El edificio corporativo de Sosa Real Estate se erigía en el centro financiero como un coloso de cristal y acero. Emma cruzó el imponente vestíbulo con paso firme, ignorando los murmullos del personal de recepción. Llevaba la barbilla en alto y una mirada cargada de indignación.
—Señorita, no puede subir sin una cita previa... —intentó detenerla el recepcionista del piso directivo, apurando el paso tras ella.
Emma no se molestó en responder. Empujó las dos puertas de madera maciza del despacho principal sin llamar.
Peter estaba de pie junto a una mesa de juntas de nogal, vestido con un traje a medida impecable en tono azul noche, revisando unos planos arquitectónicos junto a dos ejecutivos. Al escuchar el golpe de la puerta, alzó la vista. Sus ojos oscuros pasaron de la sorpresa a una serenidad calculada en cuestión de segundos.
—Déjenos a solas —ordenó Peter con voz firme pero calmada.
Los ejecutivos y el recepcionista salieron a toda prisa, cerrando la puerta tras de sí.
—¿El jardinero, Peter? ¿En serio? —soltó Emma en cuanto quedaron solos, avanzando a pasos agigantados hacia el escritorio—. Te burlaste de mí desde el primer segundo. Te reíste en mi cara mientras me escuchabas ofrecerte un sueldo para actuar de novio de mentira.
Peter caminó despacio rodeando la mesa, desabrochándose el botón del saco con soltura.
—Nunca te mentí, Emma. Tú asumiste que yo era el jardinero antes de que pudiera presentarme. Intenté hablar, pero me interrumpiste a toda velocidad, me pusiste un contrato en la mano y me fijaste las reglas antes de dejarme articular dos palabras.
—¡Pudiste habérmelo dicho en cualquier momento! —exclamó ella, apoyando las manos sobre el escritorio y mirándolo fijamente—. Me dejaste llevarte a comprar ropa, coordinar horarios y pagarte por un favor como si fueras alguien necesitado. ¡Me hiciste quedar como una ridícula!
—Si te lo decía esa mañana, hubieras salido corriendo por puro orgullo —contestó Peter, acortando la distancia entre ambos hasta quedar a solo unos pasos de ella—. Acepté tu trato porque vi a una mujer desesperada por mantener el control de su vida frente a unos padres manipuladores y un tipo nefasto como Martín Station. No me burlé de ti, Emma. Te ayudé.
—¡Me manipulaste igual que ellos! —reprochó Emma, sintiendo que la rabia se le mezclaba con una molesta punzada en el pecho.
—Mira a tu alrededor, Emma —dijo Peter con voz pausada y profunda, extendiendo las manos—. No necesito tu dinero, ni un trabajo, ni la aprobación de la alta sociedad. Lo único que hice durante esa cena y anoche frente a Martín fue protegerte. Y si acepté seguirte el juego, fue porque me interesabas tú, no el contrato.
Emma se quedó en silencio un instante. El impacto de sus palabras y la cercanía de Peter hicieron que el aire en la oficina se volviera pesado.
—Mi padre te invitó a un almuerzo privado en el club de campo este domingo —dijo Emma finalmente, recuperando la postura y dando un paso atrás para marcar distancia—. Iba a pedirte que vinieras para cerrar este asunto, pero ahora ya no sé si tiene sentido continuar con esta mentira.
Peter la miró fijamente, con una sonrisa tenue dibujándose en sus labios.
—Iríais sola y sin defensa frente a Martín y tus padres. Sabes perfectamente que te acorralarán.
Emma apretó los labios, sabiendo que él tenía razón.
—Iremos a ese almuerzo —sentenció Peter, cruzándose de brazos—. Pero dejemos las cosas claras: ya no hay un sueldo de por medio ni un papel que nos ate. Iremos como iguales. Y si vamos a seguir con esto, Emma, vas a tener que empezar a confiar en mí.
Emma lo sostuvo con la mirada, consciente de que las reglas del juego habían cambiado por completo. Ya no tenía el control de la situación, y lo más peligroso era que la barrera entre la ficción y lo que empezaba a sentir por Peter se había desvanecido por completo.
Editado: 05.08.2026