El cielo de aquella mañana resplandecía con un brillo inusual, como presagiando la nueva etapa que Daniela estaba por comenzar. Se había graduado de la preparatoria con honores y, aunque el rigor académico nunca le supuso un reto, sabía que el verdadero examen estaba por empezar: la universidad. Para la mayoría, aquel primer día era sinónimo de libertad; para Daniela, era un campo minado.
Su mayor temor no eran las materias, sino la coreografía social de los pasillos. Daniela padecía una timidez paralizante, pero al inscribirse, una pequeña chispa de esperanza se había encendido en su pecho: quería, profundamente, encontrar a alguien que la comprendiera. Al cruzar las puertas de la facultad, se topó con Alondra. Ella no caminaba por la universidad; la patrullaba. Tenía ojos de depredadora, capaces de detectar la inseguridad a metros de distancia. Cuando vio a Daniela avanzar con paso vacilante, una sonrisa gélida se dibujó en su rostro: "Carne fresca", susurró. Daniela, buscando una guía, se acercó a ella. Alondra, tras una máscara de amabilidad ensayada, le dio indicaciones falsas. Al entrar al salón 13, Alondra le metió el pie, provocando que Daniela cayera frente a todos. Humillada, Daniela corrió al baño a llorar, sintiéndose derrotada.