazo, sus dibujos, la tinta. Tracé todo con la punta de los dedos y un nudo apretado en el pecho—. Debes ir hacia el norte de la isla, uno de mis generales te guiará.
—¿Y tú? —pregunté, y él me miró con una ceja alzada. Rodé los ojos—. ¿Y tú, señor?
Frunció el ceño.
—No sabes lo que es el respeto, ¿no?
Sacudí la cabeza.
—No estoy familiarizado.
Tristan rodó los ojos y volvió a inclinarse sobre el mapa.
—Tengo asuntos con el festín del Edén.
—¿El festín del Edén? —pregunté curioso—. ¿Es como el festín del venado?
Parpadeó.
—¿Los piratas aún lo llaman así? —preguntó riendo—. Hace años que no se lo llama así. Supongo que tu padre te habló de eso, ¿no? —Insistió y yo apreté los labios apartando la mirada. Tristan sonrió—. No te preocupes, no te sucederá nada a ti ni a la joven Jones. Bueno, si no quieres, claro. Ella es tuya. Es algo así como un regalo, de mi parte, una ofrenda.
La amargura me subió la garganta y tuve que contenerme apretando los puños con fuerza. Comenzó a hacer calor dentro de la habitación y algunas hojas crujieron tornándose negras.