El trono manchado tiene sangre noble

El juramento que no debía pronunciar

El reloj de arena marcaba el inicio del invierno cuando Ana Isabel, vizcondesa de sangre antigua, comprendió que el tiempo ya no estaba de su lado.

Desde la galería alta del castillo, observaba el patio en silencio. Su porte era agraciado, sereno, casi frío. El vestido oscuro caía con sobriedad sobre su figura, y su cabello lacio teñido de azul turquesa contrastaba con la piedra gris del reino. Sus ojos grises azulados, rasgados y atentos, no reflejaban temor, sino cálculo.
A sus dieciséis años, Ana Isabel ya había aprendido que la nobleza no protegía: encadenaba.

Un golpe seco en la puerta rompió el silencio.

-Mi señora -dijo un guardia-. El vizconde solicita su presencia. De inmediato.

Ana Isabel cerró los ojos un instante. Sabía lo que vendría.
La sala del vizconde era amplia, solemne, cargada de tapices antiguos que hablaban de honor y obediencia al trono. Su padre, Eduardo Blanco, permanecía de pie junto a la ventana, con las manos cruzadas a la espalda. No se volvió cuando ella entró.

-Padre -saludó Ana Isabel con respeto medido.

-Siéntate -ordenó él, sin mirarla-. Esto no será una conversación larga.

Ella obedeció, con la espalda recta, el rostro imperturbable.

-Ha llegado una orden directa del rey -continuó el vizconde-. Una decisión ya tomada.

Ana Isabel sintió el peso de esas palabras antes de escucharlas completas.

-Estás comprometida -dijo finalmente-. El anuncio se hará en primavera. Te casarás con el conde que Su Majestad ha elegido.

El silencio cayó como una losa.

-¿Comprometida? -repitió ella, con voz firme-. ¿Sin mi consentimiento?

Su padre se giró por fin. Su rostro mostraba cansancio, no crueldad.

-Esto no es una petición, Ana Isabel. Es voluntad del rey. Y nosotros... obedecemos.

-¿Incluso si me condenaba morir? -preguntó ella, sin alzar la voz.

-Incluso entonces -respondió él-. Nuestro linaje depende de ello.

Ana Isabel se puso de pie lentamente.

-Soy su hija -dijo-. No una moneda de cambio.

El vizconde apretó los labios.

-Eres una vizcondesa. Y tu deber es asegurar la estabilidad del reino y de nuestra casa.

-Hizo una pausa-. No habrá discusión.

-Entonces permítame ser clara, padre -replicó ella-. No aceptaré este matrimonio.

El golpe de su mano contra la mesa resonó en la sala.

-¡No te corresponde decidir! -exclamó él-. Cumplirás dieciocho años en dos años. Hasta entonces, aún puedo protegerte. Después... el rey tendrá todo el derecho.

Ana Isabel sostuvo su mirada sin miedo.

-Entonces me quedan dos años.

Su padre frunció el ceño.

-¿Para resignarte?

-Para evitarlo.

Ella se inclinó levemente, como dictaba el protocolo, y salió sin esperar permiso.

En la habitación, Luis Ángel aguardaba, serio, atento. Bastó una mirada para que comprendiera lo que pasaba.

-Está decidido -dijo ella-. El rey ha hablado.

-¿Y tú mi lady? -preguntó él.

Ana Isabel avanzó hacia la galería, donde el viento nocturno golpeaba las antorchas.

-Yo también.

Se detuvo frente al reloj de arena, lo tomó entre sus manos y lo giró con cuidado.

-No me casaré, Luis Ángel. Nunca .

-Su voz fue un juramento-. Antes de cumplir los dieciocho, ese rey caerá no quiero su corona quiero mi libertad, ya me canse aque me mire como un simple peon ya me canse a que haga lo que quiera y sin ver los daños causados.

El barón dio un paso al frente, rompiendo el protocolo.

-Si decides derribar al rey... perderás aliados, tu apellido, quizá tu vida.

Ella sostuvo su mirada sin vacilar.

-¿Y usted? Que hará seguirme o rendirte.

Él no dudó.

-Yo ya lo perdi todo juntamente con usted hace años en ese fatídico día.Si he de servir, que sea a una causa justa.

-Hizo una breve inclinación y le agarró la mano derecha-. Juro protegerte para que no sufra nunca más, vizcondesa. Incluso de ti misma, si es necesario- y le beso su mano con mucha delicadeza

Ana Isabel asintió.

Así nació la conspiración que el reino no vio venir.

Así se selló el pacto que mancharía de sangre noble un trono corrupto.

Y el tiempo... comenzó a correr.




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