Kingsley dejó el pergamino sobre el escritorio con calma.
-Hay algo más que deben saber.
Harry y Ron lo miraron atentos.
-Los resultados del examen... no serán entregados pronto.
Ron frunció el ceño.
-¿Cómo que no pronto?
Kingsley entrelazó las manos.
-Serán entregados en las vacaciones en el fin de el ciclo escolar en las escuelas de Magia.
Silencio.
Ron abrió los ojos.
-¿Vacaciones? ¿En serio? ¿Todo este estrés para esperar meses?
Kingsley no sonrió.
-Porque no solo estamos evaluando sus respuestas.
Hizo una pausa.
-Estamos evaluando quiénes son... con el tiempo.
Harry asintió levemente.
-Quieren ver si seguimos tomando las mismas decisiones.
-Exacto -respondió Kingsley.
Ron suspiró.
-Genial... o sea que el examen no termina hoy.
Kingsley lo miró fijamente.
-No, Weasley.
Una leve pausa.
-Apenas empieza.
Cuando salieron del despacho, el silencio del pasillo se sentía distinto.
-No me gusta esto... -murmuró Ron-. Prefería los hechizos.
-Esto es peor -respondió Harry-. Porque no termina hoy.
Al girar, vieron a Antony esperándolos.
Se levantó de inmediato.
-¿Y? ¿Qué pasó?
Ron se recargó en la pared.
-Los resultados... hasta vacaciones.
Antony parpadeó.
-¿Vacaciones?
Harry asintió.
-Sí. El examen sigue... pero ahora es con el tiempo.
Antony bajó la mirada un momento.
-Entonces... aún no sabemos nada.
Ron lo miró.
-No. Pero sí sabemos algo.
Antony levantó la vista.
-¿Qué?
Harry dio un paso al frente.
-Que tenemos tiempo.
Ron sonrió ligeramente.
-Y te dijimos que te ayudaríamos.
Antony frunció un poco el ceño, sorprendido.
-¿De verdad?
-Sí -respondió Harry-. ¿Quieres entrenar con nosotros?
Hubo un segundo de silencio.
Luego Antony asintió.
-Sí... quiero.
Ron dejó escapar el aire lentamente.
—Bueno… entonces primero necesitamos un lugar donde vivir.
Antony parpadeó.
—¿Qué?
Harry se pasó una mano por el cabello.
—No podemos entrenar todos los días viajando desde la Madriguera.
Ron asintió.
—Y Hermione probablemente nos mate si destruimos la casa de mi mamá entrenando magia avanzada.
—Eso va a pasar igual —murmuró Harry.
Antony soltó una pequeña risa.
Ron cruzó los brazos.
—Así que… supongo que vamos a buscar departamento.
Antony abrió ligeramente los ojos.
—¿En serio?
Harry sonrió apenas.
—Sí. Supongo que esto ya empezó de verdad.
Dos días después, los tres caminaban por una calle mágica de Londres revisando anuncios de departamentos.
Después de ver varios lugares demasiado pequeños o demasiado caros, finalmente encontraron uno bastante sencillo cerca del centro de Londres mágico.
El departamento tenía una pequeña cocina, una sala algo vacía y suficiente espacio para los tres.
Ron miró alrededor unos segundos.
—Bueno… definitivamente hemos vivido en lugares peores.
Harry abrió una de las puertas y asintió.
—Sí. Mucho peores.
Antony caminó lentamente por la sala, todavía algo sorprendido de estar ahí con ellos.
Ron se dejó caer sobre un sofá viejo.
El sofá soltó una nube de polvo directamente en su cara.
Harry comenzó a reírse inmediatamente.
Antony también soltó una pequeña risa.
—Perfecto —tosió Ron—. Ya odio este lugar.
Y aun así…
esa misma tarde comenzaron a instalarse.
Harry acomodó varios pergaminos y libros cerca de una de las ventanas. Ron dejó ropa tirada prácticamente desde el primer minuto. Y Antony intentaba ordenar todo lo que los otros dos desacomodaban casi inmediatamente.
Cuando terminó el día, el departamento seguía viéndose desordenado.
Pero ya no parecía vacío.
Parecía suyo.
Los días comenzaron de inmediato.
No hubo descanso.
No hubo pausas.
No hubo "mañana empezamos".
Solo práctica.
El área de entrenamiento del Ministerio se llenaba cada día del mismo sonido constante:
-¡Stupefy!
-¡Protego!
-¡Expelliarmus!
Los hechizos cruzaban el aire una y otra vez, dejando rastros de luz que tardaban unos segundos en desaparecer, como si el espacio mismo se resistiera a olvidar cada intento. Algunos chocaban entre sí con un destello brillante; otros impactaban contra el suelo de piedra, levantando pequeñas grietas y fragmentos.
El eco no desaparecía.
Se acumulaba.
Ron levantó la varita justo a tiempo.
-¡Protego!
El escudo apareció frente a él, sólido... pero apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando otro hechizo llegó desde otro ángulo.
-¡Stupefy!
El impacto lo hizo retroceder con fuerza, obligándolo a clavar los pies en el suelo para no caer.
-¡Otra vez! -dijo Harry sin bajar la varita.
No sonaba molesto.
Sonaba serio.
Ron soltó el aire.
-Ni cinco segundos me das...
-Allá afuera no los tienes -respondió Harry con calma.
Antony observaba todo, respirando más rápido de lo normal. Levantó la varita un poco tarde.
-¡Protego!
El escudo apareció frente a él... pero inestable.
Temblaba.
Se ondulaba como si fuera a romperse en cualquier momento.
Harry caminó hacia él, sin dejar de observar.
-Estás dudando antes de lanzar el hechizo.
-Estoy intentando hacerlo bien -respondió Antony, tenso.
-Hazlo firme -corrigió Harry-. No perfecto.
Antony apretó la mandíbula.
Respiró hondo.
Por un segundo cerró los ojos.
Y volvió a intentarlo.
-¡Protego!
El escudo apareció.
Más claro.
Más sólido.
El siguiente hechizo impactó contra la barrera... y no la rompió.
Se mantuvo.
Ron sonrió de lado.
-Eso ya se parece más.
Antony bajó la varita, respirando agitado. El sudor le recorría la frente.
-No es tan fácil...
Harry negó ligeramente.
-Nunca lo es.
Ron guardó su varita.
—Bueno… creo que por hoy sobrevivimos.
—Apenas —murmuró Antony todavía intentando recuperar el aire.
Harry tomó su chaqueta del suelo.
—Vamos. Necesitamos comida antes de que Ron intente cocinar otra vez.
—¡Una vez! —protestó Ron mientras salían del lugar.
—Fueron tres —respondió Harry inmediatamente.
Antony soltó una pequeña risa cansada mientras los seguía.
Poco después, los tres regresaron al departamento.
Ron dejó caer su mochila sobre el sofá sin cuidado.
Harry abrió una de las ventanas para dejar entrar el aire fresco de la noche.
Y Antony se dejó caer lentamente en una silla, agotado.
Minutos después, varias cajas de comida descansaban sobre la mesa de la sala.
Ron abrió una inmediatamente.
—Juro que nunca había tenido tanta hambre.
—Eso dices todos los días —comentó Harry mientras tomaba una bebida de mantequilla.
Antony observó el departamento unos segundos mientras comenzaban a comer.
Todavía seguía algo desordenado. Pergaminos sobre la mesa. Chaquetas tiradas sobre una silla. Libros abiertos cerca del sofá.
Pasaron los días.
Luego semanas.
El cansancio dejó de ser algo que notaban... y se volvió parte de ellos.
Las manos temblaban a veces.
La concentración fallaba.
Los errores se repetían.
Pero nadie se detenía.
Porque ahora sabían algo:
no se trataba de hacerlo perfecto.
Se trataba de no rendirse.
-¡Expelliarmus!
El hechizo de Antony salió más rápido que antes.
Más directo.
Ron reaccionó.
-¡Protego!
Bloqueó... pero su brazo se movió hacia atrás por la fuerza.
Su expresión cambió.
-Eso estuvo mejor... -dijo, sorprendido-. Ya casi me desarmas.
Antony bajó la varita.
-"Casi" no sirve.
Pero esta vez no sonaba frustrado.
Sonaba decidido.
Ron soltó una pequeña risa.
-Antes ni "casi" tenías.
Harry intervino.
-Sí sirve.
Ambos lo miraron.
-Significa que estás avanzando.
Antony guardó silencio.
Pero no lo negó.
Y eso... ya era diferente.
El entrenamiento cambió con el tiempo.
Ya no era solo lanzar hechizos.
Era pensar.
Era reaccionar.
Era decidir.
Un día, Harry bajó la varita.
-Detente.
El silencio cayó de inmediato.
Ron frunció el ceño.
-¿Qué pasa?
Harry señaló el campo frente a ellos.
-Imagina esto.
Antony se tensó.
-¿Qué cosa?
-Dos personas en peligro -dijo Harry-. Solo puedes salvar a una.
El ambiente cambió.
No había magia.
Pero pesaba más.
Ron suspiró.
-Otra vez eso...
Antony bajó la varita lentamente.
-No lo sé...
Harry dio un paso hacia él.
-Tienes que decidir.
Antony pensó.
De verdad pensó.
-Salvaría a quien esté más cerca.
Ron negó.
-¿Y si el otro es más importante?
Antony se quedó en silencio.
Más tiempo que antes.
Su respiración se hizo más lenta.
-Entonces... no hay respuesta correcta.
Harry asintió.
-Exacto.
Se hizo una pausa.
-Pero igual tienes que elegir.
Antony levantó la mirada.
Y esta vez...
no buscaba una respuesta perfecta.
Buscaba una decisión.
Con el paso del tiempo...
Antony cambió.
No fue un momento.
No fue un día.
Fue una suma de intentos.
De errores.
De cansancio.
-¡Stupefy!
-¡Protego!
-¡Expelliarmus!
Sus movimientos ya no eran torpes.
No eran lentos.
No eran inseguros.
Eran fluidos.
Más naturales.
Ron lo notó primero.
-Oye...
Antony bajó la varita.
-¿Qué?
-Ya no te ves perdido.
Antony no respondió.
Pero esta vez...
no lo negó.
Mientras tanto...
en Hogwarts...
nadie se estaba quedando atrás.
En la biblioteca, Hermione Granger no solo estudiaba.
Investigaba.
Los libros frente a ella estaban abiertos en distintas páginas.
Registros antiguos.
Leyes olvidadas.
Normas que nadie cuestionaba.
-Esto... no está bien...
Pasaba páginas rápido.
Comparaba textos.
Escribía sin detenerse.
No era tarea.
Era algo más grande.
-¿Cómo nadie cambió esto antes...?
Se detuvo un segundo.
Miró sus notas.
-Entonces lo haré yo.
Y en ese momento...
no parecía una estudiante.
Parecía alguien que ya había decidido su futuro.
En los invernaderos, Neville Longbottom caminaba entre plantas mágicas.
Un grupo de alumnos lo rodeaba.
Uno de ellos fallaba una y otra vez.
-No la fuerces -dijo Neville.
-Pero no funciona...
Neville se agachó a su altura.
-No estás fallando por falta de magia.
Hizo una pausa.
-Estás fallando porque estás desesperado.
El alumno bajó la mirada.
-Yo también era así.
Neville sonrió apenas.
-Y no funcionaba.
El alumno respiró hondo.
Lo intentó otra vez.
Y funcionó.
Neville asintió.
-Así es como creces.
No rápido.
Sino constante.
En el campo, Ginny Weasley entrenaba sola.
Una y otra vez.
-¡Reducto!
La roca explotó.
Más control.
Más precisión.
Pero no se detuvo.
-Otra vez.
No había nadie observando.
No había presión externa.
Pero en su mente...
sabía exactamente contra quién se estaba comparando.
No con otros.
Sino con lo que quería ser.
Cerca de ahí, Seamus Finnigan trabajaba en un objeto mágico.
Chispas saltaban.