Amaia flotaba en un espejo roto. La superficie del mar frente a su isla en Fiyi era una lámina de cristal azul turquesa, pero bajo ella, el reflejo era el de un mundo devastado, descascarillado, muerto. Había descendido a lo que los ancianos llamaban "Velau ni Vanua" —El Jardín de la Tierra—, el gran arrecife que había acunado su infancia, que había enseñado a nadar a su padre y a su abuelo. Ahora, buceaba en un paisaje lunar sumergido.
Lo que una vez fue una explosión barroca de vida —corales cerebro que rivalizaban con el tamaño de un hombre, acróporas en forma de cuerno de alce que formaban laberintos dorados y violetas, abanicos de gorgonia ondeando como la seda en una corriente eterna— yacía reducido a ruinas pálidas. El blanqueamiento masivo no era un término científico abstracto aquí; era una plaga visible. Los corales, estresados por el calor anormal del agua, expulsaban a las diminutas algas simbiontes (zooxantelas) que les daban color y alimento. Lo que quedaba era su esqueleto de carbonato cálcico, un blanco fantasmal, huesudo, que rápidamente era cubierto por un manto viscoso y opresivo de algas filamentosas, la maleza del mar. El silencio era lo más aterrador. Donde antes el crepitar de las gambas pistolera y el rumor de miles de peces mordisqueando algas formaban un zumbido vital, ahora solo había el siseo frío de su propio respirador y el crujido lúgubre de un esqueleto al desmoronarse bajo su toque.
Nadó sobre un colosal coral cerebro (Platygyra), una estructura que había conocido desde niña, un ser vivo más antiguo que ella y su padre juntos. Antes, su superficie era un mosaico vivo de verdes, marrones y púrpuras, cada pólipo un pequeño animal con tentáculos extendidos. Ahora, al pasar un dedo enguantado sobre su superficie, se desintegró. No se rompió con un chasquido, sino que se desmoronó en un polvo blanco y arenoso, como tiza demasiado vieja, esparciéndose en la columna de agua como las cenizas de un gigante.
Su abuelo, Tevita, la esperaba en la canoa de madera, su rostro tallado en la noble madera del vesi reflejaba la misma paciencia de las montañas. Pero sus ojos, que durante setenta años habían atestiguado los ciclos de bonanza y escasez, las tormentas y las calmas, ahora reflejaban algo nuevo: una pena de una profundidad abisal, la de quien ve morir no solo un recurso, sino un pilar de la memoria del mundo.
—¿I Lailai? —preguntó en fiyiano, usando el término para "lo pequeño", lo esencial. ¿Cuánto?
Amaia se subió a la canoa, el peso de su equipo mojado era nada comparado con el peso en su pecho. Se quitó la máscara, dejando al descubierto unos ojos enrojecidos por el agua salada y la emoción contenida.
—Más del ochenta por ciento, Bubu. Los que quedan… el color es débil. Están estresados. Si el agua no se enfría en las próximas semanas…
—Na se qaqa —cortó Tevita, su voz grave y final. No se enfriará. Señaló el horizonte, donde nubes de tormenta se acumulaban de manera anómala para la estación. —Na wasa e tiko ni veivutuki. El mar tiene fiebre. Una fiebre que no rompe. —Miró a su nieta, y en su mirada no había reproche hacia ella, sino una acusación dirigida a un mundo lejano e invisible—. Keimami sa vakarautaka na veivutuki oqo. Y nosotros, los de lejos y los de cerca, le dimos esta fiebre.
Mientras remaban lentamente hacia la orilla, Tevita le contó una leyenda que Amaia había oído de niña, pero que ahora adquiría un significado lúgubre y profético.
—Nuestros antepasados decían que los corales, na uluveicoral, eran las lágrimas solidificadas de Dakuwaqa, el dios tiburón guardián de los arrecifes. Lloró al ver a los primeros peces, tan pequeños y vulnerables en la inmensidad azul. Cada lágrima que cayó al lecho marino se convirtió en un refugio, en una casa, en una ciudad de colores. Cada colonia era un llanto de compasión convertido en arquitectura de vida.
Hizo una pausa, observando el agua que lamía el casco de la canoa. —E da sa sega ni tagi. Ahora… el dios ya no llora. Se ha quedado sin lágrimas. —Su voz bajó a un susurro áspero—. Se sega ni da kila na nona ilokoka. O tal vez… ya le hemos roto el corazón, y ya no le importa.
En la playa, Amaia no recogió el fragmento de coral muerto para un frasco de laboratorio. Lo recogió como se recoge una reliquia de un ser querido. Lo llevó a la aldea, al bure kalou, la casa comunal. Esa noche, bajo el tenue resplandor de lámparas de queroseno, con el sonido de las olas como un réquiem de fondo, colocó el esqueleto blanco y ligero en el centro del círculo de estera.
Fue entonces cuando la pérdida se hizo colectiva y concreta. Los pescadores, hombres de brazos fuertes y mirada cansada, hablaron de redes que volvían medio vacías, de las especies grandes que ya no se veían, de los viajes cada vez más largos para encontrar bancos de peces. Los niños, normalmente bulliciosos, contaron en voz baja que ya no podían encontrar al pez payaso (donu) entre los tentáculos de las anémonas para mostrárselo a los turistas esporádicos. Las mujeres, guardianas de las tradiciones, recordaron con angustia cómo ya no hallaban las conchas específicas —kaikoso para los collares, tavaya para las ofrendas— necesarias para las ceremonias de nacimiento, matrimonio y muerte. El arrecife no era un "ecosistema" en un libro. Era el supermercado que los alimentaba, la farmacia que los curaba (muchos medicamentos modernos provienen de compuestos del coral), el dique de contención que amortiguaba la furia de los ciclones, y la catedral espiritual donde encontraban sentido y conexión. Su muerte era una sentencia de exilio, pobreza y desmemoria.