Llegué a Mallorca con la certeza de que mi plan de aprobar todas las asignaturas era una fantasía. Entre trabajar la mayor parte del día y tener apenas tres horas para estudiar (y no todos los días), estaba claro que necesitaba reorganizarme. Directamente descarté dos asignaturas, ni siquiera las iba a tocar. No me daba la vida.
Por suerte, una compañera de clase me ofreció quedarme en su casa durante ese mes, hasta que encontrara piso. No era el plan ideal porque vivía con sus padres y su hermana, y para ellos yo era una completa desconocida. Pero tenía que enfocarme en lo importante: estudiar lo que pudiera antes de cada examen, salir del cuarto solo para lo justo y apurar los días de examen en la universidad.
Un día, mientras mi compañera y yo estudiábamos juntas, me lanzó una bomba: —Sofía, ¿sigues buscando piso y compañeras?
—Sí, mis compañeras de residencia se quedarán otro año y voy a aprovechar cuando suba al campus para ver anuncios y llamar a varios pisos.
—No lo hagas. Vive conmigo.
—Pero Teresa, ¿cómo voy a quedarme aquí con tus padres?
—No —rió—, les propuse a mis padres que compraran un piso como inversión. Yo ya tenía uno fichado porque, sinceramente, me muero por vivir sin ellos y dejar de darme el lote con mi chico en el coche. Así que les hice todo el plan: busqué un piso que es un chollo, de cuatro habitaciones. Yo me quedo con una, y las otras tres las alquilamos a estudiantes. Las cuentas salen de lujo, no solo cubrirán la hipoteca, ¡hasta les generará beneficios! ¿Qué te parece?
—¡Joder, tía, te has equivocado de carrera! ¡Estudia finanzas!
—¿Qué me dices?
—Pero, ¿es seguro? No quiero quedarme en la calle...
—Mañana lo van a ver. Ya está todo calculado. Solo necesitan asegurarse de que el piso está bien y la zona es buena. ¿Puedes esperar a mañana?
—¡Claro!
De repente, vi la luz. Sin planearlo, el destino me había conseguido un piso y, al menos, una compañera con la que me llevaba genial. Y sí, todo salió como lo planeamos. El piso les encantó, la zona no les mató y, tras una semana para amueblarlo y limpiarlo, Teresa y yo nos instalamos. En cuestión de días, otras dos chicas vinieron a ver el piso y también se quedaron. ¡Problema solucionado!
Ahora venía lo difícil: organizarse para cocinar, limpiar, sacar la basura… lo de siempre.
Los exámenes… Bueno, no aprobé ni la mitad. Me presenté a nueve (después de haber descartado dos desde el principio), y solo aprobé cuatro. Así que el año siguiente arrastraba cinco, más las doce asignaturas nuevas que tenía que matricular si no quería acabar la carrera en el 2020.
La rutina universitaria arrancó con fuerza, y la de casa no tardó en seguirla. Pero qué rutina más peculiar, la verdad. Cada una de nosotras parecía salida de una película diferente, y no solo por los gustos, sino por las situaciones que se montaban. Si alguien nos visitaba y se paseaba por el pasillo de las habitaciones, seguro que pensaba que había entrado en el túnel del tiempo… o en una especie de montaña rusa musical.
Empezabas por la primera habitación y ahí tenías a Nino Bravo, con su “Libre” resonando a todo volumen. Dabas un par de pasos y, ¡bam!, te caías en los brazos de Extremoduro, con letras que iban del romanticismo poético a lo que solo podía describirse como una patada al alma. Cuando llegabas a la altura de mi puerta, podías escuchar a Alanis Morissette preguntando por su mano en el bolsillo, y terminabas el recorrido con un giro inesperado: Camela a todo trapo, con sus teclados que parecían salidos de una nave espacial. ¿No era como para volverse loca? Te juro que lo era. A veces pensaba que debía haber grabado esos momentos y vender la experiencia como una especie de “Tour musical desquiciado por un piso de estudiantes”.
Pero la verdad es que la convivencia no era lo que me había imaginado. En la residencia teníamos ese ambiente de “todo el mundo con todo el mundo”: charlas desenfadadas, risas y cotilleos nocturnos hasta las tantas. Aquí, en cambio, la cosa era más… ¿cómo decirlo? Fría. Las dos chicas que alquilaron las otras habitaciones iban siempre juntas, como si fueran una especie de dúo inseparable, y apenas las veía más allá de sus rápidas apariciones fantasmas en la cocina. Teresa, por su parte, estaba pegada a su novio. Literalmente. Creo que habían inventado una nueva forma de ser siameses, pero en versión romántica. No es que tuviera nada en contra, pero me resultaba un pelín incómodo cruzármelos en el salón cuando estaban en pleno arrumaco. Yo, mientras tanto, iba a la mía. Si antes me ponía Alanis para motivarme, ahora lo hacía para sobrevivir.
Y claro, como extrañaba tanto el ambiente de la residencia, no tardé en llamar a mis antiguos compis y organizar quedadas cada vez que podía. Lo intentaba. Pero no era lo mismo. La chispa, la magia… eso de sentarnos a planear salidas de marcha o decidir qué película cutre ver, se había esfumado. Ahora las quedadas eran más formales, más “ponte al día con tu vida adulta”.
Así que sí, los echaba mucho de menos. Cada vez que colgaba el teléfono, me daban ganas de ponerme a buscar una nueva residencia en Mallorca, a ver si con un poco de suerte encontraba un grupo que fuera más de… bueno, de mi estilo.
Por suerte, Teresa, que siempre tenía una idea para todo, propuso hacer una fiesta de inauguración "light". Su plan era que todo fuera muy tranquilo: nada de desmadres, ni denuncias por ruidos, y con la regla de oro de salir a la calle como muy tarde a las doce. No quería tener a sus padres echándonos la bronca ni a los vecinos llamando a la policía. Nos dijo que invitáramos solo a los amigos más cercanos. Solo los "selectos", ¿no?
Editado: 11.05.2025