El pasillo de servicio del club de campo parecía haberse quedado sin oxígeno. Emma sentía el latido desbocado de su corazón rebotando contra sus costillas mientras la mano de Peter permanecía firme en su cintura, manteniéndola pegada a su cuerpo.
—Peter... nos van a ver —susurró Emma, aunque su voz carecía de la convención de un verdadero rechazo. Sus manos, apoyadas en el pecho de él, sentían la firmeza de sus músculos y el calor que traspasaba la fina tela de lino.
—Que miren —respondió Peter con voz baja y rasposa, deslizando los dedos de su mano libre desde su mandíbula hasta la curva de su cuello, sintiendo el pulso acelerado de la diseñadora—. Que vean exactamente lo que pasa cuando intentan manipularte.
—Esto ya no es parte de la actuación —advirtió Emma, alzando la mirada para sostener los ojos oscuros de Peter. La tensión acumulada durante semanas de apariencias, cenas tensas y amenazas de Martín estaba a punto de estallar en ese rincón olvidado.
—Nunca lo fue para mí, Emma.
Sin darle tiempo a protestar, Peter recortó la distancia que los separaba y la besó.
Fue un beso hambriento, urgente y cargado de una posesividad reprimida que hizo que las rodillas de Emma temblaran. Emma ahogó un gemido contra sus labios y, en lugar de empujarlo, sus dedos se enredaron instintivamente en el cabello de Peter, trayéndolo aún más hacia ella. El choque de sus cuerpos, el roce de sus bocas y la fricción del lino contra la seda borraron de golpe todo rastro de cordura.
El beso se volvió más profundo, más exigente. La firmeza con la que Peter la sostenía le devolvió a Emma una sensación de protección que jamás había experimentado con los hombres de su círculo social. Ya no había un contrato, ni un sueldo, ni una mentira para engañar a Eric y Martha Burguès. Solo quedaban dos personas quemándose en su propio fuego.
Cuando Peter se separó unos milímetros para tomar aire, apoyó su frente contra la de ella. Ambos respiraban con dificultad, con las mejillas encendidas y los labios entreabiertos.
—Dime ahora que esto es solo por el testamento de tus padres —murmuró Peter, deslizando un pulgar por el labio inferior de Emma, aún sensible por la presión del beso.
Emma abrió los ojos despacio, intentando recuperar el control de sus pensamientos antes de que la vulnerabilidad la traicionara del todo.
—Esto complica las cosas —logró decir, aunque su voz sonó apenas como un aliento rasposo.
—Las complica para bien —corrigió él con una sonrisa lenta y confiada—. Volvamos a la mesa. Tu padre debe estar preguntándose por qué tardamos tanto... y a Martín se le va a acabar el tiempo para intentar recuperar lo que jamás fue suyo.
Emma se arregló el vestido con manos temblorosas y se retocó el lápiz labial frente al espejo del pasillo antes de salir. Al tomar nuevamente el brazo de Peter para regresar a la galería, comprendió que el plan original había quedado destruido. Ya no había forma de volver atrás: el acuerdo falso se había transformado en un terreno peligroso donde ninguno de los dos estaba dispuesto a perder.
Editado: 05.08.2026