El trono del ultimo demonio

Capítulo 1: Cuando la historia la cuenta el que va ganando

Hacía apenas dos años que el silencio había vuelto a los campos de batalla.

Durante siglos enteros, el continente había sido un mapa manchado de sangre y de fronteras que se movían como la marea: reinos humanos que se aliaban y se traicionaban con la misma facilidad, valles neutrales que pagaban su independencia entregando tributos a ambos lados, y el vasto territorio que la humanidad llamaba simplemente el Imperio Demoníaco. Allí vivían pueblos de pieles, ojos y formas muy distintas a las suyas: algunos con cuernos cortos, otros con alas plomizas, otros con colas afiladas… pero para los humanos, ninguno de esos detalles importaba. No importaba quiénes eran ni cómo vivían: quien no era humano, era un demonio. Y todos eran lo mismo: la amenaza eterna, lo que siempre había estado al otro lado, y por debajo de ellos.

La guerra llevaba tantas generaciones encendidas que nadie recordaba ya cuál había sido la chispa que la encendió. Padres e hijos habían muerto bajo las mismas banderas, convencidos de que luchaban contra algo que no merecía compartir el mismo mundo. Aldeas enteras habían desaparecido sin dejar más rastro que ceniza y hierba alta. Y en el centro de todo ese fuego, erguido sobre un trono de obsidiana, reinaba la figura que la humanidad había aprendido a odiar y temer por igual: el Rey Demonio. La cabeza de todo aquello que, según les habían enseñado, estaba por debajo de ellos.

Hasta que cayó.

Dos años atrás, una coalición forjada en la desesperación —y en la convicción de limpiar el continente de lo que consideraban impuro— había roto las fronteras orientales, atravesando cada línea de defensa, derribando cada fortaleza, apagando cada esperanza de resistencia. Al frente marchaba el hombre que hoy gobernaba la mitad del continente: un guerrero que había peleado desde la primera fila, cuya espada había bebido la sangre del último soberano en el salón del trono mismo. Para él y para los suyos, no había sido un enemigo igual a ellos: había sido algo que debía ser eliminado.

La victoria fue feroz. Fue total.

La muerte del Rey Demonio se celebró durante semanas enteras. Las campanas no dejaron de sonar. En las plazas se colgaron estandartes nuevos; los niños corrieron sin miedo por caminos que antes nadie se atrevía a transitar; los mercaderes desplegaron sus mercancías sin ocultarlas bajo capas. Para los humanos, el sol había salido por fin sobre una era de paz: ya no había nada por debajo de ellos que pudiera amenazarlos.

Para los pueblos del antiguo imperio… fue el comienzo del invierno.

Sus fronteras retrocedieron como la marea baja. Aldeas que habían pertenecido a sus familias durante siglos fueron ocupadas, sus nombres borrados y reemplazados por otros que no tenían sentido para nadie. Bosques milenarios pasaron a ser «propiedad imperial». Minas, rutas comerciales, fortalezas de vigilancia —todo cayó en manos extranjeras. Con cada territorio ganado, el poder del vencedor crecía; los reinos pequeños que habían dudado se inclinaron, unos por convicción, otros por miedo, muchos por la simple certeza de que no había otra opción. Alianzas, tributos, juramentos de lealtad: lo que nació como una unión de guerra se convirtió en un imperio sólido, vasto, sin precedentes. Y en cada cartel, en cada ley, en cada discurso, quedaba claro: quienes vivían allí no eran iguales. Eran menos.

Y en la cima de todo aquello, solo había un hombre.

El Emperador.

El que había matado al Rey Demonio. El que había sobrevivido a lo que nadie se atrevía siquiera a imaginar. Su nombre era sinónimo de salvación: había devuelto el mundo a quienes, según creían, tenían derecho a estar encima de todos. Su imagen se tallaba en piedra y se pintaba en los muros de los templos. Y mientras su poder se extendía sin encontrar resistencia, la tierra que había sido de los pueblos demoníacos se encogía, día tras día, como algo que se apaga.

Pero la guerra no estaba muerta. Solo respiraba despacio.

El rumor que creció

Todo comenzó con susurros en las posadas fronterizas, donde la luz de las velas apenas alcanzaba a iluminar las caras.

—Dicen que hay movimiento al este —murmuró un viajero, inclinándose sobre su jarra, mientras el fuego de la chimenea le iluminaba solo la mitad del rostro—. Luces en la montaña. Gente reuniéndose donde no debería quedar nadie.

—Tonterías —respondió el tabernero, limpiando un vaso con un trapo manchado—. No queda nadie allí que pueda luchar. Los que sobrevivieron huyeron o se rindieron. Y lo que queda… no tiene fuerza para nada.

—Lo vi con mis propios ojos. Fuego en la noche. Y voces. Muchas voces.

Los rumores viajaron lento al principio, de boca en boca, como un secreto que nadie quería pronunciar en voz alta. Luego llegaron los informes a los puestos militares. Después los mensajes urgentes, escritos con tinta temblorosa. Y finalmente, la confirmación oficial, fría, clara y terrible:

El nuevo Rey Demonio ha tomado el trono.

La noticia recorrió el continente como un viento helado que atraviesa las rendijas.

En los mercados, el murmullo se detuvo en seco. Los carros dejaron de rodar.

—¿Otro? ¿Tan pronto? —preguntó una mujer, apretando la mano de su hija pequeña.

—No puede ser —murmuró un anciano, sacudiendo la cabeza—. Pensábamos que ya no quedaba ninguno con derecho. Con sangre… real.

—Dicen que reúne ejércitos —dijo un joven mercader, pálido—. Que las antiguas generales vuelven a aparecer. Gente que creíamos vencida.

—¿Y si viene por lo que perdieron? —la voz de una campesina tembló—. Mis tierras están cerca de la frontera. Si vuelven a pelear… si quieren recuperar lo que les quitamos…

—No digas eso —la cortó otro, con dureza, aunque sus ojos no eran firmes—. El Emperador nos protegerá. Como hizo la otra vez. No permitirán que esas cosas se levanten de nuevo.

Pero la confianza sonaba delgada, como hielo sobre agua fría. Los comerciantes cerraron sus puestos antes de hora. Los nobles enviaron cartas a la capital pidiendo refuerzos. Las madres llamaban a sus hijos antes de que el sol se ocultara. Nadie sabía quién era la nueva gobernante. Ni su nombre, ni su edad, ni su raza, ni el alcance de su poder. Solo una cosa era cierta: el trono que había estado vacío se había ocupado. Y algo que creían haber pisado para siempre volvía a respirar.



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En el texto hay: fantasia, isekai, fantasia aventura

Editado: 20.09.2026

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