Llegué a casa por Navidad con una mezcla de alivio y euforia. Dios, qué largo se me había hecho el trimestre. Entre los exámenes, los trabajos, y la vida en general, estaba deseando desconectar y volver a lo que realmente importa: el bosque, las setas, las comilonas de verdad (no esos sucedáneos que me cocinaba a mí misma en Mallorca), ver a mis amigos y, sobre todo, intentar no coincidir con Javi. Por favor, solo pedía unas Navidades tranquilas.
Y oye, lo conseguí. Pude disfrutar de todo y mucho, aunque me faltaba Clara en la ecuación. Sentía su ausencia en cada esquina de la casa, en cada paseo que daba, pero bueno, la vida es así.
Decidí llamar a Andrés, Isabel y Marta. Necesitaba verles, necesitaba una cena de las nuestras, de esas que empiezan con buena intención y acaban cantando villancicos en el coche camino a casa, medio desentonados pero felices. Quedamos para cenar, y antes de nada, le rogué a Andrés:
—Por favor, no le digas a Javi que quedamos, ¿vale? Es que... necesito tiempo. Los dos lo necesitamos. Si seguimos viéndonos todo el rato, es imposible cortar lo que sea que teníamos.
Andrés, siempre tan comprensivo, asintió.
—Lo entiendo, tía. No te preocupes.
Pero lo que no me esperaba era lo que dijo después.
—Lo que no te he contado es que Cata y yo... hemos terminado.
—¿Qué? ¡Jo, Andrés! —exclamé, genuinamente sorprendida—. Lo siento mucho. ¿Estás bien?
—No sé cómo estoy... Me dejó por otra.
—Vaya… —pregunté, más perpleja aún—. ¿Y quién es esa otra persona?¿La conozco?
—No me refiero a otra persona. Me refiero a una chica.
—¿Qué...? ¡Vaya!
—Ya ves, ni yo me lo creo. Y no sé si estar bien, estar alucinado, o qué. Hace solo unas semanas, y no lo veo claro... Con lo bien que nos llevábamos...
—Ya... —le respondí, sintiendo la empatía en el alma—. Es que... al final una quiere y necesita estar en pareja, pero luego es todo tan complicado. ¿Verdad?
—Totalmente. Es un lío...
Justo cuando la conversación empezaba a ponerse más filosófica de lo necesario, Isabel y Marta nos mandaron callar desde el asiento de atrás.
—¡Ya está bien! —dijo Isabel, haciendo aspavientos—. ¡Que es Navidad, y nos estamos deprimiendo!
—¡Eso, venga! —secundó Marta—. ¡Alegría, alegría! ¡Que no decaiga el ánimo! —y sin más, empezaron a cantar a pleno pulmón “Ande, ande, ande, la Marimorena” en el coche camino al restaurante.
Entre risas y villancicos, llegamos al restaurante y disfrutamos de una cena que casi me hizo olvidar lo caótico que había sido el último mes. Después de comer y beber hasta sentirnos como si nos hubieran inflado, decidimos bajar a la capital, a nuestro pub favorito. Ese lugar siempre tenía un toque mágico, porque por alguna razón, cada vez que entraba allí me encontraba con alguien de Mallorca. Era como si el destino se empeñara en movernos en un tablero invisible para que coincidiéramos en sitios random.
Nada más entrar, la música nos envolvió. La pista estaba llena, y no pudimos evitar ponernos a bailar y cantar “Missing” de Every Thing but the Girl a pleno pulmón, mientras Andrés, haciendo de buen anfitrión, iba a por las bebidas. En pleno clímax de bailoteo, me pareció reconocer una cara entre la multitud.
—¡Víctor! —grité mientras me acercaba a él, sorprendida y emocionada a la vez—. ¿Qué tal? ¡Felices fiestas!
—¡Sofía! ¡Felices fiestas! —respondió con una sonrisa que me pareció... ¿rara? Estaba simpático, sí, pero como cortado. Algo no cuadraba.
—No esperaba para nada encontrarte aquí —añadí, intentando sonar casual, aunque la situación ya empezaba a darme vibras extrañas.
—Yo a ti tampoco —respondió, justo cuando apareció una chica rubia, monísima, con ojos azules como el hielo. Su cara no era precisamente la de alguien emocionada por la situación.
—Hola —dijo, con esa voz que usan las chicas cuando no están de humor para socializar.
—Hola, ¿qué tal? —contesté, intentando mantener la calma mientras mi cerebro trabajaba a mil por hora. ¿Era su amiga? ¿Su hermana? Aunque tenía cara de "quiero matarte con la mirada".
Víctor, visiblemente incómodo, hizo las presentaciones:
—Ella es Raquel. Raquel, Sofía.
—Encantada —dije, dándole dos besos que fueron recibidos con una frialdad polar.
—Nos vemos —respondió Raquel, más como una sentencia que como una despedida. Y, sin más, cogió a Víctor de la mano y desaparecieron en la pista.
Me quedé en medio del pub con cara de tonta. A ver, intentaba procesar: ¿Víctor tenía novia y nunca me había dicho nada? ¿Me había visto con cara de tonta? Totalmente. Había fantaseado con nuestro próximo encuentro, con ese reencuentro casual que terminaba con risas y tal vez un beso. Pero jamás lo había imaginado así. Vamos, ni por asomo.
Me entró un bajón épico. ¿Cómo podía ser tan estúpida? Había estado montándome una película romántica en la cabeza, y la realidad me había dado una bofetada en la cara. Dios, cuánto daño han hecho las pelis románticas. Me sentí como la protagonista tonta que espera el momento perfecto que nunca llega.
Editado: 11.05.2025