Antes de que todo comenzara, hubo silencio.
Un silencio antiguo, de esos que no pertenecen a un lugar sino al tiempo.
Allí, entre recuerdos que nadie reclamaba y nombres que ya no se pronunciaban, algo
esperaba.
No era un objeto completo.
Nunca lo fue.
Era un fragmento, un resto, un hilo suelto de una historia mayor.
Había pasado de mano en mano, de generación en generación, cargando más preguntas que
respuestas. Algunos lo llamaron herencia. Otros, maldición. Pocos entendieron que era, en
realidad, una invitación.
Quienes lo tocaron sintieron lo mismo:
Una mezcla de nostalgia y llamado, como si algo invisible tirara suavemente del pecho,
pidiendo ser recordado.
Aún no era el momento.
Las piezas estaban dispersas.
Las heridas, abiertas.
Los caminos, separados.
Pero el tiempo —paciente, implacable— empezó a acomodar los encuentros.
Muy pronto, sin saberlo, un grupo de jóvenes daría el primer paso.
No sabían qué buscaban.
No sabían qué encontrarían.
Solo sabían que algo los esperaba.
Y así, cuando el pasado decidió volver a hablar,
la historia comenzó.
Editado: 23.02.2026