El camino de regreso de la cena se sintió interminable. Emma conducía en silencio mientras la lluvia comenzaba a golpear el parabrisas con violencia. A su lado, Peter miraba por la ventana, con la misma serenidad que había mantenido durante toda la noche, aunque la tensión en el auto era casi palpable.
—Lo hiciste bien —admitió Emma finalmente, rompiendo el hielo sin quitar la vista de la ruta—. De verdad lograste descolocar a Martín. Mi padre no dejó de observarte con curiosidad todo el tiempo.
—Martín es predecible —respondió Peter, girando la cabeza hacia ella—. Los hombres como él basan su seguridad en el dinero y en el control. Cuando ven que alguien no se intimida con sus trajes caros ni con su tono de superioridad, no saben cómo reaccionar.
Emma apretó el volante con más fuerza de la necesaria.
—Aun así, rozaste el límite en varios momentos. ¿Esa respuesta sobre la arquitectura? ¿Y lo que dijiste sobre enamorarse? No estaba en el guion, Peter.
—Tenía que sonar creíble, Emma —dijo él con voz suave, inclinándose ligeramente hacia ella—. Si tus padres ven que dudamos o que dudas tú, Martín se va a dar cuenta de inmediato. Para que un mentira funcione ante gente de esa clase, tienes que decirla como si fuera la única verdad que conoces.
Antes de que Emma pudiera responder, los faros de un vehículo detrás de ellos comenzaron a encender las luces altas de forma intermitente, pegándose peligrosamente a la parte trasera del auto. Emma miró por el espejo retrovisor y frunció el ceño.
—¿Qué le pasa a este imbécil? —murmuró.
El auto negro aceleró abruptamente, los adelantó por la izquierda y les cortó el paso de golpe, obligando a Emma a pisar el freno a fondo. El auto derrapó levemente sobre el pavimento mojado antes de detenerse a pocos centímetros del paragolpes del otro vehículo.
Emma exhaló una bocanada de aire, con el corazón batiéndole en el pecho.
—¿Estás bien? —preguntó Peter de inmediato, con una expresión seria y la vista fija en el auto de adelante.
De la puerta del conductor del auto negro bajó Martín Station. Traía la corbata floja y el rostro desencajado por la rabia. Caminó a pasos agigantados hacia el lado de Emma y golpeó la ventanilla con el puño.
—¡Baja del auto, Emma! —gritó Martín, ahogado por la lluvia—. ¡Necesito hablar contigo a solas!
Emma sintió una oleada de rabia y miedo a la vez. Estaba a punto de bajar la ventanilla para encararlo, pero la mano de Peter se posó con firmeza sobre la suya, deteniéndola.
—Quédate adentro —dijo Peter con una voz tan helada que hizo que Emma se estremeciera.
Antes de que ella pudiera objetar, Peter abrió la puerta del copiloto y bajó bajo la lluvia torrencial. Su figura imponente se plantó entre Martín y la puerta de Emma.
—Te sugiero que te subas a tu auto y te vayas, Station —dijo Peter, manteniendo la voz baja pero cargada de una amenaza implícita.
—¡Tú no te metas, jardinero de poca monta! —escupió Martín con desprecio, dando un paso adelante y señalando a Peter con el dedo—. Sé perfectamente que hay algo raro aquí. Emma no sale con tipos como tú. No sé qué le prometiste o de dónde te sacó, pero ella es mía y de su familia, no tuya.
El rostro de Peter no mostró un solo rasgo de alteración, pero sus ojos se entrecerraron. En un movimiento rápido y preciso, tomó el brazo de Martín con un agarre de acero y lo obligó a bajar la mano, inclinándose hacia él para que solo él pudiera escucharlo.
—Emma no le pertenece a nadie, y mucho menos a ti —murmuró Peter, con una firmeza que hizo que a Martín se le borrara la provocación del rostro—. Si vuelves a cruzarte en su camino de esta forma, te juro por lo más sagrado que haré que pierdas mucho más que una cena con la familia Burguès. No me tientes, Station.
Martín intentó zafarse, pero la fuerza de Peter era descomunal. Al notar la mirada dominante de Peter y comprender que no estaba tratando con alguien fácil de amedrentar, retrocedió un paso, ajustándose el saco salpicado de agua.
—Esto no se queda así —gruñó Martín, subiendo a su vehículo a toda prisa y arrancando a toda velocidad, perdiéndose en la penumbra de la noche.
Peter respiró hondo, se sacudió las gotas de agua de los hombros y regresó al auto. Cuando cerró la puerta, el silencio volvió a inundar el habitáculo.
Emma lo miraba en completo shock.
—¿Qué fue eso? —preguntó ella, con la voz temblorosa—. ¿Qué le dijiste?
—Solo le dejé en claro las reglas del juego —respondió Peter, mirándola directamente a los ojos mientras se limpiaba el rostro con la manga—. Nadie te va a acorralar mientras yo esté aquí, Emma.
La mirada de Peter era tan intensa y protectora que el pecho de Emma se oprimió. La barrera de arrogancia y autosuficiencia que había construido durante años comenzaba a mostrar grietas peligrosas frente a un hombre al que se se supone solo le estaba pagando un sueldo.
—Gracias —susurró Emma, bajando la mirada hacia las manos de Peter, aún húmedas por la lluvia—. Pero recuerda... solo es un trato.
—Sí —dijo Peter con una sonrisa tenue que no llegó a sus ojos—. Solamente un trato.
Editado: 05.08.2026