El restaurante reservado por Eric Burguès era todo lo que Emma aborrecía: ostentoso, excesivamente ilumando y lleno de la aristocracia local intercambiando miradas críticas. La mesa, decorada con manteles de lino e hilos de plata, presidía la mejor vista del lugar.
—Un Malbec excelente, Eric —comentó Martín Station, haciendo girar la copa de cristal con desenvoltura—. Me tomé la libertad de elegir la cosecha de 2018. Sé que te apasionan las bodegas de Mendoza.
—Tienes un gusto refinado, Martín —sonrió Eric, dando un asentimiento de total aprobación—. Un hombre con la visión necesaria para dirigir grandes proyectos.
Martha Burguès tomó la mano de su hija por debajo de la mesa, ajustándole de forma imperceptible la manga del vestido.
—Y además, tan atento —añadió Martha con calidez impostada—. Emma ha estado desbordada de trabajo con la remodelación de esa quinta en las afueras, pero nos reconforta saber que estás ahí para acompañarla.
Emma sostuvo la mirada de Martín desde el otro lado de la mesa. Él le dedicó una sonrisa perfecta, de esas que practicaba frente al espejo para cautivar a los socios y a las madres de familia.
—Es un placer, Martha —respondió Martín, girando el rostro hacia Emma—. Aunque a mi prometida a veces le cuesta delegar. Tiene un carácter indomable... pero supongo que eso lo solucionaremos cuando vivamos bajo el mismo techo, ¿verdad, querida?
El comentario, velado con tono cariñoso, hizo que la comida se le atragantara a Emma. Mi prometida. Ni siquiera se había anunciado un compromiso oficial.
—Todavía no soy la prometida de nadie, Martín —contestó Emma con voz helada, manteniendo la postura impecable—. Y mi capacidad de trabajo no es algo que necesite "solucionarse". Es la razón por la que mi firma lidera el mercado.
—Solo fue un cumplido, Emma —intervino Eric con una leve mancha de molestia en el ceño—. No hay necesidad de ponerse a la defensiva. Martín solo vela por tu bienestar.
—Por supuesto —agregó Martín, estirando la mano sobre la mesa para cubrir la de Emma. El agarre fue firme, casi posesivo, impidiéndole apartarla de inmediato—. Sé que el estrés te hace reaccionar así. Ya hablaremos de cómo organizaremos tus horarios una vez que el acuerdo del testamento esté sellado. No quiero que te desgastes en proyectos menores cuando estés a cargo de las empresas familiares.
El tono patronal de Martín y la complacencia de sus padres hicieron que a Emma se le congelara la sangre. La estaban arrinconando, y Martín ya asumía que su vida profesional pasaría a ser de su propiedad.
Una hora más tarde, Emma cruzaba la puerta de la terraza privada de un bar de cócteles donde la esperaban sus tres amigas de la facultad: Sofía, la abogada penalista; Valentina, la experta en marketing; y Lucía, la médica del grupo.
Emma se dejó caer en el sillón de cuero y pidió un martíni doble sin mirar el menú.
—Dinos que no le tiraste la copa de vino encima —soltó Valentina, sirviéndole un vaso de agua.
—Estuve a un milímetro de hacerlo —confesó Emma, pasándose las manos por la cara—. Es insoportable. Habló de mi trabajo como si fuera un pasatiempo molesto. Y ante mis padres es el yerno perfecto. Mamá casi le hace un altar cuando recomendó el vino.
—Emma, lo de ese tipo no es solo arrogancia de clase alta —dijo Sofía con tono serio, cruzándose de brazos—. Es un patrón. Lo que me contaste la semana pasada sobre cómo se apareció sin avisar en tu estudio "para supervisar quién te visitaba" son alertas rojas del tamaño de un estadio. Es controlador y manipulador.
—Mi padre está cegado con dejar la herencia resguardada en un matrimonio "estable" —suspiró Emma—. Si no les presento un compromiso real antes del mes que viene, van a presionar hasta que acepte a Martín o me desheredarán.
—¿Y qué vas a hacer? —preguntó Lucía, preocupada—. No puedes casarte con un tipo así solo por una cláusula absurda.
Emma tomó un sorbo largo de su copa y una sonrisa astuta comenzó a dibujarse en sus labios al recordar el caos de esa tarde.
—Ya encontré una alternativa.
Las tres amigas se inclinaron hacia adelante al mismo tiempo.
—¿Qué hiciste? —preguntó Valentina.
—Contraté a un novio.
El silencio en la mesa duró tres segundos enteros antes de que Sofía casi se ahogara con su bebida.
—¿Qué hiciste qué?
—Se lo propuse al tipo que estaba trabajando en el jardín de la propiedad que voy a rediseñar hoy —explicó Emma con la tranquilidad de quien cierra un trato comercial—. Es perfecto. Se ve... bien, no tiene nada que ver con nuestro círculo social, lo que descolocará por completo a Martín, y necesita el dinero. Le voy a pagar un sueldo por unas semanas para que finja ser mi pareja frente a mis padres.
—Esperemos que no sea un psicópata —comentó Sofía, llevándose una mano a la sien—. Emma, le diste tu tarjeta a un desconocido en una obra para que haga de tu novio.
—Se llama Peter —dijo Emma, restándole importancia con un gesto de la mano—. No sabe nada de mi vida, solo que tengo un problema legal y que necesito un actor. Mañana nos vemos a primera hora para fijar el contrato. Es un negocio simple, chicas. Sin emociones, sin complicaciones. El trato era no enamorarse.
Valentina y Lucía cruzaron miradas llenas de escepticismo, mientras Emma sonreía por primera vez en todo el día, convencida de que tenía el plan más brillante de su vida entre manos.
Editado: 05.08.2026