Era de noche, se encontraban en una pequeña cabaña escondida en las entrañas del bosque Diemest. Jordane le había dicho a Mabel que se quedaría a dormir en casa de Cameron. Esperaba que su madre no llamara a su amiga para comprobarlo, pues Cameron ni siquiera sabía de la mentira que había dicho.
Jordane normalmente no hacía eso; engañar descaradamente a su madre y escabullirse de casa hasta tarde. Pero sabía que estaría bien, después de todo, Tristán la acompañaba ella. La chica confiaba en que si algo salía mal, él la protegería. Aunque por supuesto, ni Tristán ni el gobernador de Edomxia, eran lo suficientemente fuertes o poderosos como para enfrentar a la criatura que invocarían. Jordane prefería ignorar eso.
Lo que invocarían…
Jordane soltó un suspiro lleno de expectación y miedo. Ella y su novio se hallaban en una pequeña sala-comedor de la cabaña. La muchacha se había encargado de cerrar todas las puertas y ventanas, tanto las que daban hacia el exterior como las de hacia los otros cuartos de la casa. Después de hacer eso, Jordane había trazado con sangre un pentagrama en la fría madera del suelo; justo frente a la polvorienta chimenea. Todo estaba sucio. No se habían molestado en limpiar, debido a las ansias del acto prohibido que estaban a punto de realizar. Sus manos sudaban y temblaban con una extraña combinación de emoción y terror adictivo.
La muchacha comenzó a colocar las hierbas indicadas en un recipiente lleno de sangre coagulada. Y, cuando hizo un movimiento brusco al aplastar hojas de opio secas para agregarlas, una punzada de dolor recorrió su brazo. Hizo una mueca. Todavía sangraban ligeramente los cortes que se había infligido para obtener la sangre del pentagrama y el recipiente, aunque las heridas ya estaban cubiertas por un descuidado pero eficaz vendaje que impedía a Jordane desangrarse.
—¿Estás bien? —preguntó Tristán. Había parado de poner las velas alrededor del pentagrama cuando notó la mueca de dolor de Jordane.
Ella lo miró. Con todas las luces apagadas y solo la iluminación de las pequeñas velas, era difícil distinguir claramente sus facciones. Al dar con sus ojos, recordó (como siempre) por qué se había enamorado perdidamente de él. Le encantaba ese brillo especial y único en sus pupilas que combinaba con la luminosidad del azul de sus irises. El tono era un azul claro como el cielo y profundo como el mar.
—¿Jordane? —insistió al ver que la chica no respondía.
Ella parpadeó saliendo de su estupor, y recordó lo que Tristán le había preguntado.
—Ah…sí, estoy bien, es solo que no puedo maniobrar muy bien con esta capa, —mintió mientras hacía unos movimientos exagerados con las mangas de la capa negra desgastada.
Se la había tenido que poner para hacer la invocación. Aunque no creía que realmente fuera de ayuda. Tuvo que mentir, ya que Tristán se había mostrado descontento cuando supo de los cortes que tenía que hacerse Jordane para llevar a cabo el ritual. Ella había logrado convencerlo, pero aún temía que se echara atrás.
El chico suspiró pesadamente, mirándola preocupado. Luego, dejó la vela negra que sostenía en el piso y se acercó a ella a paso lento; como quien intenta aproximarse a un animal herido.
—Jordane, sé cuándo me mientes. —Le tomó delicadamente el brazo. —Te pedí que me dejaras hacerlo a mí, —dijo mientras rehacía el vendaje, —yo puedo hacerlo, no quiero que te pase nada y…
—Estaré bien —lo interrumpió Jordane. No tenía ganas de escuchar otro sermón. —Sabes que tengo que hacerlo yo, —murmuró, tomándolo por la cintura con su mano buena.
—No, no tienes que —replicó Tristán. —Pero sé que querías hacerlo, y sé que aunque yo no hubiese estado de acuerdo, tú lo habrías hecho a mis espaldas.
Con un par de vueltas más, terminó de ponerle las vendas mientras Jordane lo observaba. Una vez que le hubo puesto el esparadrapo, Jordane lo tomó firmemente con ambas manos de la cintura y lo pegó más hacia sí. Él, como era más ancho y alto que ella, le rodeó los hombros con ambos brazos y acercó su cara a la de ella. Le dio un tierno beso en la frente.
—Sabes que solo quiero lo mejor para nosotros, —dijo ella rozando su nariz con la de él.
Tristán suspiró e hizo un ademán de salir de los brazos de Jordane. Sin embargo, cambió de opinión y le dio un pequeño beso en los labios antes de apartarse.
—Sí, y tú sabes, y yo sé, y nosotros sabemos… —se aclaró la garganta. Tristán se sonrojó ligeramente por la risa que había causado a Jordane su trabalenguas de palabras. —Sabemos, —repitió, —que esto es muy peligroso.
Jordane asintió aún riendo, como si la gravedad de la situación no le pusiera los pelos de punta para nada. Tristán la miró mal y ella intentó contener su risa en vano. Siempre que su novio hacía algo patoso, el corazón de Jordane daba un vuelco, y como reacción, sucumbía a una risa amorosa-burlesca. Tuvieron que pasar unos segundos más para que por fin se calmara y pudiera responder.
—Sí, pero si todo sale bien esta noche, no tendremos nada de que preocuparnos por el resto de nuestras vidas. —Y lo que Jordane decía era completamente cierto, si todo salía bien, tendrían la vida asegurada.
Tristán no respondió después de eso, solo la miró y sonrió. El destello de su rostro transmitía dulzura, paz, y felicidad, como si supiera algo que ella no y lo hiciera inmensamente dichoso. Su sonrisa envió un escalofrío por todo el cuerpo de Jordane, pero todo eso solo duró un segundo. Después él le dio la espalda, y continuó poniendo las aterradoras velas negras en torno al pentagrama.
Sin decir nada más, continuaron haciendo lo que debían para el ritual. Cuando hubieron terminado, Jordane observó con sorpresa cómo la cera de las velas al consumirse se volvía de color rojo naranjoso. Las había conseguido en una tienda de ocultismo, pero no sabía que ese cambio de coloración fuera posible. Sacudió la cabeza ligeramente. Luego, se volvió hacia Tristán. El muchacho estaba sosteniendo un libro con las puntas de los dedos; lo más lejos de su cuerpo posible.