El Último Amanecer.

Capítulo 9: Al Límite de la Desesperación.

El bosque se extendía ellos como un laberinto interminable de sombras y susurros. La luz del sol apenas lograba penetrar el espeso dosel de hojas, creando un ambiente inquietante que parecía estar lleno de secretos. Yisus lideraba al grupo, sus sentidos agudos en alerta máxima. Cada crujido de las ramas y cada ladrido de Sombra lo mantenían en tensión.

“¿Y si no encontramos nada? ¿Qué hacemos después?” preguntó Clara, su voz temblando levemente. La incertidumbre la envolvía como una nube oscura.

“Debemos tener fe”, respondió Yisus, sintiendo la presión de su papel como líder. “Cada paso que damos nos acerca más a un nuevo comienzo. No podemos rendirnos ahora”.

El robusto, que caminaba detrás de ellos, se ajustó el cinturón. “Lo que necesitamos son armas y suministros. Si encontramos a otros sobrevivientes, también podrían unirse a nuestra causa”.

“Eso es lo que espero”, dijo Yisus, echando un vistazo hacia el horizonte. “Este lugar podría estar lleno de oportunidades. Pero también de peligros”.

Mientras avanzaban, el paisaje comenzó a cambiar. Los árboles se hicieron más escasos y el terreno más rocoso. De repente, un sonido distante captó su atención: un eco de voces, risas, y el crujir de madera. Yisus se detuvo en seco, señalando a su grupo que se detuvieran.

“¿Escuchan eso?” preguntó, conteniendo el aliento.

“Sí, suena como un campamento”, dijo Clara, sus ojos brillando de emoción. “Podría ser un grupo de sobrevivientes”.

“Vamos a acercarnos con cautela”, ordenó Yisus, sintiendo que la adrenalina comenzaba a bombear nuevamente. “No sabemos si son amistosos”.

La tensión creció a medida que se acercaban. A medida que los árboles se despejaban, se encontraron con una escena sorprendente: un grupo de personas estaba reunido alrededor de una fogata, riendo y compartiendo comida. Era una imagen de normalidad en medio del caos, y por un momento, Yisus sintió una punzada de esperanza.

“¿Qué hacemos ahora?” preguntó el robusto, mirando a Yisus con incertidumbre.

“Vamos a presentarnos”, dijo Yisus, levantando las manos en señal de paz. “No podemos quedarnos escondidos. Necesitamos saber si pueden ser aliados”.

Con un paso firme, Yisus se acercó al grupo. “¡Hola! Somos sobrevivientes, y venimos en busca de ayuda y recursos”, gritó, su voz resonando en el aire.

Las risas se detuvieron de inmediato, y todas las miradas se volcaron hacia él. Un hombre alto, de cabello desgreñado y ojos intensos, se acercó, mirándolo con desconfianza.

“¿Qué quieren?” preguntó, su tono hostil.

“Solo queremos hablar. Hemos pasado por mucho y buscamos aliados. No queremos problemas”, explicó Yisus, sintiendo que el sudor le perlaba la frente.

El hombre lo observó durante un momento que pareció eterno. Finalmente, asintió, pero su expresión seguía siendo cautelosa. “Está bien, pero no quiero que traigan problemas a nuestro campamento”.

“Lo prometo. Solo queremos formar una alianza”, dijo Yisus, sintiendo que la esperanza renacía en su pecho.

Mientras Yisus se unía al grupo, notó que había otros hombres y mujeres sentados alrededor de la fogata. Algunos estaban heridos, otros parecían agotados. “¿Qué les ha pasado?” preguntó, sintiendo un nudo en el estómago.

“Hemos estado huyendo de un grupo armado que nos ha estado atacando. Nos han robado nuestras provisiones y han dejado a muchos de nosotros heridos”, explicó el hombre, su voz llena de frustración y tristeza.

“Nosotros también hemos sido atacados”, dijo Yisus, sintiendo que la conexión entre ellos crecía. “Podemos ayudarnos mutuamente”.

“¿Y cómo podemos confiar en ustedes?” preguntó una mujer del grupo, su mirada escéptica.

“Porque estamos en la misma lucha”, respondió Yisus, sintiendo que la sinceridad era su mejor arma. “Si nos unimos, seremos más fuertes”.

La conversación continuó, y poco a poco, el grupo comenzó a abrirse. Compartieron historias de pérdidas y luchas, y Yisus sintió que una chispa de camaradería comenzaba a surgir entre ellos. Pero aún había un aire de desconfianza.

“Necesitamos un plan. Si esos hombres vuelven, estaremos listos”, dijo el robusto, tomando la iniciativa. “No podemos permitir que nos sorprendan de nuevo”.

“Podemos construir barricadas y establecer turnos de vigilancia”, sugirió uno de los hombres del nuevo grupo. “Si trabajamos juntos, podremos defendernos”.

Mientras comenzaban a trazar un plan, Yisus sintió que la esperanza comenzaba a florecer. Pero en el fondo, había una inquietud. “¿Y si no llegan solos?” preguntó, mirando a su grupo. “Debemos estar preparados para lo peor”.

“Entonces, debemos reunir más recursos. Hay una vieja cabaña no muy lejos de aquí. Puede que haya algo útil allí”, sugirió el hombre de la cicatriz, que parecía ser el líder del nuevo grupo.

“¿Quién se ofrece para ir?” preguntó Yisus, sintiendo que la responsabilidad del liderazgo pesaba sobre sus hombros.

“Yo iré”, dijo Clara, mostrando su determinación. “No puedo quedarme aquí sin hacer nada”.

“Yo también iré”, añadió el robusto. “No quiero dejar que te enfrentes a eso sola”.

Con el plan en marcha, Yisus sintió que la tensión aumentaba. “Está bien, ustedes dos vayan. El resto se quedará aquí y comenzará a construir las barricadas. Estaremos en contacto por radio”.

Mientras Clara y el robusto se preparaban para irse, Sombra se acercó a Yisus, como si pudiera sentir la inquietud que lo envolvía. “Cuidado, amigo”, murmuró, acariciándolo. “Necesitamos que vuelvan a salvo”.

“Lo sé”, respondió Yisus, sintiendo que la incertidumbre se cernía sobre él. “Pero debemos arriesgarnos. La supervivencia depende de nuestra valentía”.

Clara y el robusto se despidieron, y el grupo se dividió, cada uno asumiendo su papel en la lucha por la supervivencia. Mientras se alejaban, Yisus sintió que el peso de la responsabilidad se intensificaba. No solo estaba luchando por su grupo, sino por todos los que dependían de ellos.



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En el texto hay: suspenso drama

Editado: 15.12.2025

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