“Conmoción en el mundo del patinaje artístico ante el repentino retiro del destacado patinador, James Rohan. El campeón olímpico ha revelado que tomó la decisión mientras se recuperaba de una lesión que tuvo lugar durante su última competencia.
Es un hecho conocido que James, de ahora veintinueve años, ha tenido en sus planes el retiro durante algunos años. Pero, aun así, la sorpresa de su noticia ha causado una sacudida en el mundo del deporte, así como de sus fans más leales, los cuales se han volcado a las redes sociales para lamentar este…”
Inclinándose adelante, James presionó el botón de la radio, deteniendo la animada voz del locutor que aún no se decidía entre poner sus logros en primer plano o lloriquear por una decisión ya tomada. No entendía porque todo el mundo parecía tan sacudido con su anuncio, había dejado caer comentarios sobre esa posibilidad durante un tiempo, pensó que nadie se sorprendería cuando lo hiciese real.
Había estado compitiendo internacionalmente desde sus primeros años de adolescencia, su nombre había estado de boca en boca desde muy joven gracias a su talento y esfuerzo. Para sus veintidós años había ganado su primera medalla olímpica y coleccionado un puñado más en diferentes competencias, para el momento que ganó la segunda con veintiséis años, ese mundo se había tornado demasiado agobiante para él.
Y, aun así, tardó dos años más en decidir que era tiempo de dejar el hielo definitivamente.
Ahora, sin el deporte en mente, comenzaba a probar cuan agobiante sería enfrentarse a la vida que le esperaba fuera. Había estado tan centrado en las prácticas, los campeonatos y en mantener cierta imagen dentro del mundo del deporte, que se había olvidado de que había un mundo mucho más grande lejos de la pista.
Su mirada se deslizó afuera, la vieja casa de dos pisos estilo victoriana era una belleza para la vista, aun cuando estaba un poco descuidada por los años que estuvo deshabitada. Sabía que su madre había estado pagándole a alguien para asegurarse de que la estructura no se cayera a pedazos, mientras que personalmente se había desligado de todo el vecindario hacía años. Le era extraño volver cuando pensó que jamás nada podría obligarlo a hacerlo, y era aún más irónico el que fuese el mismo deporte que lo alejó, el que ahora lo obligase a regresar.
Alcanzando el bolso deportivo de los asientos traseros, abrió la puerta y salió, estremeciéndose cuando la brisa fría de principios de invierno le congeló las mejillas. Era gracioso pensar que alguien como él, que llevaba su existencia sobre un par de patines en una pista congelada, odiase tanto el frío como lo hacía.
Al otro lado de la cerca blanca que dividía los jardines, el viejo gato gris, que ahora lucía unos largos y blancos bigotes, lo observó con curiosidad desde lo alto de la terraza. Tenía un vago recuerdo de la pequeña bestia, pero la persona que había acostumbrado a darle atún a escondidas y rascarle la panza hasta hacerlo ronronear, no había sido él.
—Lo siento, compañero, pero él ya no va a regresar —le dijo, mientras cerraba la puerta del auto y se acercaba a las escaleras principales—. Ya no tienes que seguir esperándolo.
Su respuesta fue un maullido, molesto y apagado, como si no solo le entendiese, sino que no estuviese de acuerdo con sus palabras. Con un grácil salto, su delgada forma se perdió dentro de los arbustos antes de desaparecer en la distancia. James se quedó un momento más allí, observando el lugar vacío por demasiado tiempo antes de girarse y subir los tres escalones que lo separaban de la puerta de entrada.
Logró poner la llave en la cerradura antes que el sonido apresurado de pasos le hiciese volver la cabeza hacia la calle. Como si el mundo estuviese derrumbándose detrás de sus talones, y con los ruleros aun bien engarzados en sus grises cabellos, Elsa Wilkins movió su cuerpo de ochenta años por el cordón como si tuviese toda la intención de erradicar con sus débiles y viejos huesos toda la inmundicia del mundo moderno. Diez años solo le habían dado un nuevo puñado de arrugas y una reforzada sensación de justicia injustificada que era un poco graciosa de ver.
—¡Esto es propiedad privada! —gritó con voz estridente al tiempo que agitaba uno de sus retorcidos dedos en su dirección—. ¡No puedes entrar ahí! ¡Hey, tú, muchacho, no puedes entrar ahí!
Girando la llave entre sus dedos de nuevo a su palma, se volvió completamente hacia ella, no pudiendo evitar la sonrisa que se dibujó en sus labios al ver como sus ojos se abrieron un poco, por una milésima de segundo, antes de que sacudiese la sorpresa de su expresión como si nunca hubiese estado allí.
—¡Señora Wilkins! —dijo a modo de saludo, bajando el primer escalón mientras ponía su expresión más zalamera—. Veo que diez años no han cambiado ni un ápice de su apabullante belleza.
Sus labios se fruncieron—. El niño Rohan —masticó, y su tono vacilaba entre el fastidio absoluto y la suave nostalgia—. No sabía que estaban de regreso.
—Solo soy yo esta vez —corrigió suavemente—. Mamá… está tomándose unas merecidas vacaciones.
Arreglándose la bata que la envolvía, ella asintió como si fuese algo esperable—. Ella trabajó muchos turnos nocturnos para darte una buena vida —comentó, con esa comprensión que solo una persona que trabajó toda su vida en el área de la salud puede sentir hacia un compañero—. ¿Piensas quedarte alrededor? ¿Debemos tomar medidas acerca de los reporteros que llegarán buscándote?