El tiempo que tenemos | Bl

03. I don't want to miss a thing

—¡Jamie!

Abriendo los ojos, James parpadeó hacia el blanco techo sobre su cabeza, intentando visualizar algo más allá de sus pestañas. Su cabeza giró y su mente intentó encontrarle sentido a las constelaciones artificiales pegadas allí, las cuales habían perdido su brillo verde demasiado rápido y ahora eran solo trozos plásticos que comenzaban lentamente a desprenderse. Las había puesto allí durante la primera noche en el apartamento, con la ilusión de poder ver las estrellas antes de ir a dormir.

Fue una decepción bastante rápida cuando perdieron el brillo en la primera semana. Solo su orgullo terco de comprador impulsivo lo había detenido de arrancarlas esos primeros días, asegurando a cualquiera que preguntase que solo debían recargarse.

Lo confuso era, que recordaba haber arrancado pieza por pieza antes de mudarse, una década atrás, ¿por qué estaba viéndolas de nuevo?

Antes de que pudiese encontrar una explicación razonable, la puerta se abrió y el suave brillo de una vela iluminó su camino al interior. Sentándose rápidamente, observó a la sonriente persona cruzar la habitación balanceando un plato con un solitario cupcake con una vela clavada justo en el medio. Su mano cubría la llama, intentando llegar a la cama sin apagarla en el camino.

Cumpleaños feliz, te deseamos a ti —la familiar voz, ligeramente ronca, se deslizó hasta él—. Que los cumplas, querido Jamie, que los cumplas feliz.

Deteniéndose frente a él, la suave luz amarilla iluminó un rostro que había vivido en sus sueños y recuerdos durante diez años. Los ojos azules se veían tan brillantes como la última vez que los había visto, la sonrisa era exactamente la misma que le había dedicado durante ese último saludo. Y aun a través de la más espesa niebla, habría reconocido esta persona sin necesitar un segundo vistazo.

—Mav —suspiró, y en esas tres letras se embotellaron tantos sentimientos que parecieron desbordar de su boca.

Sin percatarse del lío en su interior, Mav acercó el cupcake a él—. Vamos, pide un deseo antes de que la vela se apague.

Las lágrimas, esas que pensó que se habían acabado hacia años, volvieron a empañar sus ojos y desbordarse por sus pestañas. Podía sentir su corazón tronando en sus oídos mientras su cerebro trabajaba tan rápido que no pudo evitar sentirse mareado. ¿Estaba soñando? Era la única explicación plausible. Había tenido sueños antes, muchos de ellos, pero ninguno, ni siquiera en sus momentos más desesperados y anhelantes, se había sentido tan real como este. Casi podía sentir el suave calor de la vela, así como el ligero perfume avainillado que Mav acostumbraba a utilizar.

Su cerebro estaba haciendo puntos extras en el esfuerzo por acaparar cada detalle esta vez.

El silencio debió extenderse demasiado, ya que esos ojos azules se apartaron de su intento de mantener la vela encendida y se centraron en su mirada. Pudo ver la sonrisa desvanecerse en segundos, siendo ahogada por la preocupación que inundó su expresión. Dejando el plato sobre la mesa de noche, Mav se sentó en el borde de la cama y lo alcanzó.

Sus manos cálidas sostuvieron sus brazos con suavidad—. ¿Qué sucede? ¿Hay algo mal? ¿Por qué estas llorando?

Se sentía tan real, ¿cómo podía ser así?

Subiendo su mano, pudo ver sus propios dedos temblar mientras alcanzaba a tocar su mejilla, sintiendo lo rasposo del crecimiento de la barba contra sus yemas. Cálido, rasposo y… vivo. ¿Acaso era una broma de mal gusto? ¿Ahora su cerebro se dedicaba a atormentarlo en mejor calidad?

Viéndose confundido por el movimiento, Mav le dedicó una pequeña sonrisa—. ¿Qué sucede contigo hoy? ¿Acaso estas triste de ser un año más viejo? —bromeó—. No es tan malo, Jamie, quizás este año si logres que te crezca la barba.

Jamie. Ignorando todo lo demás, su mente se centro en ese apodo. Mav lo había capitalizado de niño, sin permitirle a nadie más llamarlo de ese modo. Él mismo fue quién le dio la idea a su familia, amigos y todo el que los conociera, de llamarlo “Jimmy” en su lugar. “Jamie” era suyo, un apodo que solo él podía llamarle.

Y de alguna forma, fue el escuchar nuevamente esa palabra, que lo rompió.

Un sollozo suave escapó de sus labios, siendo seguido de cerca por otro más doloroso y roto, como si las barreras hubiesen caído y nuevamente la tristeza simplemente lo arrastrase. Mav se vio sorprendido por un momento, apenas un segundo, antes de que sus brazos lo rodearan, arrastrándolo al calor de su pecho en un instante.

—Hey, no llores, Jamie, está bien —su mano frotó su espalda torpemente—. Está bien, todo está bien ahora, no hay razón para llorar.

No es como si pudiese detenerse ahora que había comenzado. Se sentía como si todos esos años en que no había podido derramar lágrimas se hubiesen acumulado y ahora estuviesen desbordándose sin control alguno. Todos los pedacitos en su interior estaban sangrando ahora, ardiendo de la misma forma en que lo habían hecho el día en que la caja que encerraba una mitad de su alma era sepultada en ese cementerio.

Había pensado que el dolor había menguado, que finalmente había logrado superar al menos un poco esa angustia, pero ahora se daba cuenta de que solo había estado escondida en algún lugar profundo de su interior.

—Me estas asustando, Jamie —Mav advirtió con suavidad, su mano aun frotando su espalda—. ¿Qué sucede contigo? ¿Algo te molestó? Habla conmigo.




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