El Último Aplauso de la Medianoche

Capitulo 1: El Jardin de las Sombras

El primer error que cometí en la corte fue pensar que la risa era suficiente. El segundo... fue creer que podía salvar a alguien con ella.
​ Pero no adelantemos tragedias. Las tragedias, como las leyes, exigen su debido protocolo: primero la pompa, luego el desastre, y al final, alguien como yo recogiendo los pedazos con una sonrisa pintada.

Me presento soy Nicolás, bufón de profesión, observador por desgracia, y mentiroso selectivo cuando la verdad resulta inconveniente para mi supervivencia. En la corte, claro está, eso me convierte en un hombre indispensable.
Fui contratado hace tres inviernos, durante una cena donde nadie tenía hambre, pero todos fingían tenerla. La nobleza tiene esa curiosa costumbre de simular necesidades que jamás ha conocido. Es su forma de recordarnos que el verdadero lujo no es tener mucho, sino demostrar que no necesitas nada.
Al final del banquete, el rey me mandó a llamar. No levantó la voz, ni hizo gestos exagerados. Simplemente habló, y el mundo se acomodó para escucharlo.
—Harás reír a mi hija —dijo así, sin contexto, sin explicación. Aunque claro, es el Rey; ¿por qué me daría una explicación a mí, el bufón de la corte?
Lo dijo como si la risa fuera una medicina y yo... su humilde boticario.
—¿A cuál de todas sus hermosas hijas, su majestad? —pregunté, porque el humor, incluso en presencia del poder, es una enfermedad difícil de curar.
—A mi hija Isabel.
Y ahí... todo cambió. No en él, fue en el aire.
—Isabel está enferma y no puede salir durante el día; temo que eso la pone triste —añadió, como si eso lo explicara todo, como si el sol fuera un asunto opcional.
Obviamente, sonreí. Porque eso hacemos los bufones: cuando no entendemos algo, lo cubrimos con ingenio, como quien tapa una herida con un pañuelo bordado.
—Majestad, hay quienes evitan el sol por elección... y otros porque el mundo se ve mejor en penumbra.
Claramente el rey no encontro gracioso mi comentario y eso, en mi experiencia, suele ser una advertencia.
—Necesita compañía, principalmente por las noches.
Necesita. No desea. No disfruta. El dijo necesita. Y ¿quién soy yo para negarle necesidades a una princesa... ni a un rey que sabe exactamente cuánto vale tu cabeza?
Sin más motivo, acepté. No por el oro; el oro siempre llega, tarde o temprano, a quienes saben entretener la miseria ajena. Fue más que nada por curiosidad. Curiosidad por esa princesa que todos saben que existe, pero muy pocos han visto. Y la curiosidad, como descubriría después, es una forma elegante de condenarse.
Y como parte de mi ahora nueva misión me dirigir a la zona donde nunca había estado, el ala norte del castillo la cual no era de mi interés y tampoco digamos que se encontrara prohibida, eso seria demasiado, era mas que nada... evitada. Solo iban aquellos a quienes les ordenaban servir ahí. Los pasillos eran amplios, las paredes impecables, las velas siempre encendidas. Todo en su lugar, todo correcto. Y sin embargo... nadie hablaba. Nadie caminaba lento. Nadie miraba demasiado tiempo en la misma dirección.
—Es aquí —dijo el guardia que me guió a mi nuevo escenario. Se detuvo frente a una puerta alta, de madera oscura, sin adornos innecesarios. No tocó ni anunció mi llegada. Simplemente dio un paso atrás. Y luego otro. Y luego ninguno. Porque se fue.
—Encantador —murmuré—. Nada transmite más confianza que ser abandonado frente a una puerta que parece más interesada en mantenerme afuera en vez de dejarme entrar.
Acomodé las campanas de mi traje. Gesto inútil, pero reconfortante para aliviar la presión de presentarse frente a un nuevo público. Como sonreír antes de una caída.
Empujé la puerta para entrar, esta cedió sin hacer ruido. Eso fue lo primero que me inquietó. Los lugares importantes siempre generan algún tipo de ruido, principalmente suelen crujir para anunciar su presencia y este era la excepcion, y eso fue lo primero que me inquietó, este absorbía como su fuese a comerme en la penumbra del lugar.
Sin más remedio, entré. La oscuridad no era total. Sería un cliché. Y en la corte, incluso la oscuridad tiene cierto sentido del estilo. Aunque no negaré que sí era dominante. Cortinas gruesas cubrían cada ventana. Las velas iluminaban apenas lo necesario, como si la luz estuviera allí por obligación y no por deseo. El aire no era frío; más bien era ajeno, como si no perteneciera al mismo mundo que el resto del castillo. Y en medio de todo... se encontraba ella... La princesa, a quien casi no pude ver y aun asi se distingue entre las sombras ahí sentada, inmóvil observandome.
No se levantó cuando entré; ¡no tendría por qué! Tampoco hizo gesto alguno. Solo... me miró y yo sostuve su mirada un segundo para después decidir no repetir ese error.
—Llegas tarde —dijo. Su voz no era fuerte. Tampoco suave. Era... precisa. Como una verdad que no necesita adornos.
—Majestad —me incliné en una reverencia exagerada—, el tiempo es un concepto flexible. Especialmente cuando uno es convocado por la noche. El día tiene demasiados testigos, por supuesto… aunque la verdad es que algunos no parecen estar hechos para él, ¿no cree? Como si la luz del sol fuera a desvanecerlos como el humo de una vela mal encendida.
Silencio. ¡Bien! Había empezado burlándome de su condición. ¿Valiente? ¿Estúpido? ¿Profesional? Ella no respondió de inmediato. Solo me evaluaba. Y no como se evalúa a un artista... sino como se evalúa a alguien que podría romperlo todo en mil pedazosy no notarlo.
—Eres diferente —dijo finalmente.
—Eso me dicen justo antes de arrepentirse de contratarme.
Después de dos segundos pude ver un leve cambio en su expresión. No una sonrisa, pero tampoco nada fue un quiebre mínimo, suficiente, por el momento.
—Empieza — Ordeno la Princesa
—¡Por supuesto! su majestad le hablaré un poco del el Rey —dije caminando en círculos con la solemnidad de quien anuncia algo trascendental—, posee el raro talento de parecer profundamente sabio en el preciso momento en que no está diciendo absolutamente nada. Es, en mi opinión profesional, el logro más subestimado de su reinado.
Me miro fijamente pero solo fue eso por lo que continué.
—Y los nobles... —me detuve, fingiendo emoción—, los nobles comen como si alguien fuera a arrebatarles el plato. Aunque nadie en kilómetros a la redonda haya conocido el hambre real. Es un misterio conmovedor. Como si sus estómagos recordaran una injusticia que sus abuelos cometieron en algún momento y que nunca sufrieron.
Nuevamente ninguna reaccion.
Hable de los consejeros, expertos en responder preguntas que nadie hizo. De los guardias, cuya principal función es parecer atentos mientras piensan en cualquier otra cosa. Y de mí. Siempre de mí. Porque la forma más segura de decir la verdad... es convertirte en el chiste.
—Soy un hombre importante —dije—. Lo suficientemente importante como para estar presente... e ignorado al mismo tiempo.
Aún nada. Ni una risa. Ni un gesto. Solo atención. Y eso... eso era peor. Porque la risa puede fingirse. La atención, no.
Caminé por la habitación, exageré movimientos, dejé caer una antorcha con la elegancia de quien ha ensayado su torpeza durante años.
​​​​​ —Debo admitir, alteza —dije finalmente—, que su reputación es merecida. He fracasado frente a reyes, obispos y una cabra particularmente exigente... pero usted eleva el estándar.
Y entonces ocurrió. No fue una carcajada. Vi levemente como las comisuras de su boca discutían entre estar curvas o firmes, fue muy pequeña y breve. No sé si eso podría llamarse sonrisa, pero logré verla.
Y en ese instante entendí que había cometido un error irreversible. Porque esa pequeña sonrisa... Abriría una puerta por la cual cruzaría sin retorno alguno con el único propósito de verla resplandecer en plenitud.
​​ —Continua—Insistio. No lo pidió, no diría que lo exigio. Fue mas una necesidad. Y yo... Yo obedecí. Pero ya no por contrato. Algo había cambiado. No en ella. El cambio se dio en mí, fue sin pensarlo, sin analizarlo, como cuando una libre decide entrar a las fauces de un leon hambriento.
Seguí hablando, pero con más cuidado. No en mis palabras... sino en mis silencios. Porque entendí algo importante: ella no necesitaba ruido. Necesitaba algo que no rompiera lo que ya estaba roto.
—En este castillo —dije en algún momento—, todos sonríen... como si la felicidad fuera una orden real.
Perdí parte del terrero que había ganado ya que esta vez, bajó la mirada. Y eso decía más que cualquier pequeña sonrisa.
Y en ese momento supe que debía medir bien mis palabras, mis chistes y mis artimañas, mi objetivo era principalmente tenerla feliz y entretenida, que olvidara el motivo aparente del sufrimiento que parecía cargar.
La noche avanzó sin anunciarse. Las velas se consumieron lentamente, como si tampoco quisieran irse. Y en algún punto... Termino mi actuacion. No completamente; los bufones no sabemos hacerlo del todo. Pero sí lo suficiente como para que la mentira se volviera menos necesaria.
Cuando terminé, el silencio volvió. Pero no era el mismo. No era incómodo. Era... compartido.
—Volverás —dijo.
No preguntó.
—Eso depende —respondí—. ¿Incluye algo más que su indiferencia?
—Incluye mi silencio.
Sonreí.
—¡Ah!... entonces será un honor, su alteza.
Se levantó. Y por un instante, la luz de las velas tocó su rostro de forma distinta.
—Te veo mañana.
—Así será —respondí, inclinándome mientras ella se retiraba a sus apocentos en la habitación continua por lo que alcance a vislumbrar.
Por lo tanto yo retorne por la puerta por la que había entrado y me encamine al pasillo y aunque sentí el mismo silencio de antes, ahora era distinto. Fue hasta que me cruce con una sirvienta que evitó mirarme, y a lo lejos otra hizo una señal de protección, y un guardia cerró la puerta demasiado rápido, que note que yo Nicolas no entendía por que había sido asignado a entretener a tan enigmatica princesa.
—Fascinante —murmuré sin darle mayor importancia.
Me detuve. Miré hacia la puerta cerrada, inmóvil llenando mi cabeza con un millon de preguntas, ¿Como si dentro no existiera una princesa que no veía el sol? ¿Como si esa risa no acabara de cambiar algo que yo aún no sabía nombrar? ¿Por que después de tanto tiempo fui yo el elegido para colorear aquellas noches tan oscuras?
—Nicolás —me dije—, acabas de ser asignado a algo que no deberías querer entender. Y lo peor es que eso, para alguien como yo, equivale a una invitación.
Continué mi camino porque en mi profesión, detenerse a pensar es el inicio de todos los problemas.
"Como un reloj de torre que se le da cuerda, avanza sin detenerse hacia la hora marcada. Al llegar, en vez de celebrar, solo suena un lamento, deteniéndose en un silencio sombrío."
Y yo ya tenia mucho por que lamentarme.




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