No sabía cuánto tiempo había estado inconsciente ni en qué lugar me encontraba. Cuando desperté, seguía dentro de la jaula de hierro. La carreta avanzaba lentamente por un camino lleno de gente que nos observaba con horror.
Algunos escupían al suelo al vernos pasar. Otros simplemente nos miraban como si fuéramos monstruos.
—¿Cómo se atreven a traer a esa aberración a Kingsdy?
—¡Es una bruja! ¡Debería ser quemada!
La multitud comenzó a arremolinarse alrededor de la carreta. Pronto empezaron a lanzar piedras.
Me cubrí la cabeza con los brazos mientras los golpes resonaban contra la jaula. Algunas piedras lograron colarse entre los barrotes y una de las mujeres gritó cuando le golpearon el hombro. Sentí una punzada de culpa... Por mi culpa ellas también estaban siendo atacadas.
Después de unos minutos, varios soldados aparecieron y dispersaron a los pueblerinos. Entonces se acercaron a hablar con los forajidos.
—Solo hay tres mujeres jóvenes —espetó uno de los soldados—. Las demás solo servirán como esclavas. Toma tus monedas o lárgate.
Los forajidos aceptaron el pago a regañadientes y se marcharon. Mientras que los soldados nos hicieron bajar de la carreta y caminar. Apenas podía apoyar los pies en el suelo. Las heridas de la noche anterior ardían con cada paso.
Nadie nos decía a dónde íbamos, pero lo entendí cuando lo vi. A lo lejos se alzaba un enorme palacio... Habíamos sido vendidas.
Cuando llegamos, un hombre canoso nos hizo formar una fila. Observó a cada una con detenimiento antes de señalar a tres. Yo y otras dos chicas jóvenes. Una de ellas parecía casi una niña. No debía tener más de dieciséis años.
Ambas estaban temblando.
Nos separaron del resto. Luego nos quitaron la ropa y nos llevaron a habitaciones distintas. La habitación donde me dejaron estaba completamente vacía. Intenté abrir la puerta, pero estaba cerrada desde afuera, y un momento después entraron dos sirvientas con baldes de agua.
Sin decir una palabra, me arrojaron el agua helada encima.
—¡Ah! ¡Maldición! Está fría…
Las mujeres no reaccionaron. Se limitaron a lavarme el cuerpo y limpiar las heridas de mis pies. Después me vistieron con ropa de lino, me peinaron y me maquillaron... Cuando terminaron, me llevaron a un pequeño salón, donde había otras cuatro mujeres formadas.
Alcé la mirada.
En un balcón superior había más mujeres observándonos. Vestían elegantes vestidos de seda.
—¿Dónde estamos? —pregunté. Nadie respondió.
El silencio en la sala era tan pesado que casi podía tocarse. Entonces las puertas del salón se abrieron, y los pasos de dos hombres resonaron por toda la habitación.
Todas bajamos la cabeza cuando nos lo ordenaron.
—¿Son imbéciles? —gruñó una voz fría—. Les dije que no quiero más cortesanas.
Mi corazón se detuvo. Esa voz… La conocía. Levanté la mirada apenas un instante y lo vi. Aquel hombre llevaba una máscara de metal negro. La misma máscara.
La máscara que yo había pintado... Era él, mi salvador. Por un segundo nuestras miradas se cruzaron. Pero su reacción fue… nada. Como si no me reconociera, como si nunca nos hubiéramos visto.
Los dos hombres abandonaron el salón poco después y las mujeres del balcón bajaron. Una de ellas, elegante y segura de sí misma, se colocó frente a nosotras.
—Bienvenidas al palacio de Kingsdy —dijo—. Soy Susan, la primera cortesana.
Nos observó con una leve mueca de desagrado.
—Debo admitir que no esperaba que el rey Soren recurriera a esclavas como cortesanas. Pero es un hombre… impredecible.
—¿Cortesanas? —pregunté.
—¿Por qué el rey querría eso? —preguntó la más jóven.
—Porque ninguna de nosotras quiere darle un heredero. —Otra de las mujeres respondió con una sonrisa amarga. La miré confundida.
—Pero es el rey —dije—. Si alguna de ustedes le da un hijo, su vida cambiaría. Podría convertirse en reina.
La mujer soltó una pequeña risa.
—No lo entiendes. — Su mirada se volvió fría. —El rey Soren está maldito.
—Y además es cruel... ¿Crees que estamos aquí por voluntad propia?
Negué con la cabeza.
—Cuando conquistó nuestros reinos nos trajo aquí como rehenes.
Otra mujer añadió:
—Antes éramos ocho cortesanas. Ahora solo quedamos cuatro. — Nadie explicó qué había pasado con las otras. Pero no hacía falta.
La primer cortesana, Susan, había permanecido en silencio todo ese tiempo. Parecía distante, elegante... Noble. Cuando notó que la observaba, me preguntó de dónde venía.
—Soy huérfana —respondí. Ella solo asintió.
Después nos llevó a nuestras habitaciones. El palacio era enorme, así que cada cortesana tenía su propia estancia. Susan nos explicó las reglas del lugar y las jerarquías que debíamos respetar.
Ella era la de mayor rango, así que todas debían obedecerla.
Más tarde, una de las otras cortesanas: Sasha, comenzó a contarnos cosas sobre el rey. Era la más habladora de todas.
—Algunas cortesanas han muerto a manos del rey —susurró—. Porque lo desobedecieron… o intentaron quitarle la máscara durante sus visitas nocturnas.
Las otras mujeres bajaron la mirada.
—También tomamos un menjurje después de acostarnos con él —continuó—. Para evitar quedar embarazadas. Pero tengan cuidado. Si el rey o sus soldados lo descubren… estaremos muertas.
La chica de dieciséis años palideció.
—Aunque no se preocupen demasiado —añadió Sasha—. A veces pasan meses antes de que el rey llame a una nueva... Casi siempre pide a Susan.
Miré a la primera cortesana quien estaba lejos de nosotras.
—Hay un rumor —susurró Sasha inclinándose hacia nosotras—. Que Susan iba a ser la reina consorte.
—Pero nunca se casó con el rey. —Añadió otra.
—Creemos que es porque es infértil. Es la que más visita al rey… y nunca toma el menjurje. —Hizo una pausa. —Pero nunca ha quedado embarazada... Aunque no escucharon eso de mí.