Capítulo 12 – El fuego y la piedra
Parece que este torneo, en su primera fase, está llegando a su fin. Con esta décima batalla, continuaremos.
—Los participantes que pasen al frente
Desde los cielos se escuchaba un graznido, como el de un águila, pero más fuerte y más profundo. De pronto, en el cielo apareció una gran bola de fuego. Se asemejaba a un sol. De aquella incandescente esfera emergió el próximo participante: una criatura mítica que nunca muere, que renace de sus cenizas y regresa una y otra vez.
—¡Es el Fénix! —gritó alguien entre la multitud—. ¡El ave mítica envuelta en llamas!
La audiencia contenía la respiración. El calor abrasador que desprendía el Fénix podía sentirse incluso en las gradas. Cada vez que descendía más hacia el centro del estadio, el calor se intensificaba. Cuando por fin su figura quedó revelada por completo, todos quedaron maravillados: un ave de rojo carmesí, de gran tamaño, majestuosa. Sus alas desprendían chispas de fuego cada vez que las batía.
Pero entonces, desde las sombras, algo comenzó a arrastrarse lentamente. Un sonido reptante llenó la entrada al coliseo. El ambiente se tornó tenso. Todos los espectadores se quedaron con la boca abierta al ver de quién se trataba.
Desde los rincones más profundos del mundo, llegaba una criatura temida: la belleza que petrifica… la Gorgona Medusa.
Una mujer de cuerpo mitad serpiente, con cabellos que tenían vida propia. Su mirada, decían, podía petrificar incluso a los dioses. Su presencia heló los corazones de todos. El miedo se instaló como una sombra entre los asistentes. El poder de Medusa era bien conocido, similar al del basilisco, pero de un nivel aún mayor. Algunos incluso temían ser afectados solo por presenciar esta batalla.
—Que la batalla comience —anunció solemnemente la voz del árbitro.
Medusa no perdió tiempo. Con rapidez comenzó a rodear al Fénix. Sabía que si se acercaba demasiado, el calor que emanaba podría dañarla gravemente. El Fénix, por su parte, atento a sus movimientos, batió sus alas con fuerza para aumentar la intensidad de su fuego, intentando mantenerla a raya.
Viéndose obligada a mantener la distancia, Medusa sacó un arco de su espalda y comenzó a disparar flechas desde lejos. Las proyectiles silbaban en el aire, pero el Fénix las esquivaba con facilidad, deslizándose con elegancia por el cielo.
Entonces, el Fénix decidió lanzarse contra Medusa en un ataque frontal, intentando embestirla. Pero la Gorgona era ágil y escurridiza. Esquivó la tacleada con un movimiento rápido, sin dejar de disparar flechas mientras mantenía la distancia.
Al ver que sus intentos físicos no daban resultado, el Fénix se elevó al cielo. Sus alas se cruzaron en un movimiento ceremonial, y de ellas emergió un torbellino de fuego dirigido hacia Medusa. La Gorgona lo esquivó gracias a sus sentidos agudos, pero no completamente: parte del fuego impactó en su cola, dejándole una grave quemadura.
Sabía que aquello afectaría su movilidad.
Furiosa, intensificó su ataque con el arco. Las flechas volaban ahora más rápidas, más certeras, golpeando al Fénix una tras otra. El ave, herida, lanzó un potente graznido y comenzó a condensar su fuego, elevando aún más la temperatura a su alrededor. Las flechas, que antes lo alcanzaban, ahora se deshacían en cenizas antes de tocarlo.
Medusa, notando que su estrategia fallaba, decidió usar su arma más temida: su mirada petrificadora.
Pero el Fénix lo había previsto. Sabía que en algún momento ella intentaría eso. Se convirtió completamente en una esfera de fuego ardiente y descendió como un meteorito hacia el campo de batalla. Al impactar, una ola de fuego estalló en todas direcciones.
Medusa, sin posibilidad de escapar, condensó su poder de petrificación. Un rayo emergió de su mirada, chocando con la ola de llamas y generando una explosión brutal. El estadio entero se estremeció. Todos quedaron perplejos: incluso las llamas podían convertirse en piedra.
El Fénix, asombrado por tal poder, se elevó nuevamente. Medusa disparó más flechas, y esta vez, el Fénix, confiado, no las esquivó. Pero cometió un grave error: antes de que se volvieran cenizas, Medusa las transformaba en piedra.
Una flecha impactó en su ala. El Fénix cayó al campo.
Medusa aprovechó la oportunidad. Disparó más flechas petrificadas, una tras otra. El Fénix, herido, se cubrió con sus alas e incrementó su calor, condensándose una vez más en una esfera de fuego. Esta vez, el fuego era tan intenso que incluso las flechas de piedra comenzaban a derretirse en el aire.
De repente, la esfera de fuego comenzó a encogerse... hasta que desapareció. Solo quedaron cenizas. No había rastro del Fénix.
El estadio guardó silencio.
—¿Está muerto...? —murmuró alguien.
Pero entonces, otros comenzaron a recordar:
—¡El Fénix... renace!
Medusa también lo sabía. Se preparó una vez más, condensando su rayo petrificador.
Y como el mito prometía, el Fénix resurgió de sus cenizas. Sus heridas habían sanado. Estaba nuevamente al 100%, mientras que Medusa seguía cargando la herida en su cola. Su movilidad era reducida.
Medusa lanzó su rayo, pero el Fénix logró esquivarlo. Esta vez, el ave respondió con tornados de fuego, impactando directamente sobre Medusa. Los gritos de la Gorgona resonaron en todo el estadio. Se quemaba dentro del infierno giratorio.
Ya estaba agotada. Pero el Fénix seguía radiante. Todos veían la victoria del ave como algo inminente. Cauteloso, el Fénix no se acercó. En su lugar, comenzó a formar una inmensa esfera de fuego en el cielo.
Medusa no se movía. Sus heridas eran evidentes. El Fénix lanzó su ataque final.
El impacto fue como el de un sol cayendo sobre la Tierra. El calor era insoportable. Una barrera se levantó para proteger al público. Todo el campo se derretía. Una explosión colosal sacudió el coliseo. Al disiparse las llamas, el suelo había quedado transformado en cristal... y no se veía rastro de Medusa.
Editado: 27.08.2025