El Tigre y el Dragón

Capitulo 08. Cenar Conmigo

Rurouni Kenshin
El Tigre y El Dragón

Wingzemon X

Capitulo 8
Cenar Conmigo

Shanghái, China
17 de Octubre de 1877 (4574 del Calendario Chino)

Algunos lo llamaban el Barrio Cristiano. Era un extraño nombre, considerando que no era propiamente un barrio de cristianos, sino más bien un barrio de refugiados e inmigrantes, pero ciertamente varios de ellos, sino era que la mayoría, eran cristianos, provenientes de varios países de Asia, que arribaron a Shanghái escapando de un gobierno o una sociedad que los perseguía por sus creencias. Ese era un sitio seguro para ellos, pues era un puerto controlado por los occidentales, donde estos eran los que de alguna manera mandaban, y por lo mismo no iban a permitir la masacre de sus hermanos de creencia.

Claro, eran hermanos de creencia hasta cierto punto o hasta donde les convenía, porque una cosa era que creyeran en el mismo Dios, y otra que fueran "iguales". Las personas que vivían en este sitio eran prácticamente marginados, proscritos. Era un barrio pobre, de chozas de madera humildes, sólo algunos edificios algo viejos, y unos cuantos comercios pequeños. Y en el centro de ese sitio, se encontraba una pequeña capilla. La llamaban capilla, pero más que nada era un viejo edificio de piedra, sin techo ni puerta, con unas bancas de madera, un altar improvisado y una cruz metálica algo oxidada que de seguro habían rescatado de algún barco hundido, o algo similar. No era mucho, pero no importaba; los creyentes necesitaban menos que eso para reunirse y rezar desde sus corazones. Y así lo hacían, cada Día del Señor, y cada que lo necesitaran, o simplemente cada vez lo sintieran imperioso, ahí estaban, sentados en alguna de la bancas, o de rodillas en el suelo entierrado, rezando y orando, como lo estaba casi toda la comunidad en esa ocasión especial.

Magdalia y Shougo habían ido a Shanghái con un sólo propósito: llevar su mensaje a los cristianos de ese lugar, no sólo a los que eran japoneses, sino a todos ellos. Y ahí estaban, con su gente, con su pueblo, reunidos en su modesta pero confortable capilla, orando todos juntos en un sólo canto. Magdalia se ofreció a auspiciar la oración, y ahí se encontraba de rodillas frente a todas las personas, con un vestido hermoso de color rosado que no le importaba ensuciar al arrodillarse con tal de ofrecer su corazón a la oración que recitaban. Para una comunidad marginada como la de ellos, recibir la visita de personas no sólo tan hermosas, sino además de tan buen corazón, era casi como toda una bendición.

Magdalia, de rodillas, con sus ojos cerrados y sus manos juntas frente a ella, pronunciaba en voz alta para todos, una oración que todos los presentes ya habían escuchado, pero que muchos nunca en el idioma que lo recitaba. Era la quinta y última repetición, y cada palabra pronunciada por ella parecía llegar totalmente a los corazones de sus oyentes. Era algo casi... mágico.

- Pater Noster qui es in caelis, sanctificétur nomen Tuum. – Pronunciaba con fuerza de manera fluida. – Adveniat Regnum Tuum, fiat volúntas tua, sicut in caelo et in terra. Panem nostrum cotidiánum da nobis hódie, et dimitte nobis débita nostra, sicut et nos dimittímus debitóribus nostris; et ne nos indúcas in tentationem, sed libera nos a malo.

Una vez que ella terminaba, los asistentes repetían la misma oración, pero ellos lo hacían en el idioma que conocieran. Se podía oír en ese lugar desde japonés, y chino, hasta incluso inglés.

- Padre nuestro que estás en los cielos, santifíquese tu nombre. Venga a nosotros tu reino, que se haga tu voluntad como en el cielo también sobre la tierra. Danos hoy nuestro pan de cada día, y perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a nuestros ofensores. No nos dejes caer en tentación y líbranos de todo mal.

- Quia tuum est regnum, et potéstas, et glória in sécula. – Pronunció con ímpetu la ojos verdes, mientras se ponía lentamente de pie. – Tuyo es el Reino, tuyo el poder y la Gloria Eternamente.

- Amén. – Pronunciaron todos en unisón, todos compartiendo la misma palabra en el mismo idioma.

Magdalia se giró con cuidado hacia la cruz detrás de ella, la enorme cruz metálica y oxidada, y se persignó con su mano derecha, dirigiendo su mano a su frente, luego a su vientre, a su hombro izquierdo, y por último al derecho. Por extraño que pareciera, ese acto no le era del todo natural, pues desde niña le enseñaron a persignarse de otra forma. ¿Los motivos? Ocultarse, al igual que el signo que escudaba su medallón. Pese a todo, estar en un sitio donde podías tener a la vista la forma de la cruz y persignarte como era debido, eso era una gran tranquilidad para el alma.

Shougo también estaba ahí. De hecho, había estado de rodillas con el resto de las personas, como un miembro más de la comunidad. Desde que se bajo del carruaje que los llevó a ese lugar, su notorio carisma pareció surtir efecto en la mayoría de las personas. Todos lo volteaban a ver, lo escuchaban, y lo seguían con expectación. ¿Qué era ese efecto que Shougo Amakusa tenía en las personas? ¿Realmente tenía algo especial en él?




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