El Trato era no enamorarse

Capítulo 8: La chispa bajo la superficie

El domingo del almuerzo en el club de campo llegó con una temperatura agobiante. El sol caía a plomo sobre los jardines del predio, y el aire húmedo parecía concentrar la electricidad entre Emma y Peter.

Emma bajó del auto luciendo un vestido de lino ajustado en la cintura, con la espalda semiabierta. Aunque mantenía la postura erguida de siempre, la tensión de saber que Peter era en realidad el dueño de un imperio inmobiliario —y que de ahora en adelante jugaban "como iguales"— hacía que su pulso fuera un desastre.

Peter la esperaba cerca de la entrada principal. Vestía una camisa de lino blanco con los primeros botones desabrochados y las mangas arremangadas hasta los codos. Al verla acercarse, la recorrió con la mirada sin el menor disimulo.

—Llegas a tiempo, mi amor —dijo él con una voz grave que pareció retumbar directo en la piel de Emma.

—Te dije que no me dijeras así cuando no hay nadie mirando —murmuró ella, intentando sonar firme, aunque sintió un repentino calor subirle por el cuello.

—Tu padre y tu madre nos están observando desde la terraza, Emma. Hay que ser convincentes.

Antes de que ella pudiera protestar, Peter dio un paso al frente y acortó la distancia entre los dos. Le tomó la cintura con firmeza para guiarla hacia la escalinata. La palma de su mano, cálida y pesada contra la piel descubierta de su espalda, le envió una descarga eléctrica inmediata que hizo que a Emma se le erizara el vello de los brazos.

Emma dio un leve respingo involuntario, chocando levemente el hombro contra el pecho de Peter. El aroma a sándalo y notas cítricas de su perfume la envolvió por completo, haciendo que el aire en sus pulmones se volviera sofocante.

—Estás nerviosa —susurró Peter junto a su oído. Su aliento cálido le rozó la lóbulo de la oreja, provocándole un escalofrío que no pudo disimular.

—No estoy nerviosa. Hace calor —mintió Emma a toda prisa, acomodándose un mechón de cabello con mano temblorosa mientras intentaba ignorar el contacto de sus cuerpos.

—Claro. El calor —sonrió Peter de lado, sin soltarla.

El almuerzo transcurrió en una mesa reservada en la galería del club, bajo la sombra de las pérgolas. Eric Burguès se mostró inusualmente receptivo, haciéndole preguntas a Peter sobre el mercado financiero y desarrollos arquitectónicos. Para sorpresa de Emma, Peter respondió con una soltura imponente, pero manteniendo el juego de miradas constantes con ella.

Cada vez que Peter enfatizaba un punto en la conversación, su pierna rozaba la de Emma por debajo de la mesa. Era un contacto sutil, deliberado, una fricción constante entre la tela del pantalón de él y el vestido de ella que hacía que a Emma le costara mantener el hilo de la charla.

—La arquitectura de esta galería es fascinante, ¿no te parece, Emma? —comentó Martha, trayéndola de vuelta a la realidad.

—Sí, mamá... preciosa —alcanzó a decir Emma, buscando su copa de agua helada para calmar la aridez de su garganta.

Debajo de la mesa, la mano de Peter se posó sobre la rodilla de Emma. Sus dedos ascendieron apenas un par de centímetros con una lentitud tortuosa, firme y posesiva, enviando una ola de calor directo a su vientre. Emma ahogó una respiración entrecortada y clavó sus ojos en los de Peter. Él mantenía la expresión serena mientras le sostenía la mirada con un brillo oscuro y desafiante.

—Si me disculpan un momento —dijo Emma de golpe, poniéndose de pie antes de perder el control por completo—. Voy al sanitario.

Se alejó a pasos apresurados por el pasillo interior del club, buscando el aire acondicionado del corredor para refrescar sus mejillas encendidas. Se apoyó contra la pared de madera del pasillo de servicio, cerrando los ojos y respirando hondo.

—El trato era no enamorarse... y definitivamente no esto —se recriminó a sí misma en un susurro.

El sonido de unos pasos firmes resonó en el pasillo. Antes de que pudiera reaccionar, una sombra se interpuso frente a ella.

Peter cerró la distancia en dos zancadas, acorralándola suavemente contra la pared. El espacio entre ambos desapareció. El calor que emanaba del cuerpo de Peter la envolvió por completo; el pecho ancho de él rozaba levemente el de ella con cada respiración, y el contacto de sus caderas era tan estrecho que a Emma se le aceleró el corazón a mil por hora.

—¿Huyendo de mí, diseñadora? —preguntó Peter con la voz rasposa, inclinándose hasta que sus labios quedaron a milímetros de los de ella.

—Estás jugando con fuego, Peter —logró articular Emma, sosteniéndole la mirada, aunque sus manos buscaron instintivamente el pecho de él, sintiendo el latido firme y acelerado bajo la tela de la camisa.

—Tú encendiste la chispa el día que entraste a mi propiedad creyendo que podías comprarme —respondió él, desizando un pulgar por la línea de su mandíbula hasta rozar su labio inferior—. Y ahora los dos nos estamos quemando.

La tensión entre ellos era tan densa que podía cortarse con un hilo. El roce de sus alientos, la presión de sus cuerpos y el chisporroteo innegable de la atracción acumulada dejaron a Emma al borde del colapso, mientras comprendía que la frontera entre el juego y el deseo real acababa de romperse para siempre.




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