El mundo esta dividido en dos tipos de personas: las que se ríen y las que son el motivo de la risa.
Yo, Nicolas, bufón de profesion, he dedicado mi vida a ser la primera, aunque a menudo soy el motivo de la segunda. Soy un bufón, un payaso de la corte, un profesional de la sonrisa ajena. Mi vestimenta es un arcoiris de telas baratas, mi rostro un lienzo donde la alegría se pinta por encargo, mi voz un intrumento que imita, canta y, sobre todo, se burla de todo aquello que el resto del mundo finge no ver.
Pero esta historia no trata de mis chistes, ni mis caidas deliberadas, y mucho menos de mis malabares con antorchas encendidas. Esta historia trata de la única mujer a la que no pude hacer reir con mis trampas tan bien ensayadas, si no con la verdad cruda de mi corazon.
Habla de una princesa encerrada en una jaula de oro y sombras, de una maldición disfrazada de enfermedad que no era lo que parecía, y de un amor que nació en la oscuridad como la mala hierba: no pide permiso, no tiene vergüenza y aparece sin la menor intención de marcharse.
Esta historia sucedió en un reino cuyo nombre ya han olvidado los Eruditos, probablemente por que estaban mas ocupados inventando historias con hazañas de reyes que nunca salieron de sus propios banquetes.
Un reino donde los secretos circulan con mayor rapidez que el vino en las fiestas reales y donde las sombras sabían mas que todos los consejeros juntos.
Dicen que los bufones tenemos el don de ver lo que otros no quieren, y de decir lo que otros callan y no se atreven a mencionar.
¡Que de echo es verdad! Pero lo que nadie menciona es que este don tiene un precio justo: es un ventana que no se puede cerrar, una mirada obligada a verdades que el resto paga fortunas por ignorar. Yo he visto en exceso, se demasiadas cosas. Y aun asi le entregue mi corazon a alguien, que según todas las reglas del buen juicio, no deberia haberme correspondido ni en sueños.
A menudo me preguntan si fue valentía o estupidez lo que me mantuvo a su lado noche tras noche. Supongo que tratándose de mi, la linea entre ambas siempre ha sido mas bien decorativa. Lo cierto es que sus ojos ambar me perforaban el alma como dagas de miel y melancolia, y que ninguna broma, ninguna pirueta y mucho menos ninguna de mis famosas metaforas con verduras del mercado, logro defenderme de ellos.
Esta es la historia de una princesa que odiaba el sol y de un bufón que aprendió a amar la oscuridad. No por que fuera valiente, si no por que en esa oscuridad era el único lugar donde alguien me miro, como si importara algo mas que solo hacer reir.
Si cuando terminen de leer estas paginas solo sacan conclusiones, que sea esta: a veces la risa mas sincera nace del dolor mas hondo, y el amor verdadero no avisa, no pide permiso y tiene el pésimo habito de aparecer exactamente donde menos te conviene encontrarlo.
Mi nombre es Nicolas, y esta es la historia de la única mujer que vi morir sonriendo.
Adelante.
Pero no digan que no es adverti.