El Tigre y el Dragón

Capítulo 26. La Profecía

El Tigre y El Dragón

Wingzemon X

Capítulo 26
La Profecía

Kyoto, Japón
26 de Julio de 1878 (Año 11 de la Era Meiji)

El estudio ubicado en el final de aquella gran mansión, se encontraba casi a oscuras. Las cortinas estaban cerradas, y sólo unas cuantas velas alumbraban el área alrededor del escritorio. El hombre sentado en la silla tras el escritorio, usaba un uniforme de oficial de policía color negro, con detalles en rojo y dorado; sin embargo, distaba de ser el de un oficial cualquiera. Era un hombre de cabello café oscuro, corto, con algunas canas en sus costados. Tenía ojos pequeños, nariz puntiaguda, y un bigote delgado, muy bien cuidado y arreglado. Su rostro era duro, con facciones marcadas y toscas, que en ese momento reflejaban una sombría preocupación. Sobre el escritorio, había una botella de algún licor opaco, ya a la mitad, y un vaso de vidrio a medio servir. Si se tuviera que adivinar basándose en dicha imagen y en la apariencia casi demacrada del oficial, se diría que había pasado toda la noche, o al menos toda la mañana, ahí sentado y bebiendo.

Al invitado que acababa de arribar, le habían dicho que se trataba de alguien importante, que expresamente había usado varios favores que le debían para solicitar la ayuda de alguien de la Inteligencia, a sabiendas de los rumores de que varios guerreros poderosos servían en sus fuerzas para diversas operaciones secretas. Las palabras exactas de su petición habían sido: "un hábil e invencible guerrero para protección", una petición a la cual Cho Sawagejo, el Cazador de Espadas, antiguo miembro del Juppongatana al servicio de Makoto Shishio, estuvo más que dispuesto a responder. Esos serían de hecho sus últimos días ahí en Kyoto, antes de ser enviado a Tokio para una misión especial, por lo que no le molestaba la idea de divertirse un poco antes de partir; además, claro, de que le provocaba gran curiosidad saber de qué se trataba todo eso.

Al llegar al recinto, que se encontraba a las afueras en el sur, se encontró con que éste se encontraba lleno de policías, armados y custodiando todos los alrededores y los patios; incluso habían colocado una línea de cinco ametralladoras justo en el patio, frente al portón principal de la casa. No los vio a todos, pero logró contar al menos a veinte.

Fue un poco decepcionante para él enterarse que ese "alguien importante" a quien habían enviado a proteger, resultó ser sólo un Capitán Distrital de la Policía, de esos que fácilmente podían ser remplazados con el teniente que tuviera debajo de él. Aunque debía admitir que la casa en la que se encontraban, era muchísimo más grande y lujosa de lo que uno esperaría que tuviera un Capitán. Había dos opciones: o no era su casa, o el buen capitán recibía ciertos ingresos adicionales a su sueldo, no precisamente del todo públicos; le apostaba más a la segunda opción. Igual no debía subestimarlo. Después de todo, a pesar de su rango, era alguien con el poder suficiente para solicitar apoyo directo a la Inteligencia Militar, y tener a tantos policías resguardando su casa, sólo para protegerlo.

Además, no estaba ahí por la persona que debía de proteger, sino por la persona de quién debía protegerlo.

El hombre en cuestión no tardó mucho en colocar frente al escritorio el motivo principal de toda su alarma para que él pudiera verlo: una carta. Pero no cualquier carta, sino una carta de amenaza. Su contenido era realmente enrevesado; mucha palabrería y discurso, para sencillamente dar a entender que alguien lo quería muerto, y que haría que así fuera ese mismo día. No sería nada fuera de lo normal para Cho, sino fuera por el símbolo al pie de la carta que firmaba el documento. Por esos días en Kyoto, era difícil no escuchar a la gente hablar de dicho símbolo. Después de todo, en esa nueva era no era tan común que murieran dos personas importantes de la comunidad, un funcionario y un empresario rico y poderoso; y en ambos casos, dicho símbolo estuvo de alguna forma involucrado.

Todo se volvió bastante claro en ese momento para él.

- Ya veo... Así que recibió la tercera carta de amenaza esta mañana, Capitán. – Comentó el hombre rubio y de cabello parado, con su marcado acento de Kansai.

- Así es. – Le respondió el hombre con un tono sombrío y apagado, con su mirada puesta en la nada; en su mano, sostenía su vaso, ya servido de nuevo para una nueva tanda. – Como puede ver, he instalado a todos mis hombres disponibles aquí en mi casa para protegerme. Pero...

- Pero necesitaban de una fuerza superior que un puñado de policías, ¿cierto? – Interrumpió el espadachín con orgullo en su voz. – Es entendible.




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