Normalmente no me fijo en el pasaje de viajes largos. Veo siempre cómo pasa el tren y su infinita cadena de ventanas.
A veces, algo llama mi atención y me detengo un poco más que el avistamiento. Recuerdo dos o tres a lo mucho: con nombre, narrativa y emociones. Pero el recuerdo se ha desteñido casi por completo.
Son los curiosos embelesados con la estación y los osados que abren sus ventanas queriendo respirar y sentir lo que ven, los que atraen mis emociones. Los fascinados, que con el murmullo se unen a la cacofonía impetuosos, y los cándidos viendo con sorpresa de niño los puestos de oropel.
También miras los gendarmes, que lo arruinan todo nomás con su presencia, y los curas, ignorados pero que no dejan de alegar. Los tensos por el viaje y los chillidos de los niños. Los adormecidos de las piernas y de la espalda que se les encorva.
Esos otros, fascinantes: los incómodos de corazón que de todo reniegan son, al fin, los que siempre se burlan de todos los demás y viajan arrellanados en sus asientos.
Al mediodía, el calor y el bullicio colman de rumores y sueños ardientes el aire. La turba se confunde en el mismo gesto de algarabía y escándalo que arrulla a los timoratos, y alborota a los vehementes y a los ciegos de lentes polarizados.
Risotadas, lamentos de truenos y caricias por encima de la piel se suspenden incontables ante los ojos y los labios de todos. Tantos besos y miradas mustias rebotan más rápido que el sonido: entran por el pecho y salen por la espalda de todos los presentes.
Jugos dulces y frescos, frutas deliciosas de mil colores; miel, almíbar, y puestos incontables de néctares del paraíso se degustan para incinerarlos después.
Aunque cuando estás pasando las ocho, apenas si puedes recordar todo eso; mucho menos sus sabores, aromas o terciopelos personales.
En la canícula de las cuatro de la tarde, el calor chisporrotea del cielo y las esquirlas te queman al menos una vez.
Las ventanas se suceden todo el día. Justo al amanecer aparece de la nada el primer rostro. Se desea que se asome con una sonrisa, pero a veces se presenta con dos lágrimas; que se aprecie de manos cálidas o tenga voz de corista del Edén.
De los chirridos y destellos del arranque, poco se recuerda cuando el tren toma velocidad y las ventanas se empiezan a suceder vertiginosamente.
Alcanza su máxima velocidad a las once y se sostiene en esa inercia hasta poco después de las cuatro, donde, junto con la luz parda, su carrera comienza a amainar.
Del mediodía al atardecer todas las ventanas tienen rostros, aunque cuando abundan las sonrisas en sus bocas es hasta las dos. Mas en ese lapso, paseantes, comerciantes y lugareños realizan infinidad de intercambios de toda índole.
Es la hora o el calorón que se siente, pero la ilusión ilumina los rostros. El tren queda casi vacío. Los gritos de gusto y disgusto son tan cortos, que no existen diferencias, ni sustos ni sorpresas ingratas. Porque, aunque somos engañados a esas horas, es tan abigarrado el océano de posibles experiencias, que deslumbra. No hay precio que no se pague por sentir.
Pasada la canícula, el clima y los ánimos se van aplacando. En esos minutos, las experiencias de por vida aparecen mucho más.
Algunos han aprendido a pescar y atrapan preciosos tesoros. Otros se empecinan en recontar sus cuentas de oropel, o tratan de robárselas a otros, engatusando con camelos a los ingenuos para dejarlos sin nada que llevarse.
En esas, muchos se olvidan de lo demás y, cuando vuelven en sí, ya no hay nadie más. Están fuera del tiempo, refundidos en las entrañas del tren.
Del crepúsculo en adelante, muchos pasajeros se aglutinan en los últimos vagones para cenar, tomar un trago o platicar con los recién presentados y con todos los reconocidos.
También hay que estar más alerta, porque las estaciones se suceden una casi tras la otra y los distraídos pierden su destino y terminan bajándose de cualquier modo; descorazonados y ofuscados, a sabiendas que si no lo hacen ya no habrá más paradas.
Los embriagados o indigestos casi siempre se van con el tren, más allá de la noche sin regreso.
Después de la medianoche nada se sabe del tren o su destino. Pero se tienen dos certezas: el tren retornará siempre con rostros conocidos y nuevos, y los que no encontraron su estación y no bajaron, no regresarán nunca más.
Es sobrecogedor cuando desde una ventana te atrapa el deseo de una mirada intensa. Te haces consciente de pronto que estás sentado, viendo hacia afuera por la misma ventana. Ahora eres quien mira, con intensa vehemencia a la trigueña de ojos zarcos, que se mece nerviosa y te ve de soslayo desde los andenes.
No solo atestiguas cómo te escudriñan desde las ventanas, los vestíbulos o los estribos de los vagones.
En la revoltura confusa del mercado, así como miras pasar al tren, eres también un pasajero más.
Estás dentro y fuera de él. Parado, esperando a que en esas ventanas aparezcan los mismos rostros de ayer; o sentado dentro de un vagón, mirando por la ventana y esperando ver al mismo espectador: la trigueña de ojos zarcos que viste hace unos días.
Editado: 02.11.2026