El tiempo de Jordane

Recuerdos desolados

Por la tarde Viernes 17 de abril

El turno de Jordane terminó después de una ardua mañana atendiendo clientes y sirviendo comida grasienta a personas de lo más variadas (el barrio en el que trabajaba era un tanto extraño). Normalmente, se quedaba hasta que se hacía de noche cubriendo horas extras, pero no ese día de la semana, los viernes eran su pequeño momento especial.

Jordane suspiró sonoramente mientras se cambiaba de ropa en el pequeño baño del personal, ese día era tanto uno feliz como uno doloroso. Al terminar de amarrarse las botas, fue a su casillero, tomó sus pocas posesiones y se dirigió a la salida trasera a paso lento.

—Quiero que esta vez sí llegues temprano mañana, ¿me oíste, Jordane? —gruñó su jefe antes de que ella saliera del establecimiento.

Ella apretó los labios con furia y no se giró al contestar:

—Sí, señor.

La noche anterior había esperado hasta la madrugada a que su madre llegara; Mabel se había quedado tiempo extra en el trabajo. Su abuelo y su primo la habían acompañado en la espera y cuando su mamá llegó, comieron sobras de pastel y se burlaron de la voz aguda que Kenneth tenía por estar en la pubertad. Gracias a eso, Jordane se había quedado dormida unos minutos de más por la mañana. Lo que causó que llegara quince minutos tarde a Comida Frita y ganara un largo sermón por parte de su jefe. No se arrepentía, por vivir esos momentos con su familia, aceptaría mil sermones.

La lluvia empapó el fino suéter de la joven al cruzar la puerta. Miró a ambos lados de la calle antes de cruzarla, sus zapatos se empaparon cuando pisó un charco y cuando el frío del agua cruzó a sus calcetines, Jordane hizo una mueca. Siguió caminando por unas cuantas calles antes de decidir entrar a un pequeño café que se encontraba en una esquina a esperar a que la lluvia parara, o al menos fuera más ligera.

Al entrar en el local Jordane fue recibida con una ola cálida, y cuando cerró la puerta, el frío del exterior se extinguió. El lugar estaba casi vacío y tenía un ambiente bastante hogareño; contaba con acolchados sofás por doquier alrededor de pequeñas mesas bajas, olor a chocolate caliente y café, y una ligera música que parecía venir de todas partes. Se dio cuenta de que ya había estado ahí antes. ¿Cómo podía haberlo olvidado? Una de sus primeras citas con Tristán había sido en ese mismo lugar; ella quería ver una película… pero él había insistido tanto en ir ahí.

Se dio media vuelta con intención de salir del establecimiento, pero paró en seco al ver que el clima de afuera había empeorado. Así que, con pesadez y sin otra alternativa, se acercó a una mesa y se sentó en el sillón del lado de la ventana; el vidrio se había empañado, con un dedo inseguro trazó unas líneas: T.

Una mujer de la edad de su madre se acercó a su mesa para preguntar qué iba a ordenar, Jordane solo pidió un café sin azúcar. Los recuerdos de su cita surgieron en su mente. Sonrió.

—¿Segura que solo quieres un café? —preguntó Tristán —vamos, pide lo que quieras, yo pago.

Jordane lo miró con ojos acusadores, posteriormente negó con la cabeza alzando ligeramente el mentón.

—Primero que nada, yo pagaré lo mío, gracias, nunca me ha gustado que paguen mis cosas, y segundo, sí, solo quiero un café. No me veas así, ¿qué hay de malo en ello?

Tristán le regaló una pequeña sonrisa y sus ojos azules chispearon de felicidad y algo más.

—Nada, solo que me parece extraño que lo pidas sin azúcar, eso es todo.

—Tú también has pedido tu té sin azúcar —acusó Jordane.

Tristán sonrió aún más y un ligero rubor se apoderó de sus mejillas, lo que sucedía siempre que hablaba de algo importante para él.

—Me encanta el té, cada que puedo lo tomo. ¿Y qué mejor manera de apreciar la perfección del sabor, que sin otras interferencias?

Esa tarde, la mirada que le dedicó Tristán después de su confesión la dejó tan anonadada y bellamente asombrada que no pudo más que tartamudear y responder con monosílabos el resto del día. A él pareció no importarle su torpeza en el amor, porque después de esa cita le pidió otra, y otra, y otra…

La mesera dejando una taza frente a ella fue lo que la devolvió a la realidad.

—¿Te puedo ofrecer algo más? —preguntó la mujer con una sonrisa amable.

Jordane le devolvió la sonrisa, aunque parecía más que nada una mueca de tristeza.

—No, gracias.

La señora se retiró. Si hubiera sido cualquier otro día de la semana, Jordane se habría obligado a sí misma dejar de pensar en el pasado y en Tristán, pero los viernes de todas las semanas, después del trabajo hasta el amanecer, se permitía dejar volar su imaginación y recuerdos, librándose así de sus cargas diarias y pensando en el “qué hubiera pasado si…”.

Oh, Tristán… ¿Qué hubiera pasado si no hubiesen llevado a cabo aquel ritual?

Jordane y Tristán se encontraban sentados frente a frente en la cama del cuarto del muchacho, la puerta estaba abierta, pero los padres de él no estaban en casa.

—Jordane… no sé si sea buena idea convocarlo —murmuró Tristán leyendo el pesado libro —sabes lo que les pasa a los que se meten con fuerzas que no conocen.



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En el texto hay: romance, magia, tiempo

Editado: 29.07.2026

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