El tiempo de Jordane

La una

Por la mañana Jueves 16 de abril

Un año y dos meses después

¡CRASH!

Los vidrios se esparcieron por todo el piso de loseta blanca como un abanico transparente. La puerta se abrió segundos después, dejando ver a una enfermera de cabello negro y piel oscura. La mujer tenía la boca abierta de la impresión y los ojos desorbitados por el pánico.

—¡Oh, por Dios! Anker, apártate de ahí, te harás daño —exclamó asustada la joven. Posteriormente, se acercó al desastre y tomó al niño descalzo en brazos. Quería evitar que siguiera lastimándose los pies por estar parado sobre los pedazos de cristal.

El niño se removió en los brazos de la enfermera, mas no logró zafarse hasta que la mujer lo puso en la cama de la pequeña habitación. Penélope estaba espantada. El escándalo de seguro había llamado la atención de los empleados y Brianna llegaría ahí en cualquier momento. Tenía que limpiar cuanto antes, si no se llevaría una buena regañina.

—¡Yo no fui! —Gritó Anker. —¡No lo hice! ¡No lo hice! Lo juro, él me lo dijo, yo no quería ¡No lo hice! —Chilló aún más fuerte antes de que Penélope dijera algo.

—Está bien, tranquilízate, Anker, te creo, calma. —Ella trataba de consolarlo sin éxito, pues él seguía gritando cosas similares que alertaron a toda la planta.

Brianna, la encargada del lugar, era una mujer alta, con el cabello canoso recogido en un moño apretado y una figura que evidenciaba los años de ejercicios y dietas balanceadas a pesar de su edad. Tenía además unos bonitos ojos verdes que eran arruinados por una gran verruga negra que se encontraba en la parte derecha de la frente, cerca de la ceja. Al igual que todos los demás trabajadores de ahí, vestía una bata y pantalones blancos, pero se diferenciaba por la gran cofia azul claro que portaba con elegancia, como si de una corona se tratara.

—¿Qué sucedió aquí, Penélope? —Cuestionó a la enfermera de turno en cuanto entró y vio el vidrio en el suelo. La chica aún trataba de calmar a un muy inquieto Anker que, para su sorpresa, calló en cuanto vio a Brianna.

—¡Brianna! —Se espantó la joven. —Yo… yo, verá… escuché un ruido y vine… el vaso estaba…

—¡Basta! —Exclamó Brianna, seguida de una mueca por el balbuceo de Penélope. —Anker es un paciente muy delicado. Eres nueva aquí, pero deberías saber que al tipo de internos como él no se les dan objetos punzo-cortantes. Eso incluye vajilla de cristal.

Penélope volteó a ver a Anker, quien jugaba inocentemente con sus manos. El niño ignoraba magistralmente el dolor que debería sentir gracias a las pequeñas heridas sangrantes de sus pies. La enfermera regresó su mirada a Brianna.

—Lo lamento, ahora lo sé, lo recogeré inmediatamente —se disculpó.

—Que sea rápido, el chico tiene visitas. —Y sin decir más, la encargada abandonó la habitación.

Penélope recogió los pedazos lo más rápido que pudo con un paño que sacó del bolsillo de la bata. Algo que había aprendido en sus dos meses trabajando en Shill Ryberry, es que siempre debía estar preparada para todo. Salió del dormitorio y se deshizo de los vidrios en un cesto de basura fuera del alcance de los pacientes. Después, volvió al cuarto de Anker para curarle las heridas.

El niño seguía donde lo había dejado; sentado en la cama, no emitía sonido alguno y veía con gesto aburrido una telaraña en una esquina de la habitación. Sin decir nada, Penélope comenzó a curar los cortes de sus pies. No eran graves, por lo que solo los limpió con agua y los vendó. Después de unos minutos, cuando por fin terminó, la joven sonrió y, dispuesta a decir algo amable, abrió la boca.

—Vete —escupió Anker con odio antes de que ella lograra expresar nada.

El repentino cambio de actitud del niño la descolocó momentáneamente, pero antes de poder recomponerse, él volvió a hablar:

—¡Vete! ¡Vete! ¡Vete!—Gritó con un tono tan psicótico que la inexperta mujer salió corriendo del cuarto.

Anker odiaba tener que estar recluido en ese hospital, soportar todos los días los gritos de los internos que no hacían más que intensificarse por las noches ¿Por qué tenía que tratar bien a los trabajadores de ahí, que lo único que hacían, era empeorar el lugar con sus miradas de superioridad y lástima fingida?

De pronto, se sintió ligeramente culpable. Él no tendría que haberle gritado, no había sido culpa de ella, ¿o sí? Las voces eran las que poseían la culpa, ¿o no? ¡Esas malditas voces! ¡Esas malditas voces! Esos horribles susurros que lo poseían, lo violaban, y lo despedazaban a cada oportunidad. Ellas tenían la culpa ¡Ellas, ellas y solo ellas! Ellas, ellas, ellas…

—Ugh —gimió sosteniéndose la cabeza. Le dolía tanto…

—¿Así es como tratas a tus enfermeras? —Dijo una voz desde la puerta.

—Ugh, vete —rogó el niño, mientras se apretaba aún con más fuerza las sienes. Recordaba haberse tomado sus pastillas hace unas horas, ¿cómo es que las alucinaciones seguían ahí?

La chica que acababa de llegar observó a Anker. Él no superaba los diez años de edad. El niño se encontraba hecho un ovillo en medio de la cama, con sus pequeñas manos de tez lechosa entre el cabello negro revuelto.

—No estoy en tu cabeza —dijo ella.

Al escuchar de nuevo a la muchacha, Anker abrió lentamente sus ojos, que hasta el momento habían permanecido cerrados.

—Así que tú eres la visita —musitó, incorporándose en el colchón, como si nada hubiera sucedido. Luego, le sonrió de la manera más falsa existente.

—¿Qué te sucedió en los pies? —Inquirió ella mientras entraba a la habitación con paso despreocupado. Ya le era fácil ignorar la falsa felicidad del niño por verla. La muchacha cerró la puerta tras de sí, y se sentó en la silla de plástico que estaba a los pies de la cama.

Anker se puso instantáneamente nervioso por la pregunta y miró alrededor de la habitación; como si alguien fuera a aparecer de la nada, o como si estuvieran escuchándolos.



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En el texto hay: romance, magia, tiempo

Editado: 09.06.2026

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