Tres golpes fuertes en la puerta nos hicieron saltar del susto. No estaba seguro de qué hora era o si había amanecido, pero supuse que era el momento de desembarcar cuando los soldados entraron con sus ballestas cargadas y nos miraron sin expresión. Nos apuntaron y ordenaron que nos pusiéramos de pie con las manos al frente para colocarnos los grilletes. ¿Era necesario? No estoy seguro, pero igual nadie protestó. Layla cuadró los hombros como si por un momento hubiera vuelto a ser la mujer fuerte y valiente que conocía. Dejó caer las mantas como si los jirones que tenía de atuendo fueran una armadura y miró desafiante a cada guardia que se acercó.
Le sonreí de orgullo, de cariño. Al fin la vería libre, solo faltaba la oportunidad.
Permití que me pongan los grilletes con desdén, mirando al guardia bufar algo sobre ser un sucio pirata, y me suspiré al ver la cadena que uniria a todos.
Si, era todo muy innecesario.
Cuando terminaron esperé el momento de salir, pero nadie se movió. El guardia que sujetaba mi cadena y la de Layla estaba parado entre ambos con la mandíbula tensa y los ojos al frente. Tragó saliva con una expresión extraña, inquieta, y miramos al guardia de la puerta asentir y hacerse a un lado para dejar entrar a alguien más. Otro guardia, más grande, más robusto, diferente, que caminó directo hacia el padre de Tajo con unos grilletes más grandes, esposas y un aro de metal que le colocó alrededor del cuello.
—¿Para qué le colocan eso? —preguntó Layla dando un paso al frente. La cadena que unía sus manos se tensó y tuvo que volver a su lugar.
El hombre la miró y luego a mí. Apretó los labios y apartó los ojos hacia el guardia que colocaba cadenas de su cuello a sus manos, y luego a su cintura y tobillos.
—Listo —dijo el guardia al terminar y miró al que nos sujetaba con expresión seria. Ambos asintieron y salimos en fila, primero el padre de Tajo con cinco guardias alrededor, luego yo, un guardia y por último Layla.
Me parecía un circo exagerado para nosotros, pero no dije nada. El barco ya no tenía la calma que días antes. Había más guardias, más marinos, muchas personas que iban y venían por los pasillos con armas, con cajas, con toallas y algunos con comida. Fue la única vez que comprendí lo grande que era la nave y la cantidad de personas que viajaban.
Nadie nos miró más que para apartarse con una mueca de asco. Eran marinos, reconocía sus trajes blancos y sus medallas.
Me arrepentí de no hundir el barco.
Subimos escaleras, caminamos por pasillos, cruzamos puertas y de repente el cielo estuvo sobre nuestras cabezas.
Parpadeé.
Ese día no había sol. La brisa marina no era cálida y el brillo no bailaba sobre las olas. No lograba ver el fondo transparente ni los peces que a esa distancia deben acercarse al casco. Hacía frío y el viento se volvía violento mientras nos acercabamos al único cúmulo de tierra a la distancia. Las nubes grises se cerraban encima como si nos esperaran para liberar su furia en cuanto pisemos la isla y las olas se agitaban contra el barco como si quisieran hundirlo, como si buscaran voltearnos para no desembarcar.
Lancé una mirada a Layla para comprobar que me seguía de cerca y exhalé al verla estremecerse por el frío. No perdió fuerza, su porte, su mentón alzado, no vaciló. Me miró, estaba pálida. Apretó los labios, tragó saliva y volvió a enfrentarse a la isla.
—Bien, tú irás con ellos —dijo alguien detrás nuestro, y todos giramos la cabeza cuando Tristan apareció con tres hombres más. A uno lo reconocía, era el hombre que nos emboscó en el castillo en Rosewood, el anciano del bastón. Los otros dos eran una mujer de avanzada edad y un hombre adulto que miró al padre de Tajo con una sonrisa. Lo conocía, me parecía haberlo visto en algún lado, solo que no sabía dónde. Tristan lo señaló a él y a la anciana—. Ustedes se encargaran de Bowman. Si intentan algo ya saben qué hacer.
El padre de Tajo bufó algo parecido a una risa y apartó la mirada.
Tristan me miró con una sonrisa brillante.
—¿Estás listo? Te tengo una sorpresa —dijo emocionado y se apartó hacia una cuarta figura entre ellos. Estaba oculta detrás del hombre y como era pequeña y delgada desaparecía. Tenía los ojos hundidos, la piel pálida y los labios agrietados, pero quizás eran imaginaciones mías porque el resto de ella estaba bien, su vestido era nuevo, su cabello estaba limpio y los zapatos parecían incómodos y caros. Me miró un momento, asombrada, y luego a Tristan—. Aquí está tu compañero.
Siena hizo una mueca y me señaló como cuando le dije que teníamos que comer algas.
—¿Él?
—Se llevarán bien —dijo él sin abandonar esa sonrisa estúpida. Me palmeó la espalda como si fuéramos amigos, camaradas, alzó el pulgar y se apartó—. Necesito que pongas de tu lado, ¿bien? ¿Lo entiendes? Bien, hagamos de este día algo que quede en la historia.
Dio la vuelta con el hombre, la mujer y el anciano del bastón siguiéndolo detrás y entraron al barco.
Miré a Sienna.
—¿Y tú qué haces aquí? —pregunté y sus mejillas se tiñeron de rosa mientras apartaba la mirada.
—Te lo dije, quiero volver a mi hogar.
—¿Y decidiste huir con Tristan para eso? —Bufé—. No creí que fueras tan estúpida.
—No lo entiendes —respondió y pasó su mirada a Layla, semidesnuda y maltratada. El horror cubrió su rostro y por un momento parecía que iba a acercarse, pero algo en el gesto de la pirata la detuvo.
—No, claro que no —dije, y oí a un marino gritarnos que nos acerquemos a los botes para desembarcar. Me volteé hacia Layla—. Vamos.
Nos acercamos a un joven de cabello anaranjado que nos miró con odio mientras tiraba de las cuerdas y poleas para bajar el bote. Sus compañeros también nos observaron por encima del hombro, nadie parecía contento, pero el joven estaba enojado, parecía a punto de voltearse para matarnos con sus propias manos.
Sonreí y sus orejas se tornaron rojas. Pasó la mirada a Layla y una mueca de asco se abrió paso en su rostro, pero ella no dijo nada, solo lo miró alzando el mentón, bajando los ojos, dibujando tanto desprecio en su rostro que el marino apartó la mirada con los dientes apretados.