El Trato era no enamorarse

Capitulo 1: El peso de una firma

El eco de los tacones de Emma Burguès resonaba con cadencia perfecta sobre el piso de mármol de su estudio de diseño. Cada objeto en esa oficina, desde las lámparas de corte italiano hasta las muestras de terciopelo importado, respondía a un único estándar: la excelencia. A sus veintiocho años, Emma no solo era la diseñadora de interiores más cotizada de la élite local, sino también una mujer que jamás dejaba un solo cabo suelto.

Excepto cuando se trataba de su familia.

—No voy a cenar con él de nuevo, mamá —dijo Emma, sosteniendo el teléfono entre el hombro y la oreja mientras alineaba con precisión milimétrica los bocetos de su próximo proyecto.

—Emma, por favor —la voz de Martha Burguès al otro lado de la línea transmitía una calma ensayada, propia de las mujeres de su alcurnia—. Martín Station es un hombre encantador. Su familia tiene inversiones intachables y él ha sido sumamente atento contigo. Tu padre y yo solo queremos asegurarnos de que tu futuro esté resguardado.

—Mi futuro está resguardado por mi trabajo —respondió Emma con frialdad—. No necesito a Martín para nada. Es un engreído, un materialista y tiene la desagradable costumbre de hablar como si fuera el dueño de cada habitación en la que entra.

—Tu padre no se está volviendo más joven, Emma —el tono de Martha cambió, inclinándose hacia esa culpa sutil que tan bien dominaba—. Sabes perfectamente cómo está redactado el testamento. La herencia familiar, las propiedades, el patrimonio... todo está condicionado. Eric fue muy claro: debes sentar cabeza y consolidar un matrimonio antes de tu próximo cumpleaños si quieres asumir el control. Martín está dispuesto a dar ese paso.

Emma cerró los ojos y presionó el puente de su nariz. Martín Station no era más que un lobo con piel de cordero. Ante sus padres, actuaba como el yerno ideal, educado y servicial; pero a solas, sus comentarios posesivos y su insistencia en controlar sus horarios le provocaban un rechazo visceral.

—Tengo clientes que atender. Hablamos luego, mamá.

Cortó la llamada antes de escuchar la réplica. Necesitaba aire.

Esa misma tarde, Emma llegó a la dirección que le había asignado la agencia encargada de las remodelaciones de alto nivel. Se trataba de una imponente residencia en una de las zonas más exclusivas de la ciudad, una propiedad histórica que pronto saldría al mercado.

Al bajar de su vehículo, lo primero que percibió fue el sonido de un cortacésped y el aroma a hierba fresca. Y entonces lo vio.

En medio del amplio jardín frontal, un hombre trabajaba bajo el sol. Llevaba unos jeans ajustados con marcas de uso, una visera oscura que le hacía sombra en los ojos y la camisa tirada sobre un arbusto cercano. Los músculos de su espalda y brazos trabajaban con la facilidad de quien está acostumbrado al esfuerzo físico.

Emma se detuvo un segundo, ajustándose las gafas de sol. El jardinero, asumió de inmediato, desviando la mirada con superioridad para no perder el tiempo.

Antes de que pudiera avanzar hacia la entrada principal, una mujer de paso firme y porte altivo salió al encuentro. Llevaba un traje de sastre imponente, gafas oscuras gigantescas y una pamela tan grande que bien podía competir con una sombrilla de playa.

—Tú debes ser la diseñadora —dijo la mujer, revisando su reloj de pulsera sin molestarse en extender la mano—. Soy Victoria Suárez, de la inmobiliaria subcontratada. Estamos con los tiempos justos para emprolijar esto antes de la inspección. La casa tiene potencial, pero necesita una mano refinada, no inventos modernos.

—Señora Suárez, mi trabajo habla por sí solo —respondió Emma, manteniendo un tono tan cortés como cortante—. Si me permite evaluar el espacio, sabré exactamente qué necesita para triplicar su valor comercial.

—Eso espero. No queremos hacerle perder el tiempo al propietario. Por cierto, el señor...

Pero Emma ya no escuchaba. El sonido del teléfono en su bolso la interrumpió: una notificación de su madre confirmando una "cena familiar sorpresa" con Martín para esa misma noche. La presión en su pecho se volvió asfixiante. Si no encontraba una salida rápida, sus padres la acorralarían hasta hacerla ceder.

Acorralada por la desesperación y la urgencia de tomar el control, Emma giró sobre sus talones. El hombre del jardín acababa de apagar la máquina y se limpiaba el sudor del rostro con una toalla pequeña.

Emma caminó hacia él con paso decidido, ignorando los llamados confusos de Victoria a sus espaldas.

—Tú —dijo Emma, plantándose frente a él con los brazos cruzados y el mentón en alto.

El hombre se quitó la visera, revelando unos ojos oscuros, serenos y una expresión de franca curiosidad. Peter Sosa observó a la mujer de traje impecable que lo miraba desde arriba con una mezcla de arrogancia y desesperación contenida. Estaba a punto de presentarse y explicarle que la casa le pertenecía —al igual que la inmobiliaria de Victoria y varios desarrollos inmobiliarios de la región—, pero Emma no le dio margen para articular una sola palabra.

—No digas nada, escucha con atención —interrumpió ella a toda velocidad, impulsada por la ansiedad—. Necesito un favor y te voy a pagar muy bien por esto.

Peter parpadeó, divertido por la situación, y apoyó las manos en las caderas sin interrumpirla.

—Tengo un problema enorme y necesito una solución inmediata —continuó Emma, hablando sin pausar—. Necesito que te hagas pasar por mi novio. Solo unos meses, los suficientes para que mi familia deje de presionarme con un compromiso absurdo y yo pueda resolver un asunto legal. Te pondré un sueldo, te compraré ropa adecuada para que encajes cuando sea necesario y no tendrás que hacer nada complicado. Solo estar ahí, fingir que estamos juntos y mantener la boca cerrada ante mis padres.

Peter la miró de arriba abajo, esbozando una sonrisa lenta y enigmática. La arrogancia de la mujer frente a él era monumental, pero la chispa de desesperación en sus ojos le hizo guardar silencio sobre su verdadera identidad. La idea de que la famosa y estirada diseñadora de interiores creyera que él era el jardinero de su propia finca le pareció sencillamente irresistible.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.