El último aleteo de mis mariposas

25

Al día siguiente, desperté con una resaca emocional que dolía más que cualquier resaca de alcohol. El peso de todo lo ocurrido me aplastaba el pecho. Me dolía pensar que Javi hubiera malinterpretado lo que vio. A ver, que sólo fueron un par de besos, ¿no? Y besos que yo no pude evitar, me los encontré de golpe… Nada más… Pero en su mundo, en su intensidad, aquello debió de parecer una traición monumental. Me sentía mal. Muy mal.

Tenía que hablar con él. Explicarle. Pedirle perdón. Decirle que me había equivocado. Decirle que lo intentáramos, pero que lo hiciéramos poco a poco. Sin presiones. Sin intensidad. Quizás podríamos volver a empezar, pero necesitaba espacio para respirar, para encontrarme a mí misma mientras lo hacía.

Me fui al sofá con un cuenco de cola-cao con cereales. La tele estaba encendida, con el volumen bajo porque Edu y Eva seguían durmiendo. Pero ni siquiera estaba viendo lo que salía en la pantalla. Mi mente estaba muy lejos. En Javi. En nosotros. En cómo tendría que ser esa conversación.

Me tumbé en el sofá, tratando de distraerme mientras pintaba mis uñas. Pero no podía concentrarme. En mi cabeza, recreaba cómo sería hablar con Javi: "Vamos despacio, sin promesas, sin intensidad…" Era un mantra que repetía para convencerme de que todo tenía solución.

Y entonces, escuché la puerta de Eva abrirse.

Por un momento, pensé en contarle mi decisión, decirle que le daría otra oportunidad a Javi, que lo tenía claro. Pero lo que ocurrió después me rompió en mil pedazos.

—¡Buenos días! Joder, y qué buenos…

Era él. Javi. Salía de la habitación de Eva.

Mi corazón se paró en seco. El pincel del pintauñas tembló en mi mano. Me quedé bloqueada, incapaz de reaccionar. Su mirada me taladró como un puñal. Había algo en sus ojos, en su sonrisa torcida, que me heló la sangre. Era venganza. No había dudas. Quería herirme, hacerme daño. Y lo estaba consiguiendo.

Caminó tranquilamente hacia el otro sofá y se dejó caer en él, repantigado, como quien se relaja después de una maratón. Esa imagen me descolocó más todavía. Cada gesto suyo parecía calculado para destrozarme.

—Si llego a saber cómo se las gasta Eva, me hubiera acostado con ella antes.

Sus palabras eran balas, disparadas con precisión quirúrgica. Me atravesaron, una a una. Sentí el golpe en el estómago, en el pecho, en cada rincón de mi cuerpo.

Quería responderle, gritarle, decirle que aquello no era él. Que estaba actuando por despecho, que esa no era la persona que yo quería. Pero las palabras no salieron. No podía hablar, no podía moverme. Estaba paralizada por el dolor, por el impacto.

Javi notó mi silencio, mi inmovilidad, y por un segundo, su mirada pareció vacilar. Pero no lo suficiente. Su sonrisa cínica desapareció de golpe. Se levantó, cogió su chaqueta y, con una calma que me rompió todavía más, se despidió.

—Me marcho.

La puerta se cerró tras él, dejando tras de sí un eco de vacío. Me quedé en el sofá, inmóvil, incapaz de procesar lo que acababa de pasar. Mis pensamientos eran un torbellino, mi corazón latía a mil por hora, pero mi cuerpo no reaccionaba. No pestañeaba, no respiraba profundamente. Estaba bloqueada, atrapada en esa imagen de Javi, de su sonrisa cruel, de sus palabras cargadas de rencor.

No sé cuánto tiempo estuve allí, pero cuando por fin reaccioné, las lágrimas brotaron como si hubieran estado esperando su turno, me ahogaban. No sabía si lloraba por él, por mí, por Eva… o por la versión de Javi que ya no reconocía. Pero me fui a llorarlas a mi cama, como la noche anterior. Esta vez no eran lágrimas de culpabilidad. Esta vez las lágrimas sabían amargas. Muy amargas.

No iba a darle el gusto a Eva de verme derrotada, hundida. Una amiga no hacía eso. No lo hacía. Me había descolocado tanto. Javi tenía una justificación, su dolor. Pero, ¿Eva? ¿Qué justificaba lo suyo?

Me lavé la cara y corrí a casa de Lucía y María. Necesitaba que me escucharan.

Me planté en su puerta sin avisar. Había caminado hasta su piso con el estómago revuelto y la cabeza como un torbellino. Cuando Lucía abrió, ni siquiera pude saludarla. Solo solté un:

—¿Puedo pasar?

—Claro, pasa. ¿Estás bien? —me miró preocupada mientras me agarraba del brazo y me llevaba al salón.

María estaba en el sofá con una manta encima, hojeando una revista. Al verme, la dejó a un lado enseguida.

—¿Qué ha pasado? Tienes una cara… Has llorado… Y no poco.

Me dejé caer en el sofá como si todo el peso del mundo estuviera sobre mis hombros. Durante unos segundos, no supe por dónde empezar, pero cuando abrí la boca, las palabras salieron atropelladas.

—Javi… Javi salió esta mañana de la habitación de Eva.

María y Lucía se quedaron en silencio, completamente atónitas, como si no hubieran entendido lo que acababan de escuchar.

—Espera… —dijo María, incorporándose en el sofá—. ¿Cómo que salió de la habitación de Eva?

—Eso. Que se quedó a dormir con ella. —Sentí que se me rompía la voz y traté de recomponerme—. Yo estaba en el salón, con mi desayuno, y de repente aparece. ¡Tan tranquilo!

Lucía me miraba boquiabierta, como si no pudiera procesar lo que acababa de escuchar.




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