Berlín olía distinto desde que comenzó la guerra.
Ya no tenía ese aroma cálido a pan recién horneado escapando de las panaderías al amanecer, ni el perfume elegante que antes llenaba las avenidas donde las mujeres caminaban con vestidos impecables y hombres con sombrero discutían política en cafeterías iluminadas, ahora la ciudad olía a humo, a carbón húmedo, a metal y a lluvia mezclada con ceniza.
Era un olor que se pegaba a la ropa, al cabello y a la piel. Un olor que ya nadie notaba porque se había convertido en parte de la vida diaria, igual que las ruinas y las sirenas. Berlín había aprendido a oler a guerra.
Incluso antes de abrir los ojos, Eva Rosenberg podía sentirlo entrando por las grietas de la ventana del pequeño apartamento donde llevaba escondiéndose los últimos meses.
El sonido de botas marchando sobre la calle terminó por despertarla. Abrió lentamente los ojos y todavía estaba oscuro. Por un instante permaneció inmóvil bajo su manta delgada, escuchando pasos, voces y el motor distante de un camión militar.
Su respiración se volvió automática y silenciosa, como ocurría cada mañana desde hacía tanto tiempo que ya no recordaba cómo era despertar sin miedo.
Antes se levantaba con el sonido de la tetera silbando en casa de sus padres, ahora despertaba preguntándose si ese sería el día en que la encontrarían.
La habitación era pequeña, demasiado pequeña para dos personas. Tenía un colchón viejo colocado en el suelo, una mesa de madera desgastada llena de marcas de humedad, una cocina diminuta separada por una cortina gris y una ventana cubierta parcialmente con tela oscura para impedir que la luz escapara durante los bombardeos nocturnos. El papel tapiz se estaba desprendiendo de las paredes y el techo tenía una grieta larga que Helga siempre prometía arreglar "cuando la guerra terminara". Eva ya no sabía si eso ocurriría algún día.
Helga todavía dormía en la otra esquina del cuarto. La mujer tenía casi sesenta años, roncaba suavemente mientras abrazaba una almohada aplastada contra su pecho y su cabello gris sobresalía debajo del pañuelo que usaba, incluso, para dormir.
Eva la observó unos segundos. Nunca entendió realmente por qué Helga aceptó esconderla después de que quedó sin familia.
Quizá era porque había perdido a un hijo en la guerra, quizá porque odiaba al régimen en silencio, o quizá simplemente porque todavía conservaba algo de humanidad, aún siendo alemana, y en Berlín, eso ya era raro.
Ayudar a alguien como Eva podía costarle la vida y aun así Helga lo hacía, sin preguntas y sin condiciones.
Eva se incorporó lentamente y apartó la manta de sus piernas. El suelo estaba helado. El frío del invierno se colaba por cada rincón del apartamento y le subió por los pies en cuanto tocó el piso. Tuvo que contener un pequeño estremecimiento mientras caminaba descalza hasta la ventana y levantaba apenas la tela.
Afuera la calle seguía viva. Tranvías avanzando lentamente, personas caminando rápido hacia sus trabajos y banderas rojas colgando de edificios grises eran lo que se había vuelto cotidiano, sin dejar de lado aquellos carteles de propaganda pegados en cada esquina con diferentes mensajes.
"EL REICH RESISTIRÁ."
"ALEMANIA VENCERÁ."
"EL SACRIFICIO ES HONOR."
La pintura roja resaltaba incluso bajo la poca luz de la madrugada.
Eva sintió el mismo vacío de siempre al leer aquellas frases. Antes le daban miedo, ahora solo le parecían agotadoras. Era como escuchar una mentira repetida tantas veces que terminaba perdiendo sentido.
Una mujer pasó apresurada abrazando una bolsa de pan contra el pecho. Detrás de ella caminaba un niño demasiado delgado usando zapatos que, a simple vista, se veían más pequeños que sus pies.
Todos tenían hambre, todos tenían miedo pero nadie hablaba demasiado de eso. Una patrulla militar pasó frente al edificio, Eva soltó inmediatamente la cortina y su corazón tardó un poco en desacelerarse.
Era normal que reaccionara así cada vez que veía uniformes, como si fuera un animal perseguido.
-Otra vez estás mirando afuera como si esperaras encontrar el milagro de un mundo mejor- murmuró Helga con voz ronca.
Eva se giró hacia ella. La anciana seguía acostada con los ojos cerrados.
-Pensé que aún dormías- expresó Eva, aún sobresaltada.
-A mi edad nadie duerme bien, y menos durante una guerra.
Helga terminó incorporándose lentamente mientras acomodaba el pañuelo sobre su cabeza. Sus movimientos eran torpes y cansados. Parecía una mujer envejecida no por los años, sino por el peso de demasiadas pérdidas.
-¿Qué hora es?- cuestionó Helga.
-Las seis, creo- Eva respondió al mismo tiempo que estiraba sus músculos aún entumecidos.
Helga soltó un suspiro.
-Entonces el agua caliente ya se acabó.
Eva dejó escapar una pequeña risa.
-No esperaba encontrar agua caliente, pero algún día todo esto terminará y Berlín volverá a la normalidad- habló Eva con un tono esperanzador.