Emma pasó la peor tarde de su vida. Encerrada en su oficina, miraba las muestras de mármol sobre su escritorio sin verlas realmente. El ultimátum de Martín resonaba en sus oídos: someterse a un compromiso forzado antes del sábado o ver cómo su padre colapsaba al descubrir la verdad.
A las seis de la tarde, incapaz de lidiar sola con la presión, tomó sus cosas y condujo directamente hacia la sede corporativa de Sosa Real Estate.
Cuando entró al despacho de Peter, él estaba revisando unos contratos. Al ver la expresión pálida y desencajada de Emma, Peter se puso de pie de inmediato.
—¿Qué pasó? —preguntó con voz baja pero firme, rodeando el escritorio.
Emma no respondió con palabras. Sacó de su bolso la copia del sobre que Martín le había dejado y lo tiró sobre la mesa. Peter tomó las fotografías una a una: la imagen de él en jeans y sin camiseta con la cortadora de césped, la entrega de la tarjeta de presentación y los extractos del intento de contratación.
—Martín contrató a un investigador privado —explicó Emma con la voz temblorosa por la rabia reprimida—. Amenazó con enviarle todo esto a mi padre el domingo por la mañana si no anuncio nuestro compromiso oficial en la gala del sábado. Sabe perfectamente que la salud de mi padre no resistiría el golpe del escándalo.
Peter observó las fotos sin inmutarse. Sus ojos oscuros, habitualmente serenos, se volvieron fríos y calculadores.
—¿Cree que este papelucho lo convierte en el dueño del juego? —murmuró Peter, dejando las fotos sobre la mesa.
—¡Tiene pruebas, Peter! —exclamó Emma, cruzándose de brazos mientras intentaba frenar la ansiedad—. Si mi padre ve que le mentí de esta forma, me desheredará y el shock arruinará su corazón. Martín nos acorraló.
Peter dio dos pasos hacia ella y le tomó los hombros con una firmeza reconfortante. El calor de sus manos atravesó la tela del saco de Emma, obligándola a mirarlo a los ojos.
—Nadie te va a acorralar, Emma. Y mucho menos un mediocre como Martín Station —dijo Peter con una gravedad absoluta—. Cometió el peor error de su vida al intentar chantajearte a ti y al meterse conmigo.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó ella, sintiendo cómo el pulso se le desaceleraba gradualmente ante la seguridad de Peter.
—Martín cree que juega solo, pero no tiene idea de las vulnerabilidades de su propia familia —respondió Peter con una sonrisa fría y enigmática—. Los Station llevan años manteniendo a flote sus empresas a base de refinanciaciones sospechosas y favores inmobiliarios. Casualmente, la mitad de sus acreedores responden a mi grupo.
Emma abrió los ojos con sorpresa.
—¿Vas a destruir sus empresas?
—Voy a darle una lección de etiqueta sobre cómo se cierran los negocios de verdad —corrigió Peter, inclinándose para darle un leve beso en la frente que hizo que a Emma se le erizara la piel—. Tú no vas a cancelar nada. Asistiremos a esa gala el sábado juntos, con la frente en alto. Y cuando Martín intente dar su estocada, se va a encontrar con que el piso bajo sus pies ya no existe.
Emma lo miró a los ojos, sintiendo un escalofrío de anticipación recorriéndole la columna. Por primera vez desde que empezó esta pesadilla, comprendió que no estaba sola en la tormenta.
Editado: 05.08.2026