En la corte, el silencio no significa ausencia de ruido.
No, eso sería demasiado simple. Significa selección. Porque aquí, las palabras no desaparecen... se esconden.
Se filtran por grietas invisibles, se adhieren a las paredes, se deslizan por los pasillos como si tuvieran voluntad propia.
Y cuando finalmente llegan a tus oídos... ya no son exactamente verdad. Son algo más interesante. Son rumores.
Y los rumores, a diferencia de las verdades, siempre sobreviven.
A la mañana siguiente —si es que uno puede llamar "mañana" a ese gris pálido que apenas se atreve a entrar por las ventanas— desperté con la incómoda sensación de haber pensado demasiado. Mala señal. Pensar es peligroso en cualquier profesión, pero en la mía... es prácticamente suicida.
—Nicolás —me dije mientras me colocaba el traje—, recuerda quién eres. Un bufón. No un sabio, y mucho menos un heroico caballero, y en especial... no un hombre con preguntas. Solo eres un bufón. Es decir... alguien que en efecto hace preguntas, mas bien supociciones sin esperar respuestas. Lo cual es bastante más seguro.
Salí al corredor con esa convicción perfectamente ensayada... y la abandoné en cuanto vi a los sirvientes. Se movían igual que la noche anterior. Rápido. Silencioso. Evitando miradas. Pero había algo más. Algo tenso. Como si todos compartieran un secreto y nadie quisiera ser el primero en admitirlo.
—Encantador —murmuré—. Nada como un ambiente cargado de misterio para acompañar el desayuno.
Intenté interceptar a uno de ellos, un joven con expresión de quien ya ha aprendido demasiado para su edad.
—Buenos días —le dije, bloqueando su paso con una sonrisa—. ¿Siempre son tan animadas las mañanas por aquí o he tenido el privilegio de llegar en temporada alta de tragedia?
El muchacho se soprendio al verme, dudó un instante y después miró a ambos lados.
—No deberías estar aquí.
—Eso me dicen en la mitad de las habitaciones del castillo —respondí—. La otra mitad no se toma la molestia en decirlo.
Volvió a mirar a su alrededor e insistio
—En serio… no deberias andar husmeando de este lado del castillo.
Eso era mucho más interesante.
—Entonces claramente debo hacerlo —incliné la cabeza—. Es una cuestión profesional.
El joven tragó saliva.
—Es común que la gente... Parezca asustada todo el tiempo o es una reaccion a mi vestimenta.
No dijo ni una sola silaba
—¿Y cuéntame, que te tiene tan en guardia ? —pregunté con ligereza abrió los ojos como plato de porcelana — Tranquio, no te hare desaparecer. — dije juguetonamente para ver si lograba alguna nueva reaccion en el y el asintió con la cabeza semejando un muñeco de cuerda el cual acababa de recibir su única orden del dia— dándome a entender que, claro esta, mis supociones habían caído en el clavo como si fuera lo mas obvio del mundo.
—¿A caso, ahí quien deciden desaparecer en este castillo o solo se cansan de servir vino y deciden probar suerte en otra vida?
—Desaparecen—dijo algo asustado, haciendo un especie de gesto con las manos para que bajara la voz.
—De un momento a otro ya no estan—continuó, en voz más baja—. No dicen nada. No se despiden. Solo… es como si nunca hubieran existido.
—Curiosa costumbre —respondí—. Yo suelo anunciar mis salidas. Dramáticamente, si es posible.
No respondió. Porque no era un comentario para reír. Era una advertencia. Y entonces, como si el miedo tuviera horario, alguien lo llamó desde el fondo del pasillo.
El muchacho se fue. Sin despedirse. Sin mirarme. Como si quedarse un segundo más fuera peligroso.
—Fascinante — nuevamente murmuré.
Porque en la corte, cuando alguien tiene miedo de hablar… es porque alguien más tiene poder para hacerlos callar. Y eso, por supuesto, me incluía.
Seguí caminando por los pasillos hasta que di con la lavandería el cual era el lugar más honesto del castillo. Allí no había máscaras. No había títulos. No había mentiras bien vestidas. Solo ropa sucia… y la gente que debía limpiarla.
—¿Buscas algo, bufón? —preguntó una voz sin levantar la vista.
Marta. La lavandera. Había oído hablar de ella antes de conocerla. Lo cual, en su caso, no era un halago ni una advertencia. Era simplemente inevitable.
—Buen día Lavandera real —respondí—, deambulaba por el castillo mientras algún mienbro de la corte solicita mi leal servicio y me tope con tu humilde zona laboral y dije por que no buscar algunos trapos sucios como material para mi próxima presentación pero estoy dispuesto a conformarme con chismes bien estructurados.
Logre girara la cabeza en mi dirección.
—Supongo, has encontrado el lugar correcto.
Sonreí.
—Siempre confío en la sabiduría de quienes lavan los secretos ajenos.
—No los lavamos —corrigió—. Solo los dejamos menos visibles.
Interesante mujer.
—He oído cosas, ya sabes como hablan los muros de este castillo—continué, apoyándome en una mesa—. Historias, enfermedades, maldiciones, falta de personal.
Marta siguió trabajando.
—Has oído demasiado
—Es uno de mis talentos —respondí—. El otro es sobrevivir a ello.
Luego, sin mirarme:
—escuchaste el nombre ¿Elvira?
El nombre cayó como una piedra en agua quieta.
—¿Quién era?
—La Última Doncella de la princesa
—Los Murmullos dicen que escapo con su enamorado una mañana y jamas regreso al castillo
Marta se detuvo. Apenas un segundo.
—Ahora ese es el rumor que dicen. — dijo en tono de sopresa
Eso no era tranquilizador.
—¿Que paso Realmente?
—Sufrio el mismo destino que le toca a todo aquel que es convocado a los servicios del ala norte.
—¿Y nadie pregunta?
—Claro que preguntan.
—¿Y?
—Con el tiempo descubren que no deben seguir preguntando.
La corte, pensé, es un lugar maravilloso para perder la curiosidad.
—¿Algo más? —insistí.
Marta dudó. Y ese gesto, pequeño, casi invisible, me dijo más que cualquier respuesta.
—Había… manchas.
—¿Sangre?
—No estoy segura
—¿Entonces?
— Eran muy oscuras —dijo—. Como si la tela hubiera decidido recordar algo que no debía.
—¿Y de donde venían esas manchas?
—El ala norte.—Por supuesto. Siempre el ala norte.
—¿Y nadie hace nada?
Marta me miró por primera vez con algo cercano a la lástima.
—Tú haces reír, ¿verdad?
—A veces.
—Entonces sigue haciendo eso.
—¿Consejo o advertencia?
—Ambas.
Volvió a su trabajo. Cerrando la conversación. Pero no realmente. Porque los silencios también hablan. Y ese acababa de gritar.
Pasé el resto del día haciendo lo que mejor hago: fingir normalidad.
Actué en los pasillos, hice reír a un noble que no entendió el chiste,
Imité a un consejero que sí lo entendió y no le gustó,
Y dediqué diez minutos completos a una rutina sobre las ventajas de dormir durante los discursos del rey.
El público rió. El rey, por suerte, dormía.
Todo en orden. Todo como siempre. Excepto por el hecho de que ahora sabía algo. Exactamente ¿Que? No tenia idea, pero era suficiente como para querer saber más.
—Nicolás —me dije—, esto no es asunto tuyo.
—¿Acaso te sientes un cabellero con armadura reluciente dispuesto a la batalla.?
Evidentemente no
—Y definitivamente no eres un mártir.
Cuestionable… pero aceptable.
Y sin embargo, esa noche regresé al ala norte. Por supuesto que regresé. Porque hay decisiones que uno toma… y otras que simplemente ocurren mientras uno finge no tomarlas.
La puerta estaba igual. Oscura. Silenciosa. Con esa particular indiferencia de los objetos que saben más de lo que aparentan.
—He tenido relaciones más sanas —murmuré antes de entrar.
Dentro, nada había cambiado en apariencia. Pero el aire se sentía distinto. Y eso bastaba para que todo fuera diferente.
La princesa como siempre. Se encontraba esperando.
—Llegas puntual —dijo.
—Intento no decepcionar cuando la recompensa es tan incierta.
No respondió.
—Hoy estás distinto —añadió.
—He descubierto que pensar es un hábito peligroso —respondí—. Estoy considerando abandonarlo.
Un leve gesto, impidiendo una sonrisa o el asomo de una.
—Empieza.— ordeno
No obedeci de inmediato. Tome mi tiempo. Porque algo en ella era ajeno. No distante de la forma habitual. Sino más serena. Como alguien que carga algo nuevo y todavía no ha decidido dónde ponerlo.
—Antes —dije—, una noticia.
Ella no se movió. Pero su atención cambió.
—La corte está de celebración.— no mostró reaccion alguna
—Tu hermana, Catalina.
Y entonces… algo. No visible. Pero real, cambio nuevamente en el ambiente
—Contraera nupcioas muy pronto
Y el aire se empezo a sentir tenso rozando un quiebre. Pequeño. Preciso. Doloroso. Como una grieta en algo que ya estaba roto.
—Ya me habían informado—dijo demasiado rápido. demasiado vacío.
—Ah —respondí—. Entonces he arruinado mi entrada dramática.
— Pero debo aportar que es un buen partido —añadí—. Político. Estratégico. Conveniente y aprovado por su padre el Rey.
—Y profundamente irrelevante para quien no puede asistir.— conclui rapidamente
Eso sí la hizo reaccionar
—¿Eso es parte del espectáculo?
—Depende —respondí—. ¿Prefieres la mentira o la verdad disfrazada de chiste?
—En este momento prefiero el silencio.
—Entonces he fallado nuevamente.
Caminé por la habitación, más lento esta vez. Más consciente.
—He escuchado cosas —dije como si me acabara de acordar de algo
Nuevamente el ambiente se sientio tenso
—Los corredores son muy generosos con quienes saben escuchar.
Ella no dijo nada. Pero no me detuvo. Por lo que lo tome como un pase libre para continuar.
—Sirvientes que parecen escapar con sus amantes sin ser perseguidos.
—Historias mal contadas para justificar a personas que ya no estan alrededor.
—Pero las manchas... Su alteza... Esos son las mas dificiles de eliminar.
—¡Basta!—Su voz no se alzó. Pero fue bastante imponente.
—¿Te diviertes, bufón?
—En realidad debería ser usted quien lo haga, en mi caso es una consecuencia de mi profesión
—¿Haz estado haciendo preguntas por el castillo?
—No — conteste rapidamente, no quería conocer la furia de la princesa.
Y por primera vez hubo algo más que distancia en sus ojos. Algo peligroso. Algo que no era amenaza exactamente, pero que conocía muy bien el camino a ese lugar.
—¿Quieres terminar como todos los protagonistas de aquellos rumores?
Eso no lo esperaba.
—¿Perdón, su Magestad?
—¿Tambien podría pagarte? Oro. Posición. Lo que quieras.
La observé curioso
—A cambio de…
—Olvidar.
Simple. Directo.
—Ah —sonreí levemente—. Corrupción. Un clásico de la corte.
—No es una broma.
—No —respondí—. Eso es lo preocupante.
Caminé más cerca. No demasiado. Nunca demasiado.
—¿Qué exactamente quieres que olvide?— finalmente le pregunte
—¿Los rumores?, ¿Las desapariciones? ¿O el hecho de que nadie parece sorprendido?— Una grieta. No en su rostro. En el ambiente.
—Acepta —dijo finalmente.
—¿Y si no lo hago?
Me miró con fuego en sus ojos y por primera vez hubo algo más que distancia en sus ojos. Algo peligroso. Y que con esa sola mirada me mostró la ruta que no era conveniente querer caminar.
—Entonces aprenderás por qué es mejor no preguntar.
Y en ese momento debí haber tenido miedo. Pero no lo hice.
Porque hay algo peor que el miedo.
La fascinación.
—Majestad —incliné la cabeza—, soy un bufón.
—Lo sé.
—Y los bufones tenemos una cualidad muy particular. Somos excelentes recordando aquello que nos dicen que olvidemos.
Y entonces algo cambió entre nosotros. No completamente. Pero lo suficiente para que ambos supiéramos que la conversación había entrado en tierra de nadie.
Para esa noche ya no habia mas espectáculo. Era una negociación donde ninguno de los dos había definido aún qué estábamos intercambiando.
Y en ese castillo, eso significaba una sola cosa: que la noche, como todo lo demás, claramente tenía precio.