El impacto del colapso de Martín Station retumbó durante días en la prensa financiera, pero en la suite corporativa de Emma Burguès, la calma finalmente había sustituido al caos.
Era tarde por la noche. Emma observaba a través del ventanal de su estudio las luces de la ciudad. Sostenía una copa de vino blanco, disfrutando del silencio, cuando el sonido suave de la puerta de entrada anunció la llegada de Peter.
Él caminó despacio hacia ella, habiéndose quitado la corbata y con los primeros botones de la camisa desabrochados. La sombra del estrés por los manejos de la junta directiva ya no estaba en su rostro; solo quedaba la mirada serena y profunda con la que siempre la observaba.
—Tu padre me llamó esta tarde —comentó Peter, rodeando a Emma con sutileza desde atrás y apoyando sus manos en la barandilla frente al ventanal, encerrándola entre su cuerpo y el cristal.
—¿Ah, sí? —preguntó Emma, inclinando levemente la cabeza hacia él mientras sentía cómo el calor del cuerpo de Peter disipaba el frío del cristal—. ¿Y de qué hablaron?
—Quería darme las gracias por "proteger a su hija" de la debacle de los Station —sonrió Peter, rozando con los labios el cuello de Emma, provocándole un escalofrío inmediato—. Y también sugirió que ya era hora de formalizar la fecha del compromiso... sin presiones de herencias ni contratos.
Emma soltó una risa baja y rasposa, girando sobre su propio eje para quedar frente a él, descansando sus manos sobre los hombros del esmoquin relajado de Peter.
—Mi padre siempre queriendo tener la última palabra —murmuró ella—. Aunque esta vez, no tuvo nada que ver con mi decisión.
Peter la miró fijamente, deslizando los dedos por la curva de la cintura de Emma con una lentitud casi reverente.
—¿Y cuál es tu decisión, diseñadora?
—Romper el contrato —sentenció Emma en un susurro, sosteniéndole la mirada con una determinación que ya no dejaba lugar a dudas ni a máscaras de arrogancia—. Terminar oficialmente con el sueldo, con las reglas de no tocarse y con la farsa de la falsa relación.
Peter fruncio el ceño con una sonrisa divertida que iluminó sus ojos.
—¿Me estás despidiendo?
—Te estoy proponiendo un trato nuevo —corrigió Emma, elevándose sobre la punta de sus pies para recortar la distancia entre sus bocas hasta que sus alientos se mezclaron—. Un trato en el que no hay cláusulas, ni tiempo límite, ni mentiras para impresionar a la alta sociedad.
—Suena como un contrato extremadamente riesgoso —dijo Peter con voz grave, pegando sus caderas a las de ella mientras sus manos se afianzaban en su espalda baja.
—Lo es —admitió Emma, sonriendo antes de unir sus labios en un beso profundo, cálido y apasionado que selló todo el deseo contenido durante semanas—. Porque el primer trato tenía una sola regla... y los dos la rompimos desde el primer día.
Cuando se separaron apenas unos milímetros, con la respiración entrecortada y los frentes apoyados una contra la otra, Peter la estrechó contra su pecho mientras una risa baja le vibraba en el torso.
—El trato era no enamorarse... —susurró Peter, besándole la mejilla con ternura.
—Y fue la mejor regla que rompió en mi vida —concluyó Emma, entrelazando sus dedos con los de él, lista para empezar, por fin, su verdadera historia juntos.
Editado: 05.08.2026