El Trato era no enamorarse

Capítulo 4: Choque de mundos en la mesa

La mansión de la familia Burguès lucía deslumbrante. Los jardines iluminados por faroles de hierro forjado y las puertas de caoba daban la bienvenida a los invitados bajo una atmósfera de opulencia sofocante.

Emma llevaba un vestido de seda azul noche que acentuaba su figura y su elegancia natural, pero su mente estaba en otra parte. Con los brazos cruzados junto a la chimenea del gran salón, miraba fijamente su reloj de pulsera. Faltaban cinco minutos para las nueve y Peter no aparecía.

—Si se arrepintió, juro que lo busco y lo destruyo —murmuró entre dientes, retocándose el lápiz labial.

En ese instante, el mayordomo anunció el ingreso de los invitados. Eric y Martha Burguès ya estaban conversando cerca de la entrada junto a Martín Station, quien vestía un traje a medida impecable y sostenía un vaso de whisky con actitud dominante.

—Tu amigo parece no conocer el valor de la puntualidad, Emma —comentó Martín con tono burlón, acercándose a ella—. Aunque, siendo sincero, no sé qué clase de persona de tu "círculo" necesita una invitación tan improvisada.

Antes de que Emma pudiera responder, la puerta principal volvió a abrirse.

El silencio cayó por un segundo en la sala.

Peter Sosa cruzó el umbral. El traje en tono gris marengo que el sastre le había enviado esa misma tarde le asentaba con una precisión casi escultural. La postura erguida, los hombros anchos y el porte natural de Peter no solo no desentonaban, sino que eclipsaban con creces la presencia de Martín. Aunque conservaba ese andar relajado y una mirada serena que revelaba que nada de ese lujo lo intimidaba en lo más mínimo.

Emma sintió un vuelco involuntario en el estómago. Parece un príncipe de la élite... o el dueño de todo esto, pensó por un instante, antes de recuperar la compostura.

—Lamento la demora —dijo Peter con voz pausada y profunda, acercándose al grupo. Se detuvo justo al lado de Emma y, con una naturalidad pasmosa, le pasó la mano por la cintura, pegándola suavemente a él—. El tráfico de la avenida principal estaba algo pesado, mi amor.

Emma se rígida un milisegundo por el contacto, pero rápidamente sonrió y apoyó una mano en el pecho de Peter.

—No te preocupes, querido. Justo les hablaba a mis padres sobre ti.

Eric y Martha intercambiaron una mirada de completa estupefacción. Martín, por su parte, endureció la mandíbula al ver la mano de Peter descansando con firmeza en la cintura de Emma.

—Mamá, papá, él es Peter —presentó Emma con una serenidad ensayada—. Mi novio.

—¿Tu novio? —repitió Martha, parpadeando con sorpresa—. Pero... Emma, no nos habías dicho absolutamente nada.

—Preferimos mantenerlo en reserva hasta que estuviera consolidado —intervino Peter, dando un paso adelante y extendiendo la mano hacia Eric—. Un placer conocerlo, señor Burguès. Emma me ha hablado mucho de usted y de su impecable trayectoria.

Eric, desconcertado por los modales impecables y el firme estrechón de manos de Peter, tardó un segundo en responder.

—El placer es mío... Peter. ¿Y cuál es tu apellido? ¿A qué familia perteneces?

—Sosa —respondió Peter con una sonrisa enigmática—. Y me dedico al desarrollo y gestión de propiedades inmobiliarias.

Martín soltó una risita seca, dando un paso al frente para marcar terreno.

—¿Desarrollo inmobiliario? Qué curioso, no he escuchado tu apellido en las reuniones de la cámara de comercio ni en el club de golf. ¿Trabajas para alguna firma local o eres contratista independiente?

El tono condescendiente de Martín no hizo mella en Peter. Este lo miró a los ojos con una calma helada que hizo que la sonrisa de Martín se borrara gradualmente.

—Trabajo de forma independiente, Martín —contestó Peter sin perder la cortesía—. Prefiero supervisar los proyectos desde la base y no desde un escritorio. Mantiene los pies en la tierra... algo que a veces hace falta en este rubro.

—Bueno, la mesa está servida —interrumpió Martha rápidamente, detectando la chispa de tensión en el aire—. Pasemos al comedor.

La cena comenzó bajo una atmósfera cargada de evaluación. Martín aprovechó cada oportunidad para interrogar a Peter sobre cubiertos, cosechas de vinos y finanzas, intentando dejarlo en evidencia. Sin embargo, para sorpresa y creciente nerviosismo de Emma, Peter respondía con una desenvoltura exquisita, manejando los temas de conversación con una soltura que ni un diplomático podría superar.

—Debo admitir, Peter, que me sorprende tu conocimiento sobre la arquitectura clásica europea —comentó Eric, sirviéndose más vino y luciendo visiblemente impresionado—. Emma siempre ha sido muy exigente con sus estándares.

—Emma es una mujer extraordinaria, señor Burguès —dijo Peter, girando la cabeza para mirar a Emma. Sus ojos oscuros brillaron con una intensidad tan genuina que a ella se le cortó la respiración por un segundo—. Exige excelencia porque ella misma es excelente en lo que hace. Es imposible no admirarla... y no enamorarse de alguien así.

El comentario cayó como una bomba suave en la mesa. Martha sonrió conmovida, Eric asintió con aprobación y Martín apretó el tenedor con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.

Debajo de la mesa, la mano de Peter buscó la de Emma y la envolvió con calidez. Ella no la retiró. Sintió un cosquilleo desconocido recorriéndole la espalda, mientras la voz de su propia regla resonaba en su cabeza como una advertencia distante: el trato era no enamorarse.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.