El grupo avanzaba por las calles desmoronadas, cada paso resonando como un eco en un mundo que había olvidado la risa y la alegría. Yisus lideraba el camino, con Clara a su lado, y el resto de los sobrevivientes siguiendo de cerca, sus rostros marcados por la determinación.
“¿Sabes hacia dónde vamos exactamente?”, preguntó Clara, su voz entrelazada con un tono de curiosidad. Yisus asintió, aunque en el fondo, la inseguridad se deslizó en su mente. Había escuchado historias sobre el refugio, pero nunca había estado allí.
“Sí, se supone que está a unas pocas cuadras al norte, cerca de una vieja estación de tren”, respondió, tratando de sonar más seguro de lo que se sentía. “Pero debemos estar atentos. Este lugar no es seguro”.
De repente, un ruido rompió el silencio: un crujido repentino, seguido de un fuerte golpe. Yisus detuvo su avance, el corazón latiendo con fuerza en su pecho. “¿Qué fue eso?”, preguntó, su voz un susurro.
“¡Quizás un derrumbe!”, sugirió un joven, tembloroso. “O algo peor”.
“Quédense juntos”, ordenó Yisus, y el grupo se alineó en un semicírculo, listos para enfrentar lo que viniera. Clara tomó un paso adelante, su mirada fija en el oscuro rincón de la calle donde provenía el sonido.
“Voy a investigar”, dijo, su voz firme. Yisus la miró, y aunque quería detenerla, sabía que era valiente. “Ten cuidado”, le advirtió.
Clara asintió, dando un paso hacia la oscuridad. El grupo contuvo la respiración, observando cada movimiento. Un instante después, Clara emergió de las sombras, con una expresión de sorpresa en su rostro.
“¡Es un perro!”, exclamó mientras se agachaba, acercándose a una criatura magullada que se asomaba entre los escombros. Su pelaje estaba sucio y enredado, pero había algo en sus ojos que despertó una chispa de compasión en todos.
“¿Qué haces, Clara?”, preguntó el hombre robusto, acercándose con cautela. “Es solo un animal. Podría estar enfermo”.
“No, espera”, respondió ella, acariciando al perro con suavidad. “Mira cómo se comporta. Solo tiene miedo”. El perro movió la cola, aunque con timidez, y se acercó un poco más a Clara.
“¿Y si es un peligro?”, insistió el hombre, cruzando los brazos. “No podemos arriesgarnos”.
“Lo sé”, dijo Yisus, sintiendo la tensión en el aire. “Pero este perro podría ser útil. Tal vez hasta pueda ayudarnos a encontrar comida o alertarnos de peligros”.
“¿De verdad crees que podemos confiar en un perro en este mundo?” preguntó el robusto, con escepticismo.
“¿Qué más tenemos que perder?”, respondió Yisus, mirando al grupo. “La confianza es lo que nos mantendrá unidos. Si Clara siente que podemos darle una oportunidad, deberíamos hacerlo”.
El grupo dudó, pero al final, la curiosidad ganó. Clara tomó al perro en brazos, y él, a pesar de su miedo, se acurrucó contra ella, buscando calor y confort. “Lo llamaremos ‘Sombra’”, decidió ella, sonriendo.
“Un nombre adecuado para un perro en un mundo como este”, comentó Yisus, sintiendo que el ambiente comenzaba a relajarse.
“Bien, Sombra”, dijo Clara, “tú y yo vamos a ser grandes amigos”. Con el nuevo compañero a cuestas, el grupo continuó su camino, aunque la atmósfera era un poco más ligera que antes.
A medida que avanzaban, la ciudad se volvía cada vez más peligrosa. Ruinas de edificios se alzaban como gigantes dormidos, y el aire estaba impregnado de un silencio inquietante. Sin embargo, la presencia de Sombra pareció infundir un nuevo sentido de propósito en todos.
“¿Qué hacemos si encontramos a otros grupos?”, preguntó el joven que había expresado su miedo anteriormente.
“Recuerden lo que hablamos sobre la negociación”, respondió Yisus. “No todos son enemigos. Algunos podrían ser aliados”.
“¿Y si nos atacan?”, insistió el robusto, su mirada fija en la calle oscura que se extendía ante ellos.
“Entonces nos defendemos”, dijo Yisus, su voz firme. “Pero quiero que todos recuerden esto: no estamos aquí para pelear. Estamos aquí para reconstruir. Esa es nuestra verdadera misión”.
De repente, un grito desgarrador resonó a lo lejos, sacudiendo a todos. “¿Qué fue eso?”, preguntó Clara, su rostro pálido. Sombra comenzó a ladrar, sintiendo la tensión en el aire.
“Parece que hay problemas más adelante”, dijo Yisus, frunciendo el ceño. “Vayamos con cuidado”.
El grupo se acercó a una esquina, manteniéndose en silencio. A medida que se asomaban, vieron a un grupo de hombres armados rodeando a dos personas. Las víctimas estaban en el suelo, y los hombres reían cruelmente mientras uno de ellos levantaba un bate.
“¡Tenemos que hacer algo!”, exclamó el joven, su voz temblando de miedo.
“No, espera”, dijo Yisus, levantando una mano. “No podemos ser imprudentes. Necesitamos un plan”.
“¿Qué plan?”, inquirió Clara, su voz entrecortada. “No podemos quedarnos aquí y mirar cómo los matan”.
“Voy a distraerlos”, dijo Yisus, su mente corriendo. “Clara, tú y el resto mantengan a Sombra cerca. Cuando yo lo haga, intenten ayudar a las víctimas”.
“No, eso es peligroso”, protestó el robusto. “No podemos arriesgarnos”.
“Es un riesgo que tenemos que tomar”, respondió Yisus, sintiendo el peso de la responsabilidad. “No podemos dejar que esto continúe. No podemos ser los espectadores de la brutalidad. Debemos actuar”.
Clara lo miró, sus ojos llenos de determinación. “De acuerdo, pero ten cuidado. No quiero perderte”.
“Lo prometo”, dijo Yisus, sintiendo que el corazón le latía con fuerza. Se dio la vuelta y se dirigió hacia el grupo de hombres armados, levantando las manos en señal de paz. “¡Hey! ¡Sujétense!”
Los hombres se giraron, sorprendidos de ver a Yisus acercándose. “¿Qué quieres, chico?”, preguntó el líder, una sonrisa cruel en su rostro.
“Solo quería ver si podía ayudar”, respondió Yisus, su voz resonando con confianza. “No creo que esto sea necesario. ¿Por qué no nos dejamos en paz y nos vamos?”
“¿Y tú quién te crees para decirnos qué hacer?”, se burló uno de ellos, levantando el bate. “Este es nuestro territorio”.