El tiempo que tenemos | Bl

02. When you're gone

“Maverick Kallias.

1996-2016

Tu sonrisa siempre nos acompañará”.

Hay algo realmente cruel en observar hacia abajo a una persona con la cual antes debías alzar la cabeza para encontrar su mirada. Contemplando la fría y gris piedra que detallaba un nombre que tantas veces había escrito él mismo, no pudo evitar estremecerse ante el recuerdo del cajón bajando a la tierra. Casi podía sentir el ardor de todas las lágrimas que había derramado, el dolor en el pecho que aún se negaba a irse y esa agobiante sensación de que toda su vida estaba siendo enterrada justo frente a sus ojos.

Había dejado de llorar hacia años, sus lágrimas se habían secado para ese momento, pero la tristeza era algo que no parecía desgastarse sin importar cuanto tiempo pasara.

Apretando los dedos entorno al ramo en su mano, observó los pálidos pétalos de las margaritas y se sintió tonto. Compraba todos los años las mismas, no porque a Maverick le gustasen -por increíble que fuese, luego de veinte años de amistad, nunca se le ocurrió preguntarle que flores le gustaban. Si era sincero, dudaba que le importasen las mismas. Pero personalmente, habían sido las primeras flores que Maverick le había dado. Un hermoso y perfumado ramo de margaritas blancas, justo después de ganar su primer campeonato nacional. No tenía idea de si había sido una elección al azar, pero era lo único que tenía para guiarse. Así que compraba margaritas todos los años.

Desatando la cinta con la que estaban atadas, hizo un bollo con el papel antes de inclinarse para ponerlas en el florero que alguien había colocado a un lado. Ordenándolas distraídamente, como si supiese que infiernos debía hacer para que se viesen bien.

—Ha pasado un tiempo —su voz fue tan suave, que supuso que nadie podría oírlo aun si pasase a su lado—. Siento no haber venido, sé que prometí que te visitaría antes de este aniversario, pero… las cosas han estado un poco extrañas para mi últimamente.

Eso podía considerarse un eufemismo en toda regla, y casi podía ver en su mente a Mav rodando los ojos en su dirección por ello.

—Dejé el patinaje —anunció, e inconscientemente, hizo una pausa, como si esperase ser regañado. Cuando se dio cuenta de que no había nadie para replicarle, suspiró—. Estoy seguro de que estas decepcionado de mi ahora mismo. Siempre dijiste que pertenecíamos al hielo, los dos. Dejar el corazón sobre los patines… tú lo hiciste en cada enfrentamiento, y yo, yo lo he estado intentando durante años.

Su mirada se demoró sobre los frondosos arbustos a pocos metros, los tonos brillantes de sus brotes contrastaban demasiado con la frialdad de su propósito. El cementerio que se había elegido para su reposo era un parque verde con un montón de plantas que pintaba de colores el paisaje en cada primavera. James había sido quién había escogido el lugar, con solo un vistazo había sabido con certeza que era el indicado.

—Estoy cansado —confesó, y era la primera vez que lograba decir esas palabras en voz alta. Ni siquiera en sus peores momentos, ni bajo toda la presión que habían puesto sobre él durante cada competencia, se había animado a confesarlo, pero para ese punto, pensó que ya no podía ocultarlo—. A veces me pregunto porque seguí este camino, ¿realmente me gusta el patinaje o solo lo hice porqué pensé que eso era lo que esperabas de mí? Quizás solo fui demasiado cobarde como para tomar mis propias decisiones y solo seguí la línea que pintaste para mí. Siempre fuiste tan certero con todo…

Sacudió la cabeza, intentando disipar todas esas dudas que lo atormentaban en sus momentos de tranquilidad.

—¿Estás decepcionado? —preguntó, y solo el suave aullido del viento pasando a través de las copas de los árboles le dio una respuesta. No pudo evitar torcer sus labios, burlándose de sí mismo—. Me gustaría tanto que estuvieses aquí, aun si es para gritarme y enojarte conmigo. Y no me importa si crees que soy patético, te necesito, Mav, no tengo idea de que infiernos se supone que haga con mi vida ahora.

Sus dedos siguieron distraídamente las líneas de su nombre, intentando ocultar las lágrimas que le hacían arder los ojos.

—Se suponía que nos retiraríamos juntos, ¿recuerdas? —un montón de recuerdos se agolparon al frente de su mente—. Nos retiraríamos a los treinta, después de llegar a la cima de nuestras carreras, ese era el plan. Pero nunca nos pusimos de acuerdo en que hacer luego, dijiste que cuando llegásemos a ese punto, lo decidiríamos.

Sorbió suavemente, negándose a aceptar que estaba llorando.

—Hoy cumplo treinta, Mav, ¿Qué se supone que haga ahora?

El silencio era una cosa realmente horrible cuando se rogaba por al menos un sonido como él lo hacía. Pero además de la brisa que se colaba bajo la ropa y le helaba los huesos, y el suave golpeteo enojado de las ramas sobre su cabeza, no hubo nada más. Sobre él, el cielo comenzaba a ponerse oscuro lentamente, las nubes grises se arremolinaban juntas, como si el clima estuviese igualando su interior.

—Debí saber que te encontraría aquí.

La suave voz femenina le hizo dar un pequeño salto sorprendido, que intentó disimular mientras se secaba las mejillas disimuladamente antes de girarse a verla. De pie a poca distancia, llevando un abrigo rojo con su cabello negro flotando en la brisa, Eva solo lo observó de vuelta. Llevaba el rostro limpio enseñando una pequeña sonrisa de bienvenida, y un ramo de amapolas blancas apretadas entre sus dedos.




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