Desde que nací supe que algo estaba mal conmigo. Las personas no miran a un bebé con miedo… a menos que crean que es una maldición.
Estoy casi segura de que mis padres lo supieron en cuanto me vieron. Debieron ver mi piel blanca como la nieve, mi cabello igual de pálido y mis ojos... Ojos que decían eran del diablo.
Por eso me abandonaron en las puertas de aquel hogar que terminaría convirtiéndose en mi infierno. Mis padres adoptivos me trataban peor que a una bestia. Pero, siendo sincera, no los culpo del todo. Los humanos nacen con miedo a lo desconocido y yo era algo que no se veía todos los días.
Es por eso que, desde que tengo memoria, dormía afuera, en el pajar. Y siendo honesta… ahora extraño el pajar. Lo prefiero mil veces antes que esta celda.
¿Cómo se atrevieron esos imbéciles a venderme por cinco monedas de cobre? Cinco. Ni siquiera una de plata.
—¿Qué estás viendo, bruja? — gruñó uno de los hombres, golpeando su espada contra los barrotes de la celda.
No respondí. Solo esperaba el momento adecuado. No era la primera vez que alguien me capturaba para venderme. Lo único que lamentaba era que cada vez me alejaba más de mi objetivo: Alejandría.
Una vez escuché hablar de ese lugar. Decían que allí existían más personas como yo.
Cuando cayó la noche, también cayeron los forajidos, rendidos por el alcohol. Esperé unos minutos más, asegurándome de que sus ronquidos fueran reales, y entonces me quité un pequeño broche que escondía entre mi cabello.
Me arrodillé frente a la cerradura y empecé a forzarla. Tardó más de lo que esperaba. El metal estaba viejo y la cerradura casi no cedía.
Un chasquido... La puerta se abrió. Salí en silencio.
Las demás mujeres, al verme fuera de la celda, comenzaron a suplicar.
—Por favor… ayúdanos…
Miré hacia el campamento, los forajidos seguían dormidos. Así que comencé a abrir las cerraduras una por una... Mis manos temblaban mientras trabajaba. Cada chasquido del metal sonaba demasiado fuerte en la noche.
Y cuando estaba abriendo la última celda, escuché detrás de mí:
—¿Qué estás haciendo?
No miré atrás. Forcé la cerradura con todas mis fuerzas.
¡Click!
—¡Corran! —susurré.
Todas salimos en distintas direcciones. Aunque, por supuesto, yo fui a la que empezaron a perseguir. No sabía si sentirme halagada por ser tan importante… o si simplemente querían castigar a quien liberó a las demás.
Corrí en la oscuridad con los pies descalzos. Las piedras cortaban mi piel y las ramas me golpeaban las piernas, pero no me detuve.
No sé cuánto tiempo corrí. Tal vez minutos o quizá una eternidad. Y cuando ya sentía que mis piernas no podían más, vi una fogata a lo lejos. Un campamento.
En ese momento le recé a todos los dioses que conocía para que no fuera otro grupo de forajidos. Sino soldados. O al menos… alguien con un poco de compasión.
—¡Ayuda! —grité mientras corría hacia la luz—. ¡Ayuda!
Nadie salió.
Los pasos detrás de mí se escuchaban cada vez más cerca. Desesperada, me metí dentro de la casa de campaña. Era enorme.
Había pieles de animales cubriendo el suelo y un gran escritorio lleno de mapas… y sobre él descansaba algo que nunca había visto antes. Una máscara de metal negra.
—¡Busquen a la zorra blanca!
Las voces me helaron la sangre. Corrí detrás de un biombo y cerré los ojos, rogando que pasaran de largo. Pero los dioses nunca escuchan mis plegarias... Dos de los forajidos entraron en la tienda, uno de ellos silbó al ver todas las pieles. Yo solo esperaba que robaran algo y se marcharan.
Permanecí muy quieta... Entonces sentí algo frío caminar sobre mi pie: Una lagartija. Se me escapó un pequeño quejido que hizo taparme la boca al instante, mientras observaba a uno de los hombres caminar hacia mí.
—¿Interrumpo algo?
Una voz profunda habló desde la entrada de la tienda y los dos hombres se voltearon.
No podía ver bien al recién llegado, solo su silueta. Era un hombre cubierto con un abrigo de piel que ocultaba su rostro bajo la capucha.
—Disculpe que entremos así —dijo uno de los forajidos—. Estamos buscando a nuestra esclava. Se escapó. Tiene el cabello blanco, largo… más o menos de esta altura.
Hubo un silencio.
—No ha entrado aquí... Así que largo —añadió con voz más fría— Antes de que me enfade.
Eso fue suficiente. Aquellos hombres se marcharon sin discutir. Solo entonces respiré.
—Puedes salir —dijo el hombre desde el otro lado del biombo.
Me levanté lentamente y cuando salí, lo vi mejor... Era alto, de hombros anchos y fuerte. Vestía pieles de animales como un guerrero solitario. Pero su rostro seguía oculto bajo la capucha.
—Muchas gracias por salvarme —dije—. Déjeme hacer algo por usted.
—No te salvé —respondió—. Solo saqué a unos desconocidos de mi propiedad. Igual que estoy a punto de hacer contigo.
Incliné la cabeza.
—Si eso fuera verdad, les habría dicho que yo estaba escondida aquí.
No respondió.
—¿Es usted cazador?
Hubo un silencio. Me aclaré la garganta.
—Puede que parezca débil… pero no lo soy. Puedo matar a un lobo si es necesario. Déjeme quedarme hasta el amanecer. Haré cualquier cosa para pagarle.
Aquel hombre seguía observándome. Y aunque no podía ver sus ojos… sentía su mirada.
—No soy una bruja —añadí—. Ni estoy maldita. Aunque entiendo que lo parezca.
Caminé alrededor de él hasta llegar a la mesa.
—Vi su máscara — La tomé entre mis manos. —Es impresionante. Si me lo permite… podría mejorarla.
Examiné con cuidado la máscara, pero el hombre no dijo nada.
—No soy herrera, pero soy artista. Podría pintar un patrón magnífico en su máscara.
El silencio me pareció eterno, y cuando estuve a punto de dejar su máscara en la mesa. Finalmente él caminó hacia un baúl al otro lado de la tienda. Lo abrió, dentro había tinturas.
Sonreí y me acerqué, tomé un pincel y me puse a trabajar. No tardé más de media hora. Cuando terminé, levanté la máscara.